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El asunto literario sigue su curso

El martes 6 recibí un email en el que un editor decía estar «interesado en mi novela» y me rogaba que rellenase un cuestionario. El jueves 15 me ha vuelto a escribir para concertar una cita telefónica, porque «han considerado mi texto publicable y hay muchas papeletas de que finalmente lo sea.» Hemos quedado para el lunes 19.

Parece que la cosa va. Aunque todavía puede quedar en nada, me emociona mucho saber que lo que escribo llega a interesarle a alguien. Lo suficiente, además, como para publicarlo. Si finalmente no saliera, al menos me quedo con ese espaldarazo emocional, que me ayuda no solo a seguir escribiendo, sino a enviar mis textos como propuestas editoriales. Porque dejarlos pudrirse de aburrimiento en un archivo del PC no puede ser ya nunca más una opción. Si no sale con esta editorial, hay otras. Si no es en 2020 será en 2021. Hay que intentarlo.

Hago constar, además, que no solo voy a luchar por Nina, mi primera novela. Es que sigo cuidando del libro de Rodrigo y que tengo una segunda novela terminada que defender.

Ese segundo texto fue el que acabé en junio y de momento, se halla en hibernación, pues lo envié a un concurso de los que exigen total exclusividad. Yo me temo mucho que es de los amañados, pero me hacía ilusión participar. Y ya que la pandemia les obligaba a recibir los manuscritos on-line, fui yo y me di el lujo. En otras circunstancias el gasto en copias y en correo para que ni se lo mirasen, no me lo habría planteado. De esa manera, podré presumir ante mis nietos (si es que alguna vez los tengo) de mi participación. Una experiencia intensa en medio de esta adocenante crisis de contactos sociales no viene mal, ¿verdad?

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Mis actividades 2020-21

Tuve una primera y brevísima reunión del Club de Lectura de la Biblioteca municipal. Por Zoom. Duró menos de 15 minutos y pude constatar que los participantes se conocían de otros años y que son gente mayor, salvo una jovencita aterrorizada que me da a mí que no sigue. El profe, por cierto, es también el que imparte los cursos de EdE de Getafe. Supongo por el acuerdo que tienen con el Ayuntamiento. Así que, qué buena coincidencia, me interesa conocerlo más, por si finalmente llega a dar un curso de proyectos o algo que me interese.

Se llama Adolfo Gilaberte, por cierto, que no se me olvide. Hace una Novela I este curso, además de Relato Breve, así que supongo que el año próximo hará la II. Lejos me queda, me temo, entonces, un curso de Proyectos. Aunque soñar no cuesta, ¿verdad?

Pero, lo que contaba, nos vimos por vídeo conferencia (por cierto, en el Zoom de EdE), solo para convenir el título que leer y que comentaremos en noviembre. Salió elegida Matar un ruiseñor de una lista rarísima, condicionada por lo que ya han leído los socios antes y por los libros de los que la bilioteca puede proporcionar muchos ejemplares. A mí me toca las narices que sea un texto traducido y siempre espero que mi traducción no sea una birria, porque si es así me enerva cantidad. En fin, me consolé pensando que también tiene una película que ver y con la que comparar guión y novela.

El asunto es que llevo ya un veinte por ciento y es bastante aburrida. La conseguí también en inglés y pensaba hacer una segunda lectura en su idioma original, pero creo que no me apetecerá nada. Confieso, además, que si fueran otras las condiciones, ya habría desechado el texto. Porque los años me han vuelto más selectiva e intemperante respecto a lo que leo. Le doy pocas oportunidades a lo que empieza mal, o es lento, o tiene errores tipográficos, o un ritmo flojo… No estoy diciendo que ese clásico norteamericano tenga todos esos defectos, pero desde luego el planteamiento es lentísimo y bastante pesado. Vale, soy yo la que aguanta poco. Ya he leído mucho y no soporto perder el poco tiempo que me queda en tonterías. Me puede este último desdén.

Así que, bueno, el Club me va a obligar a seguir lo que por mi cuenta dejaría sin contemplaciones. Supongo que una lectura al mes no será cosa de mucho agobio, puede que hasta me venga bien, por eso me he enrolado. La lista no abusa de norteamericanos, pero sí hay bastantes traducciones. Es inevitable, me temo. El asunto de la prosodia es que ni se lo plantean. En todo caso, esa lista es más larga que las reuniones posibles, hay incluso libros de poemas, ya veremos en qué termina.

De cómo se comenten las obras y de los egos y manías de los participantes supongo que hablaré en otras entradas. Un contacto rápido me hace temer algunos plastas en ese sentido. Lo común, por otra parte, en estos mundos. Idem de lienzo sucederá en el taller de narrativa. Iré contando.

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Lunes 12 de octubre de 2020

Dried flowers and book on wooden background

Empieza la última semana de vacaciones para JC y seguimos casi confinados, saliendo solo a lo necesario. Pero cada vez que le comento que me apeno por él y por si echa en falta no aprovecharlas viajando más, como otros años, me contesta que no les dé la importancia que no tienen. Considera que, en estas nuevas circunstancias, no hemos salido más porque realmente no nos sentimos cómodos fuera, ni en Alicante, que es casa propia también.

Tiene toda la razón del mundo cuando me explica que aquí estamos protegidos y no nos falta de nada. Quizá solo las interacciones sociales, (que no es poca deficiencia, aunque de momento resulte llevadera), le digo yo. En ese sentido la vida se ha vuelto extraña. La sobrellevamos, sí, pero a la larga me parece que ese aislamiento terminará siendo muy nocivo y me da miedo que se haga crónico.

Para evitarlo, y más en mi situación de recién jubilada, ya el curso pasado y sin pandemia amenazante, busqué grupos con los que compartir aficiones. El de costura no me funcionó. Tampoco el de Photoshop. Pero el de Proyectos Narrativos de EdE me encantó mientras pude ir presencialmente, y fue una grata compañía durante todo el confinamiento.

Este segundo curso de pensionista, y con tantas restricciones, he conseguido dos actividades en el barrio relacionadas también con el campo literario: un Taller de Narrativa, con tres sesiones mensuales, y un Club de lectura que se reúne el primer martes de cada mes. Pero de eso ya hablaré mañana.

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Monotonía y enfado vitales

Seguimos confinados perimetralmente, cosa que viene a decir que no podemos salir por ocio de nuestra ciudad. En ese sentido y por nuestra parte no hay problema. La presidenta de nuestra comunidad de Madrid tensó el enfrentamiento con el Gobierno hasta el límite, así que ahora tenemos un estado de alarma impuesto por el ejecutivo, solo para mantener las mismas restricciones de antes, pero con seguridad jurídica. Esa impresentable sigue usándonos a los madrileños como rehenes para sus jueguecitos de propaganda goebbeliana. Aquí no hay medidas suficientes de rastreo, ni mejora de la sanidad pública, que se quiere dejar morir. La gente se hace seguros médicos privados, los que pueden, por el procedimiento de urgencia absoluta. Esta pandemia está ayudando a todo trapo en su empeño privatizador. No quiero pensar cuántos muertos habría si el virus fuera más letal. Realmente lo único que les importa es el poder.

El poder que tiene lo usan para exigir el que han perdido, no para servir al ciudadano. Sin tapujos muestran su inhumanidad y la utilización torticera de todo, víctimas incluidas. O posibles víctimas. Lo mismo que nos hicieron a los que el 11 de marzo nos rompió la vida. No hace falta buscar más pruebas, las muestran ellos. Continuamente. Sin pudor. Sin vergüenza. Coreados por fanáticos que les aplauden todas sus fechorías. MALDITOS SEAN.

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Alegrías literarias

Hace poco se me rompió una muela mil veces empastada. No resistió más, la pobre, apenas dieciocho meses desde el último intento. Y ya no había más remedio que endodoncia, reconstrucción y corona. Vamos, un montonazo de citas con mi nueva dentista. Desde que se me jubiló el de siempre me siento un poco huérfana, aunque la nueva clínica ya me lleva atendiendo dos años. Y en medio de la pandemia, con problemas de contagios, no estaba entre mis intenciones ira a visitarlos, pero me ha tocado en suerte, qué le voy a hacer.

Andaba yo en la salita de espera, procurando no escuchar mucho el ruido del torno, y poniéndome nerviosa con las noticias de la tele (menos mal que solo con subtítulos), así que saqué el móvil para distraerme un poco. Para mi sorpresa, tenía un mensaje electrónico de una editorial, interesándose por mi novela Nina. ¡Qué ilusión!

No sé adónde llegará el asunto, puede que a nada, pero me alegró el día y soporté una endodoncia larga, de tres conductos, con otro ánimo. Cruzad los dedos por mí, amigos.

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Nueva variante de confinamiento

Desde el viernes a las 22:00 vivimos nuevamente confinados. Es una versión ligera, que nos impide salir del municipio, pero permite la movilidad por todo Madrid para ir al trabajo, al médico o a cualquier cita administrativa o legal importante, a cuidar de un dependiente y alguna otra cosa más que se me olvida.

La pandemia ha aumentado exponencialmente en esta comunidad autónoma tan mal gobernada. Lo esperable tras una inexistente desescalada y el casi nulo rastreo. Son los lodos procedentes de los polvos de mayo. La farsa se pudo mantener varias semanas por el cocinado criminal de los datos, aparentemente buenos hasta que la presión hospitalaria demostró la pura realidad. Finalmente ha sucedido lo que nos temíamos desde el principio. Lo que venimos diciendo todo el verano.

Acabamos la tercera semana de vacaciones en casa. No quisimos escaparnos este último finde sin restricciones, que bien podíamos haberlo hecho. Y no solo por prudencia y responsabilidad elementales. También, debo confesarlo, porque ni teníamos nada perentorio que resolver, ni nada que nos hiciese una especial ilusión cumplir. Somos así de pánfilos. Por eso permanecemos en casita. Y no nos cuesta. Estamos bien.

Con este seudo-confinamiento, las tiendas siguen abiertas, con aforos limitados, y es el ocio nocturno el que sufre. Posiblemente el mayor culpable de los rebrotes, es también el que recibe la mayor estocada. Que esté todo cerrado a las 23:00 vuelve del revés a las la ciudades divertidas y trasnochadoras. Especialmente Madrid, pero también las limítrofes, como este Getafe, que suele disfrutar también de ambiente y buena marcha.

Nosotros, que somos muy tranquis, apenas notamos las restricciones. Salimos poco de casa y del barrio. Damos dos paseos de veinte minutos cada día y vamos a la compra una vez por semana. Sin embargo, ayer, en la caminata vespertina, un par de detalles nuevos nos llamaron la atención. Había muy poca gente en la calle, (solo nos cruzamos con una panda de jóvenes), y se veían muchos coches aparcados, lo que es más habitual ya muy de madrugada, no a las seis de la tarde. Quizá la gente se quedó casa, autoconfinada, no sabiendo muy bien qué hacer. Con tanto ruido mediático, las directrices para los ciudadanos han quedado muy poco claras.

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Ya llegaron los fríos

Llueve, hace un viento huracanado, han bajado las temperaturas: lo esperable tras un corto veranillo de san Miguel.

La pandemia arrecia y los neocon de Madrid solo andan pendientes de confrontarse con el gobierno central y atribuirle todos los males, su único objetivo político. Lo de hacer algún esfuerzo para paliarla no está entre sus planes y, claro, se aburren, y les sobra el tiempo para jugar a la desestabilización. No les da la gana. Ni rastreadores, ni sanitarios. Es una buena oportunidad para seguir deshaciendo lo público y la están aprovechando al máximo. Me sigue sorprendiendo que tengan tantos votantes. Y, sobre todo, que entre ellos haya ciudadanos a los que estas medidas les dañan, pero no cambian su voto. Quizá sea cierta aquella frase que atribuyen a Mark Twain de que es más fácil engañar a la gente que convencerla de que la están engañando. Viva er Betis, manque pierda. Los ultras que nos desgobiernan podrían matar cien gatitos en la Puerta del Sol cada mañana y aún así tendrían seguidores acríticos. Increíble, pero tristísimamente cierto.

Mejor lo dejo, porque me sube la bilirrubina, el azúcar y la mala leche. Mejor cuento otras cosas.

Por ejemplo, que me llegó un email confirmando mi adscripción al club de lectura de la biblioteca municipal de mi barrio. La cosa consiste en hacer una reunión al mes, (en Zoom, según van las cosas), respecto a un título mensual. No sé más, de momento, ni las lecturas, ni quién es el coordinador. Apenas que la primera cita será el martes 6, la próxima semana, y sin hora ni instrucciones sobre cómo actuar todavía.

Con ello y con mi curso de narrativa de la FPJH voy servida este año escolar. No me atrevo a apuntarme a más cosas. Y aun esas porque están a quince minutos andando desde casa, o cinco en coche (y se aparca bien), y en mi zona de influencia, en mi ciudad. Nada de salir de mis entornos, ahora que han llegado más confinamientos, aunque sean muy light.

La tercera novela sigue en proceso. Diez folios de estructura y organización llevo, ubicando todos los elementos policíacos que necesito. O eso creo haber conseguido, ya veremos. A falta de un par de vueltas más, sobre todo de algunos detallines poco significativos del desenlace, continúo la miseria que llevo escrita (unas 4500 palabras). Lo curioso es que la trama negra se ha apoderado de la social. En principio, pretendía yo, pobre de mí, que la historia detectivesca fuera leve y secundaria. Sin embargo, al desarrollarla, para que no se quedaran hilos inconclusos, se dio la vuelta y ahora es la del barrio la que se me ha quedado más floja.

Confieso que el cambio fue tan paulatino, que no me percataba; solo iba resolviendo los flecos. Cuando caí en mi propia contradicción, me entró hasta apuro. Porque mi idea inicial era reivindicativa, como la del proyecto 2, y quizá con estas novedades mis intenciones críticas se disolvían demasiado. Qué horror. ¿Y si volvía a empezar todo desde el principio?

Finalmente, no sé si ha sido a base de trabajar la escaleta, o porque todo lo que se me ocurría para devolver lo social al primer término me resultaba un remedo demasiado repetitivo de la novela previa, me he decidido por esta nueva perspectiva. No solo porque puedo seguir siendo todo lo crítica que me parezca, el género lo admite todo, es que me ilusiona. Me he dado cuenta de que merece la pena la experiencia. He leído mucho de detectives, desde Agatha Christie hasta Lorenzo Silva. Y me gusta, ¿por qué no intentarlo? Por supuesto que no lo domino, es la primera vez. Pero eso lo convierte también en un reto que me motiva. Y divertirse en esta tarea larga de escribir una novela, de meses, es el requisito primero para tener el éxito de terminarla.

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Tercera semana de vacaciones

Los días en casa son tan sencillos que la monotonía los ensombrece y se recuerdan poco y mal. Pasan sin pena ni gloria, anodinos, demasiado sosos como para crear recuerdos especiales.

Por esa razón parece que los transcurridos en Extremadura de la primera semana fueron muchos, y estuvieron plenos de cosas que contar. Aunque solo fuera conducir unos kilómetros, pasear ciudades diferentes, ver sus monumentos, sentir el sol y el aire en la cara.

Los nueve días posteriores, los que llevamos en casa, que solo hemos hecho rutinas, se han pasado en un suspiro. Y esa es la prueba de que salir sirve para mucho más que entretenerse. Es primordial para ralentizar el tiempo, y para cargarlo de contenidos nuevos, pero también para enfrentar al cerebro a estímulos variados, que lo mantengan ágil. Siempre digo que lo cotidiano arropa el espíritu cuando hay exceso de actividad. Pero, por el contrario, las acciones excesivamente monótonas embrutecen el intelecto, el cuerpo y el alma.

Es difícil dar con el término medio. Nos faltan las actividades culturales de otros tiempos: el teatro, los museos, las exposiciones… Y las quedadas sociales. Claro que todo eso se nota. Salir a pasear mañana y tarde, disfrutando del buen clima, es lo único reseñable y diferente de estas últimas jornadas. Poca, poquísima, cosa.

Pero no me estoy quejando. Estamos cómodos y contentos en nuestro mundo particular. La situación epidemiológica empeora mucho, por lo que no es que no nos atrevamos, es que nos resulta muy inadecuado plantearnos nuevas escapadas. Y tampoco tenemos ninguna idea vacacional frustrada sin cumplir.

JC aprovecha las horas de asueto para un juego que antes no se atrevió a empezar y ahora está disfrutando mucho. Compartimos, además, lecturas y series. Y es agradable disfrutar de la mutua compañía y de no tener obligaciones. Para nuestras humildes pretensiones, más que suficiente.

Y en cuanto a mis nuevos retos para este curso 20-21, ¡me han concedido el curso de narrativa de la Fundación de Poesía José Hierro! Empezará a mediados, en dos semanas, así que estoy muy contenta. Son tres sesiones mensuales, tres lunes por la tarde, alternando presencialidad y distancia. Cerca de casa y con un profe novelista experimentado, docente en la UAM y en Hotel Kafka.

Entiendo, entonces, que por su parte no va a haber ningún problema. Me refiero a que tiene experiencia docente y escribidora. Lo fui a ver a la Fundación hace unos meses, cuando dio una conferencia durante la semana negra de Getafe y me pareció interesante.

Otro asunto es el de los compañeros. Como siempre sucede, me temo que el conjunto del alumnado será lo que puede chirriar. Sobre todo si hay exceso de egos, o piques, o niveles muy dispares. Pero eso se lo encuentra una en cada curso que empieza. Ya lo he sufrido en bastantes ocasiones.

Sigo subiendo vídeos al canal, pero tengo orillada aún la escritura de la novela. No me agobio, la estructura me convence ya por fin. Y solo me falta lanzarme. Sin embargo, sigo disfrutando de cierta relajación de vacaciones. Solo un poquito más. Prometido.

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Extrañas vacaciones

Hoy es el viernes de la segunda semana de las vacaciones de JC. Tuvimos el arrojo de viajar un poquito en la primera, no muy lejos y con las debidas precauciones. Pero no nos atrevemos a más, no están las cosas como para hacer turismo.

Ni siquiera nos planteamos una escapada a Alicante, que sería ir de casa a casa. Así que seguiremos medio confinados, saliendo poco y comedidamente, sin vida social, sin cines, teatros, museos, restaurantes… Nos conformaremos con ver solo un ratito a G cada seis o siete días, como llevamos haciendo todo el verano.

Hoy habrá anuncio de nuevas restricciones en la Comunidad de Madrid, tardías y me temo que no demasiado eficaces, pero es lo más que se atreven a hacer los neocón. Esperan que, si la cosa se pone imposible, sea el gobierno central el que cargue con las decisiones duras. Intentan no parar la economía sacrificando a la gente, y no están consiguiendo lo primero, aunque sí se están llevando por delante a los más desprotegidos.

Toman medidas chapuceras y baratas para paliar lo mínimo, porque no quieren revertir su desmantelamiento sistemático. Desean aprovechar la pandemia como ventana de oportunidad para conseguir un trasvase grande hacia lo privado, por lo que reforzar los servicios públicos sería un atraso imperdonable. Aseguran que los mejorarán, no tienen el coraje de decirlo a las claras, pero a cuentagotas, hasta que se les pierde la pista. Prometen cientos de rastreadores o de médicos y enfermeros o de profesores que nunca incorporan, que fingen no encontrar. Y, por supuesto, a los pocos que contratan les pagan cantidades irrisorias y por cortos periodos de tiempo. Nada que suponga plantillas, consolidaciones, estructura laboral.

Hay que ser muy caradura para inaugurar a bombo y platillo un dispensador de gel en cincuenta, que no todas, las estaciones de metro. A estas alturas de pandemia. Pues eso han hecho. Imagino lo que se habrán reído, a espaldas de la gente. Hay que ser muy lerdo y/o muy sectario no solo para tragar con semejantes individuos y semejante gestión, sino para defenderlos. Pero esos votantes idiotas, en el perfecto sentido griego de la palabra, lo son hasta las trancas.

Ha llegado el frío del otoño. Hace tanto viento, que se oye cómo crujen las persianas en sus raíles. Ayer chispeaba suave en la zona, pero hubo lluvias torrenciales en otros puntos de Madrid. Hasta el punto de que se inundaron algunas estaciones de metro. Ese fue el estreno de los dispensadores de gel, manda narices. Vi imágenes vergonzantes del suceso.

En fin, vuelven los malísimos tiempos para la lírica. Son las seis y media, leeré un rato.

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No va a haber normalidad en mucho tiempo

Llevo meses pensando que 2022 sería el año mágico del regreso de la vida de antes. Y hasta podía con la certeza de año y medio de pandemia. Pero esta madrugada, de pronto, he comprendido que será un esfuerzo más largo. Que no le puedo poner fecha todavía. Y me ha dado vértigo. Y he sentido un miedo profundo.

¿Qué hacer? ¿Cómo no entrar en pánico? Si algo aprendí durante los largos meses de duelo por Rodrigo, fue que para resistir hay que aferrarse al presente. Aunque sea lo contrario de mi tendencia natural. (Porque lo cierto es que soy previsora y que me arropa y tranquiliza tenerlo todo programado, como los cursos, las clases, los temarios…) En ausencia de un futuro definido, en vez de agobiarse, hay que cambiar la perspectiva y centrarse en el día a día.

Por eso, mis proyectos van a ser más sencillos, más a largo plazo, y con posibilidad de cancelación o cambio. Como principal actividad prevalece la de siempre: seguir escribiendo. Y como es duro hacerlo en absoluta soledad, he buscado posibles grupos de apoyo cerca de casa. En estas circunstancias de pandemia no parece sensato acudir a Madrid en transporte público, así que he solicitado plaza en dos actividades literarias en mi barrio. Me tranquiliza que será a pocos pasos, que puedo ir andando o que se aparca fenomenal. Que tendrán escasas reuniones presenciales, factibles de ser on-line si la cosa va a peor. Un club de lectura en la Biblioteca municipal, y otro de Proyectos Narrativos en la misma Fundación de Poesía José Hierro en la que presenté el libro de Rodrigo por primera vez.

EdE se quedará en la reserva. Sé que esto a lo que aspiro no tendrá la misma sustancia, pero de momento es lo que hay. Y siempre puedo recurrir a EdE y cualquiera de sus cursos a distancia o por vídeo conferencia si me veo demasiado mal.

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Lunes 21 de septiembre de 2020

El Jerte y Plasencia, con visita a una cuarta parte de mis orígenes (mi abuelo materno). La Vera, Monfragüe y Yuste. Mérida. Trujillo y Guadalupe. Cáceres. Unos días de visitas culturales y desconexión han terminado con una reentrada en una realidad aún más amarga que la que dejamos. Madrid está sumida en el caos, como nos temíamos desde junio, en cuanto los neo-con volvieron a asumir el mando. Y siguen con la táctica de no mejorar la sanidad y buscar culpables que lo disimulen. Primero tenía que ser Barajas. Luego la irresponsabilidad de los jóvenes. Después las malas costumbres de los trabajadores inmigrantes. Ahora ya son barrios enteros, curiosamente los más humildes.

Yo pensaba que al menos los datos serían verdad, que esos barrios más poblados, con malísimos servicios sanitarios, que se desplazan en un transporte público de aglomeraciones, serían los más castigados por los contagios. Pero resulta que otros lugares con cifras parecidas se libran de esos confinamientos selectivos.

«El centro de Madrid, con zonas básicas de salud como Alameda con 827 de incidencia acumulada, Lavapiés con 1.185 o Cortes con 713, ha quedado libre de restricciones mientras otras como la de Francia en Fuenlabrada han sido confinadas con una afectación de 661. La zona básica de salud de Montesa, donde acaba la calle Ortega y Gasset, la milla de oro madrileña con las tiendas más elitistas de la capital, ha quedado libre de restricciones a pesar de superar a la zona fuenlabreña más humilde. Un confinamiento selectivo y muy bien dirigido destinado a asegurar mano de obra a los más ricos. «

Antonio Maestre en eldiario.es

La receta de destrucción de lo público está demostrando su filo letal. Tanto como el virus. Y en estas circunstancias, ponerme a escribir sobre monumentos, y paisajes y nuestras pequeñas vacaciones, me parece una frivolidad imperdonable.