Mañana tengo Taller de Proyectos Narrativos y he escrito muy poco. No sé si seguiría escribiendo si no tuviera esa presión. Se me va el tiempo no sé muy bien cómo. Domesticidades varias, lectura, un ratito de redes sociales… No me centro.
Creo que aumenta el miedo subterráneo. Este confinamiento no es agobiante en lo físico, tenemos espacio y nos llevamos bien, sino en lo emocional. Procuro no pensarlo pero está ahí, latente. Vivimos en una circunstancia excepcional, muy peligrosa, que podría dar un vuelco en cualquier momento. Dependemos absolutamente de la estructura social que hemos construido y ahora nos sostiene. Luz, agua, comida, dinero… los mínimos esenciales podrían no serlo y entonces ¿qué posibilidades tendríamos de supervivencia?
No lo pienses, me digo. Pero he escrito lo que subconscientemente me horroriza. No seamos catastrofistas, me digo. Eso intento. Pero es una posibilidad. Algunos saben o pueden vivir en la inconsciencia. Otros no. Posiblemente son mucho más felices aquellos que nunca piensan. No tengo esa opción.
Paso de sentir que este es un tiempo como de vacaciones, disfrutable, a temer que todo se desmorone y nada vuelva a ser como antes. Llevo meses, los de mi jubilación, intentando hacer una rutina que las circunstancias impiden continuamente. Agradezco, no obstante, la compañía de JC. Estar a su lado lo hace todo mucho más llevadero.
Siento que estamos en una fase aparentemente social, disciplinada y solidaria. Me da miedo otra de aprovechados, no tanto de algaradas o revolución como de oportunistas sin escrúpulos. De esa maldita naturaleza humana que nos caracteriza.
Son las siete menos cuarto. Muchos días ya, entonces, de despertares demasiado tempranos. Y de jornadas con un cansancio latente e incómodo, de pesimismo triste, de dolores de cabeza y de espalda. Me tomaré un desayuno y un ibuprofeno.