Es temprano, las siete menos diez. Hoy toca la compra semanal y eso me pone nerviosa. Es la tercera vez que la hago en condiciones especiales. Y estamos en la segunda semana de confinamiento. No sé cuántas más pueden quedar. Otras dos más seguro, porque ya están anunciadas, pero es muy probable que sean más. Solo tengo que mirar a Italia para hacerme una idea.
Estamos bien. El miedo es subterráneo y parece bajo control, aunque a veces se asoma un poco y resquebraja toda la aparente serenidad. Procuramos mantenernos ocupados. De momento mi único problema es que no quiero engordar, pero noto cómo me redondeo.
Lo sé. Como problema es más que vergonzante y muy de primer mundo. Hago bici y sigo vídeos de iniciación al baile para quemar calorías, pero está claro que no es suficiente. No me atrevo a ponerme a dieta, sería bajar las defensas, ahora no es el momento. Sí debería reducir la ingesta, que muchas veces se produce solo por calmar los nervios. No es fácil, sin embargo.
Hablamos con G cada día. Un rato largo. Y él siempre nos habla de películas que está viendo, de lo que hace o cómo se siente. Es raro estar cerca y no poder vernos, pero nos consuela saber que si fuese necesario nos podemos ayudar.
Escribo, lo sigo haciendo, más que nada por disciplina. Pero mi cabeza no está centrada y además me duele a menudo, últimamente. Ayer hice solo una página. En fin, tampoco me quejo, ese ritmo tampoco es malo si soy capaz de seguirlo los próximos días.