Publicado en diario del confinamiento, reflexiones

Martes 31 de marzo de 2020

Se acaba el mes. Llevamos dos semanas confinados y lo que nos espera todavía. Supuestamente quince días más, pero las universidades, por ejemplo, ya cuentan con que no se volverá a las aulas. Y sus clases, en teoría, terminan entre finales de mayo y primeros de junio.

Por extensión supongo que no volveré a EdE hasta después del verano. No me importa seguir con las vídeo conferencias, me libera de dos horas de transporte. Y para el siguiente curso, ya veremos. Ayer se despidieron dos compañeras. Una de ellas era mi homónima, que parecía inaccesible al desaliento. No sé si me quedé sola con los tres profes. Espero que ME continúe. Si era capaz de volar desde Francia por acudir a la clase, la vídeo conferencia tiene que resultarle mucho más apetecible. Y, por otra parte, es de esperar que se añada alguien más para el próximo trimestre, ¿no? En todo caso yo sigo, me hace bien ese encuentro semanal.

Hoy JC hará la compra para nosotros y para Ela. Se la llevará en un intento de que tenga suministro para las dos próximas semanas. Más adelante ya veremos. Compruebo que estoy cargada de miedos, que me asusta que tenga que ir hasta allí y cruzarse media ciudad. Como si no fuera lo que hace cada día en condiciones normales.

Son las siete. Llueve. Oigo el agua tras los cristales. Parece una lluvia calma, sin viento, suave. El cielo gris y el desplome de las temperaturas harán que el día sea más triste. Estaré intranquila sin JC, con el miedo atávico de quedarme sola ahí, palpitando. Lo reconozco, lo asumo, lo combato como puedo.

Me dedicaré al último episodio de Maestros de la costura y a escribir, que vuelvo a tener sesión el viernes.

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Lunes 30 de marzo de 2020

Son las nueve. Llevo una hora leyendo el periódico. Voy a darme una ducha y a desayunar, de momento solo me he tomado el té que siempre traigo a mi mesilla. A las once disfrutaré de nuevo una vídeo conferencia con mi grupo de escritores. Me motiva mucho verles, oír sus voces, leer y escuchar sus textos. Me anima a seguir adelante con mi novela y a no caer en una rutina destructora. Conseguí terminar dos páginas, cinco caras más o menos. No es mal ritmo, supongo, aunque está escasamente corregido. Estoy contenta.

Y poco más. Ando pensando también en mis posibles vídeos didácticos. De momento con tanta escritura apenas los empecé a planificar. A ver si me pongo en los próximos días. Al menos está ya el canal preparado. Estas circunstancias de confinamiento me empujan sin yo quererlo. Tendré que tomármelas como una señal y acometer ese trabajo.

Nueva semana, nuevo lunes, esta noche es la última entrega de Maestros de la costura. Me ha parecido menos mediocre que la segunda temporada, pero bastante anodina. La primera quizá fue mejor. O solo sucede que era novedosa y desde ella todo es más de lo mismo. En fin, programa para pasar el rato y renovar mi interés por esa afición costurera que tengo en stand by, excepto por mi renovada suscripción a la revista Patrones.

Repaso y corrijo este texto hasta que queda a mi gusto. No solo es un diario que me ayuda a entender y asimilar el ritmo del tiempo, sino un continuo ejercicio de estilo.

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Domingo 29 de marzo de 2020

Una hora más tarde, por el cambio anual de todas las primaveras, vuelvo a escribir aquí. Son las siete y media, es domingo, apenas conseguí avanzar dos páginas en mi novela, noto cómo se me redondean vientre, muslos y nalgas, me duele la espalda y se mantiene el dolorcillo de cabeza. Este es mi parte de sensaciones nada más despertar.

Se me hace pesada la reclusión. Procuro vivir el presente, porque si miro hacia adelante veo todavía muchas semanas sin poder salir y me agobio. Las previsiones para la educación llegan a finales de mayo. No lo dicen explícitamente, pero se sobreentiende. Y ese confinamiento es una buena medida para pulsar lo que nos espera. Si miramos a China, ahora empieza a levantar unas restricciones que empezaron en enero. Si miramos a Italia, todavía no se ve salida.

De momento todo bien. Esperemos que siga así. Alguna curiosa experiencia en Facebook. Poco más. Subiré a la buhardilla a seguir con la historia de mis personajes. No entiendo por qué me cuesta tanto.

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Sábado 28 de marzo de 2020

Son las siete y media. Sábado otra vez, tengo que escribirle a Rodrigo. En este encierro pierdo el sentido del tiempo, menos mal que escribir aquí unas líneas cada mañana, nada más despertar, me mantiene orientada y lúcida.

Dispongo solo de dos días para avanzar algo en mi escritura. En el duermevela me angustiaba intentando adelantar alguna cosa, pero nada, imposible, solo ansiedad, a pesar incluso de las pastillas «Serenil» creo que se llaman. No están mal, pero las que de verdad me van bien son las de amapola de California, y no las encuentro.

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Viernes 27 de marzo de 2020

Hoy tengo la vídeo conferencia del Taller de Proyectos Narrativos y no he escrito demasiado. El lunes haremos una nueva sesión, y no sé cuánto avanzaré en el finde, me temo que no tendré mucho material para esa segunda cita. Y, claro, tampoco para la del viernes siguiente. Me cuesta mantener la escritura. Me falta serenidad de espíritu. Y se me va el tiempo tontamente. Necesito las vacaciones de semana santa. Qué paradoja.

Estamos bien. Yo sigo con un dolorcillo de cabeza a ratos, JC estuvo cansado unos días y tal vez tenía febrícula alguna tarde, máximo 7,4°C, tan leve como la llamada fiebre del heno. ¿Esos síntomas son coronavirus flojos? Vaya usted a saber.

Empiezo a estar harta, aunque no lo acepte, aunque me diga a mí misma que este confinamiento no puede conmigo. Hay una tensión, un estrés latente, que me afecta aunque no me dé cuenta. Esta noche debería tomarme un par de píldoras de hierbas relajantes de parafarmacia, valeriana, espino y esas cosas.

En fin, me voy a la ducha. Espero que hoy sea un buen día, por favor.

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Jueves 26 de marzo de 2020

Mañana tengo Taller de Proyectos Narrativos y he escrito muy poco. No sé si seguiría escribiendo si no tuviera esa presión. Se me va el tiempo no sé muy bien cómo. Domesticidades varias, lectura, un ratito de redes sociales… No me centro.

Creo que aumenta el miedo subterráneo. Este confinamiento no es agobiante en lo físico, tenemos espacio y nos llevamos bien, sino en lo emocional. Procuro no pensarlo pero está ahí, latente. Vivimos en una circunstancia excepcional, muy peligrosa, que podría dar un vuelco en cualquier momento. Dependemos absolutamente de la estructura social que hemos construido y ahora nos sostiene. Luz, agua, comida, dinero… los mínimos esenciales podrían no serlo y entonces ¿qué posibilidades tendríamos de supervivencia?

No lo pienses, me digo. Pero he escrito lo que subconscientemente me horroriza. No seamos catastrofistas, me digo. Eso intento. Pero es una posibilidad. Algunos saben o pueden vivir en la inconsciencia. Otros no. Posiblemente son mucho más felices aquellos que nunca piensan. No tengo esa opción.

Paso de sentir que este es un tiempo como de vacaciones, disfrutable, a temer que todo se desmorone y nada vuelva a ser como antes. Llevo meses, los de mi jubilación, intentando hacer una rutina que las circunstancias impiden continuamente. Agradezco, no obstante, la compañía de JC. Estar a su lado lo hace todo mucho más llevadero.

Siento que estamos en una fase aparentemente social, disciplinada y solidaria. Me da miedo otra de aprovechados, no tanto de algaradas o revolución como de oportunistas sin escrúpulos. De esa maldita naturaleza humana que nos caracteriza.

Son las siete menos cuarto. Muchos días ya, entonces, de despertares demasiado tempranos. Y de jornadas con un cansancio latente e incómodo, de pesimismo triste, de dolores de cabeza y de espalda. Me tomaré un desayuno y un ibuprofeno.

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Miércoles 25 de marzo de 2020

Esta mañana no se me ocurre gran cosa que contar. Ayer salí a la compra y escribí un post en mi página de autora comparando las tres últimas veces que fui al supermercado. Con eso, la novela, y las sucesivas correcciones he cubierto mi cupo.

Son las ocho. Dormí de menos, aunque muy profundo. Me invade una somnolencia incómoda. Leo el periódico y se me cierran los ojos, pero si dejo a un lado la lectura para echar una siestita, se me escapa el sueño y no me duermo. Día tonto, entonces, me espera hoy.

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Martes 24 de marzo de 2020

Es temprano, las siete menos diez. Hoy toca la compra semanal y eso me pone nerviosa. Es la tercera vez que la hago en condiciones especiales. Y estamos en la segunda semana de confinamiento. No sé cuántas más pueden quedar. Otras dos más seguro, porque ya están anunciadas, pero es muy probable que sean más. Solo tengo que mirar a Italia para hacerme una idea.

Estamos bien. El miedo es subterráneo y parece bajo control, aunque a veces se asoma un poco y resquebraja toda la aparente serenidad. Procuramos mantenernos ocupados. De momento mi único problema es que no quiero engordar, pero noto cómo me redondeo.

Lo sé. Como problema es más que vergonzante y muy de primer mundo. Hago bici y sigo vídeos de iniciación al baile para quemar calorías, pero está claro que no es suficiente. No me atrevo a ponerme a dieta, sería bajar las defensas, ahora no es el momento. Sí debería reducir la ingesta, que muchas veces se produce solo por calmar los nervios. No es fácil, sin embargo.

Hablamos con G cada día. Un rato largo. Y él siempre nos habla de películas que está viendo, de lo que hace o cómo se siente. Es raro estar cerca y no poder vernos, pero nos consuela saber que si fuese necesario nos podemos ayudar.

Escribo, lo sigo haciendo, más que nada por disciplina. Pero mi cabeza no está centrada y además me duele a menudo, últimamente. Ayer hice solo una página. En fin, tampoco me quejo, ese ritmo tampoco es malo si soy capaz de seguirlo los próximos días.

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Lunes 23 de marzo de 2020

Después de una semana de reclusión nos dicen que necesitamos dos más. Un mes entero, al menos. Y hacemos apuestas. JC cree que ese será el máximo, el 15 de abril. Yo opino que llegaremos a los primeros días de mayo. Aunque ahora se me ocurre que es posible que dure más aún, que se convierta en nuestra forma de vivir durante dos o tres meses. Habrá que irlo pensando en el día a día.

En nuestro ocio hemos vuelto a los clásicos. Después de revisionar La Regenta, estamos con Fortunata y Jacinta. Explotamos las colecciones de DVDs que tenemos desde hace años. Algunas más podrían ser interesantes de nuevo.

No escribí casi nada en el finde, una página, así que me toca ponerme en serio ya hoy. Son las seis y media, llueve mucho, leeré el periódico y luego me levantaré. En esto de llevar un ritmo vital tengo la experiencia de mis meses de jubilauta y mis horarios auto impuestos.

Continúo con miedo a lo que pueda venir. Prevención, mal rollo, consciencia de que esto no son unas vacaciones aunque sea agradable tener a JC en casa conmigo todo el tiempo. Vivo el presente. Solo me miro los pies y sigo.

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Viernes 13 de marzo de 2020

El asunto del coronavirus se ha enconado. Se han suspendido las clases. G teletrabajará a partir del lunes. Y aunque JC todavía no tiene medidas, las tendrá, seguramente, en pocos días. (Es lo que supongo que terminará pasando). B, sin embargo, me temo que seguirá al pie del cañón. Las farmacias no cierran nunca. Eso sí, cada vez con más medidas de seguridad sanitaria, que ya iba siendo hora.

Yo ya estoy bastante aislada desde que me jubilé. No me cuesta mantener esa situación. Antes hacía por salir y ahora lo evito. No tengo necesidad alguna, excepto para hacer la compra. Vino L y no sé si me convence que vuelva ya la próxima semana. La pobre. Le dije que viniera esta ya porque sé que lo necesita, pero va a ser mejor que no regrese. Al menos hasta abril.

Tampoco tenemos Taller de Proyectos Narrativos, se suspendieron estas actividades también. Van a implementar vídeo conferencias, dicen. Y comprendo de pronto que me resulta un asunto muy lejano. Tengo el texto paralizado desde antes de ir a Asturias y han pasado demasiadas cosas para mi reloj interno. He dedicado mis energías a los textos de las presentaciones. Y muy especialmente al texto en inglés que estuve preparando, corrigiendo y memorizando tres semanas.

Para recuperar el hilo tendré que releer todo, aunque no es asunto que me resulte difícil, tampoco llevo mucho escrito, ronda las 10.000 palabras. Además, estos días, sí que me dieron para retocar Nina varias veces, ayer mismo, sin ir más lejos. Incluido un proyecto editorial que, comprendo sorprendida, se me deshace entre las manos porque lo siento el colmo de la frivolidad. No tengo cabeza para esos asuntos en semejantes circunstancias.

Porque esto que vivimos, en medio de mi inconsistencia multiplicada, es una crisis sanitaria mundial sin precedentes. Veía a Pedro Sánchez comentando las medidas tomadas, después de haber pospuesto su comparecencia más de dos horas, y comprendía que no es que pueda llegar a ser muy grave. Es que ya lo es.

Mal día hoy. No tengo carne o pescado frescos. Tal vez me acerque a la compra de nuevo. Aunque mi intuición es que debería quedarme. Ya veremos.

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Jueves 12 de marzo de 2020

Esta fue la noche horrenda, hace dieciséis años, en que apenas pudimos dormir, cuando nuestra consciencia iba comprendiendo que no íbamos a encontrar a Rodrigo, que nos lo habían asesinado.

Hoy también me he despertado muy pronto, antes que JC y su alarma para el trabajo. Pienso en todos estos años sin Rodrigo. En lo que nos perdimos, lo que no hemos podido vivir con él.

Luego intento que la rutina cotidiana me ayude a seguir. Con su lema. Pero no es nada fácil, con las alarmas del coronavirus.