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Viernes 4 de septiembre de 2020

Hoy hace exactamente un año de mi jubilación: el 4 de septiembre de 2019. Cuantísimas cosas han pasado en estos doce meses. No es más que una fecha, pero tenía que reseñarla.

Ayer fue un día emocionante para mis afanes de youtuber, porque V (el alumno adoptado esta última semana a través del canal) ha aprobado su examen de septiembre. Y dice que gracias a las indicaciones técnicas que le proporcioné. Nada mejor que sentir que mis esfuerzos en ese campo sirven, están sirviendo, para algo.

Así que hice dos vídeos más y estuve todo el día muy contenta. En estos tiempos azarosos y extraños, agradezco mucho un empujón así. Toda mi experiencia de canal educativo es un intento de dejar funcionando un poquito más de tiempo algo de lo que sé. Barrunto que debo hacerlo antes de que el paso de los años y la pérdida de contacto con los requerimientos académicos lo conviertan en ineficaz, obsoleto o innecesario. Constatar que aún le sirve a alguien me emociona.

Mañana comemos con G y B. Hoy pienso preparar dos recetas especiales. Resulta que me he aficionado a una youtuber cocinera. Y no he puesto en práctica ninguna de sus propuestas porque no encontraba el momento adecuado. Me voy a comprar ingredientes en cuanto abran las tiendas y me pondré a ello enseguida. No sé qué tal me irá, aunque merece la pena solo por el chute de ánimo que me ha insuflado. Ya contaré qué tal me sale todo.

El proyecto 3 sigue avanzando, aunque ayer no hice nada. Tengo la estructura y casi una escaleta. Me gusta planificar, pero no hasta el extremo. Si está todo muy cerrado, me agobio. Prefiero dejarle un porcentaje a lo que vaya surgiendo en el proceso. Me encanta lo productiva que se vuelve entonces la imaginación.

Son las siete menos cuarto, hace una temperatura deliciosa, me pongo ya en marcha.

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Miércoles 2 de septiembre de 2020

Me pasé todo el día de ayer luchando con la estructura de mi tercer proyecto. Creo que va ya bastante bien encaminado. Hoy me propongo repasarla, bastante convencida de que pronto me pondré a escribir los siguientes capítulos. A mi ritmo, sin tener que esperar semanas, o rellenar fichas exhaustivas e innecesarias, como tuve que hacer durante el curso de marras.

He aprendido alguna cosilla, sin embargo, de esas actividades veraniegas. Más por reflexiones propias, que por transmisión de conocimientos, todo hay que decirlo. Y más cotilleando en los foros, que buceando en los escasos apuntes teóricos.

Pero, bueno, al menos tengo resueltos asuntos tópicos del género: motivos, medios y oportunidades; sospechosos, coartadas y doble realidad; diferentes tipos de pistas, obstáculos y errores; interrogatorios, investigaciones y explicaciones lógicas… Y un largo etcétera.

Me habría gustado aprender un poco más de la teoría, pero está tan diluida entre actividades chorras que me desesperaba en exceso. Intenté apuntarme a otro curso de la misma profe, en el que supuestamente el alumno puede ir a su ritmo. No obtuve respuesta. Mal rollo que añadir a su estilo displicente. No quise exponerme más a esa laxitud suya, a esas desapariciones durante días y días, a sus lecturas en diagonal y sus escasos y a menudo inatinados comentarios. Por cierto, no creo que por falta de conocimiento, sino de tiempo, ganas o ambas cosas a la vez.

Darme el verano de margen también ha sido fructífero. Vuelvo a decirme a mí misma que no necesito agobiarme, no hay prisa. Mi proverbial tendencia al estrés me condiciona en ese sentido. Yo solo tengo que disfrutar del proyecto escribidor y cada una de sus fases. Ahora toca el proceso de construcción de la trama, bienvenido sea.

Por último, añado que conseguí renovar mi certificado electrónico de Camerfirma. Después de meses intentando el de la FNMT sin éxito, fue sorprendentemente fácil. Lo pedí por email, me acerqué a un Registro de la Comunidad de Madrid, (con cita previa, eso sí), donde acredité mi identidad, y lo recibí en el mismo día y en el mismo correo electrónico. Luego en casa instalé el certificado sin problemas, comprobé que funcionaba y que me lo siguen proporcionando también ahora como pensionista.

Gracias a eso, ayer, por fin, entonces, pude inscribir mi segunda novela en el Registro de la Propiedad Intelectual de forma telemática. Y puedo volver a ver mis recibos de nómina y hacer cualquier gestión administrativa desde mi ordenador. Tiene una validez de cuatro años, hasta el 30 de agosto de 2024.

Nada más por el momento. Seguimos con la ola polar, agradecidos por la bajada de temperaturas. Hasta luego.

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Septiembre

Por primera vez en mi vida empieza este mes y no tengo que ir a clase. En 2019 solo fueron unos días, pero este extraño 2020 resulta que no. Y ni se me ocurre acercarme a saludar, no conviene exponerse inútilmente.

Sin embargo, aprovecho la experiencia acumulada de recomenzar y me lanzo de nuevo a la escritura. Luego, dependiendo de posibles asuntos urgentes de JC, organizaremos las vacaciones y alguna salida esporádica. Este año nada de viajes largos a lugares lejanos.

Después del cursito sobre novela policíaca al menos creo que me siento menos perdida en la organización de la trama secundaria y negra que necesito para mi tercer proyecto. Estas semanas me sirvieron para concretar detalles. Ahora tengo que cuadrar una buena estructura.

La trama principal está definida desde junio, era esta secundaria la que no sabía cuánto desarrollar. No quiero que se apodere de la otra. Tampoco que se quede en el aire, apenas esbozada, ni mucho menos que resulte inverosímil. Ahí está mi lucha. Aún tengo que darle unas cuantas vueltas, todavía no me convence del todo.

Una vez conseguido, podré incluirla en la susodicha trama principal. Pero eso lo que menos claro tengo. Mecachis. Y no sirve de mucho lanzarse a escribir si no está. Así que mi tarea de hoy es rehacer estructuras hasta que dé con una que me convenza.

Son las siete menos cuarto. Hace frío porque nos visita una ola polar y está totalmente oscuro porque el otoño se acerca. Buenos días.

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Domingo 29 de agosto de 2020

Refresca por fin, es un gustazo escribir con la ventana abierta, sintiendo la brisa fresquita. JC y yo seguimos teletrabajando, bastante aislados, por la misma prudencia elemental de las últimas semanas. G y B regresan hoy, justo cuando nosotros empezamos a a planificar alguna escapadita, aunque todavía muy en lontananza.

La última sesión del curso de novela policíaca fue de lo más decepcionante. Ningún compañero ha subido texto todavía. La profe se leyó el mío en diagonal, como los previos, e hizo un par de arreglos innecesarios y de compromiso, tipo cambiar unas comillas por otras. Y ni una frase de comentario general. Desde luego, acabó con todas mis dudas de un plumazo. No merece la pena enrolarme en la segunda parte, ni por contenido, ni por el seguimiento que hace ella.

De vez en cuando me sale la vena reivindicativa y dudo si quejarme en el foro. Pero luego vuelvo a la idea de que lo mejor es ser discreta. Si a los otros, primerizos, les va bien, para qué quitarles la ilusión.

La profe ha tenido que percatarse, sobre todo después del chat, aunque era evidente en mis textos, de que el curso me queda muy pequeño. Y supongo que barruntará por qué no sigo, disculpas simplistas aparte. Tampoco se ha matado comentando, una vez que sabía que yo no continuaba. Así que, o bien es así de poco currante siempre, o no ha querido esforzarse con alguien que no iba a seguir. Malo lo que dice de ella en cualquiera de las dos situaciones.

Acabado el asunto, entonces. Y, la parte por el todo, tacho de mi lista el Portal del Escritor y todos sus otros cursos. Me temo que muy por debajo ya de lo que sé y necesito. Mucha gente hay en este mundillo de la escritura. Pocos como los de EdE, francamente. E incluso ya se me queda atrás, mientras vuelo sola.

Este finde de descanso y el lunes de trámites acabarán con agosto. El día 1 de septiembre, como mis compañeros en el instituto, yo regreso a la tarea escritora con renovado vigor. Y, por supuesto, sin dejar de hacer vídeos didácticos.

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Martes 25 de agosto de 2020

Ayer hice limpieza en esta bitácora y guardé aparte las entradas anteriores a 2018. Así, se queda solamente mi último curso como profe, el 2018-19 y este 2019-20 tan raro y pandémico, ya como pensionista. Dada mi experiencia de 390 días seguidos escribiendo, más que suficiente. Me he quedado también con muchas de las imágenes. Es un pequeño repositorio, limitado, al que recurro una y otra vez para no sobrecargar mi servidor.

Me ha salido un alumno de segundo de bachillerato en el canal, un chico al que echo una mano hasta su próximo examen (el día uno), tengo por fin citas para las pruebas médicas que no pude antes por agosticidad e incluso parece que consigo revivir mi certificado electrónico personal. A través de intemediaros privados, eso sí, porque Madrid no cree en lo público y lo obstaculiza 🙁

A día de hoy y a las 7:18, poco más puedo escribir.

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Lunes 24 de agosto de 2020

Pasan las semanas deprisa y ya estamos en la última de agosto. Otros años por estas fechas me llegaba el agobio de la vuelta al trabajo, este, obviamente, no. Y menos mal que me fui, porque el regreso en esta situación de pandemia tiene un riesgo de contagio muy alto. Si alguna vez me ha dado pena, o me he sentido nostálgica o arrepentida, esta crisis ha sido un remedio tajante. Pero no estoy tan lejos emocionalmente como para no tener miedo y preocuparme por alumnos y compañeros.

Termino ya pronto el curso online sobre novela policíaca. Es muy, muy flojito, con una profe que se conecta cada siete o diez días y poca cosa, a veces tonta, que hacer. Me resulta lento y desesperante.

Me debato, por ello, en si apuntarme o no a la convocatoria siguiente. Alguna enseñanza extraigo, es obvio, porque si no lo desecharía sin problemas. Lo que me exaspera es que sea escasa, que se dé con cuentagotas, pretendiendo nuevos enrolamientos, que no explique todo seguido. Me temo que si este curso semanal me crispa, los sucesivos, que son quincenales, me molestarán aún más.

Valoro que la profe es muy buena racionando la información. Que lo hace como en sus novelas. Noto esa misma tensión narrativa. Y comprendo que el problema está en mí. Y me pregunto si yo sería capaz de no tomarme las sesiones tan en serio. Si sería viable integrarlas simplemente, como una fuente de información quizá interesante, mientras sigo a mi bola en paralelo, escribiendo mucho, como a mí me gusta. ¿Quién me lo impide?

Porque, un poco a lo tonto, esperando a ver qué aprendo y si es decisivo para la novela, la tengo en barbecho. Solo he planificado, como disponía el cursito de marras. La cosa finaliza redactando el primer capítulo. Se supone que así la última entrega acaba en lo más alto. Y veo a mis dos compañeros (tampoco es que seamos un grupo grande) encantados con eso mismo que a mí me decepciona.

Admito que hay que planificar previamente para escribir con soltura, pero veo que es más fácil corregir planificaciones que texto narrativo. Y que los cursos están diseñados con esa estrategia dilatoria. También es cierto que están pensados para acompañar a novatos totales y que yo sé escribir y organizar sola. A ver, está claro que yo no pretendía una tutela, sino un aprendizaje de los rudimentos específicos del género.

Por otra parte, tampoco me ha venido mal este descanso escribidor veraniego. De todo hay que reposar para tomarlo luego con más ganas. Estos meses me he dedicado más a los vídeos didácticos, y tanta planificación sin escritura me ha dado tiempo para valorar posibilidades en mi nuevo proyecto narrativo. He conseguido perspectiva. Por ejemplo, dudaba sobre cómo estructurar la novela, sobre todo cómo incluir la trama negra, que no quiero que sea la principal. Y tengo, por fin, ideas nuevas para ello.

No ha sido gracias al curso I, porque la estructura la deja para la el curso II, y he visto en sus foros que es la tópica de planteamiento, nudo y desenlace. Mi novela tiene dos tramas y mantengo la principal tal como la diseñé en junio. Sin embargo, empiezo a ver cómo organizar la segunda trama, la negra y policíaca que me llevó a enrolarme en el cursito de las narices. Todavía estoy valorando cómo entremezclarlas.

Septiembre será la fecha tope para volver a escribir. Como hice en enero para despegarme de mi primera novela y darle distancia. He decidido seguir con mi trama principal, porque pasarán varios capítulos antes de que se cruce la secundaria. Quiero volver pronto a la escritura por mi cuenta, sin tener que esperar a lo que me pidan o al paso de tortuga de los compañeros. Lo único que me preocupa es si sabré desperdigar bien las pistas. Aunque no quiero que eso me detenga ni un minuto más. Supongo que son detalles a los que se les podría dar un retoque más adelante, ya tengo experiencia en eso.

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Martes 18 de agosto de 2020

He dudado al escribir la fecha y he tenido que mirarla en el calendario. Antes tenía más consciencia temporal. Me refiero a cuando anotaba aquí a diario. Era una de las razones para hacerlo.

Ahora ando más despistada respecto al día en el que vivo. Y podría recuperar esa costumbre escribidora para paliarlo. El problema estriba en que no tengo demasiado nuevo que contar, precisamente la razón que me llevó a dejar de escribir tan asiduamente. Bonita paradoja.

Han transcurrido seis días sin que me pasara por aquí y tampoco se me ocurren nuevos temas. Estando tan sumergidos en rutina y aislamiento, poco puedo contar. Tampoco habría sido esperable algo muy diferente en años anteriores. Los mediados de agosto en casa no fueron antes, ni son ahora, demasiado interesantes. Más de lo mismo, entonces.

Lo que sí sucedía en veranos previos (la tercera semana, por cierto) eran viajes cortos a localidades cercanas. Así, en años consecutivos, fuimos visitando Ávila, Silos, Burgos, Segovia, Zamora o Palencia.

Este extrañísimo 2020 no tenemos ningún plan. No hace falta aprovechar agosto, como cuando yo estaba en activo. Empezamos a valorar alguna idea difusa para septiembre, pero, demasiado imprecisa todavía.

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Miércoles 12 de agosto de 2020

Hoy, casi a mediados de agosto, cuento cinco meses de pandemia. Qué largo se me ha hecho. Quizá no sea mucho tiempo en cómputo general, pero sí en lo psicológico. Constato, también, que esta nueva etapa de susto, ha llegado con vocabulario técnico incluido: covid19, coronavirus, PCR, pandemia, confinamiento, desescalada y nueva normalidad. Tecleo en el móvil y el predictor reconoce y propone las palabras con diligencia.

Nosotros seguimos en casa, teletrabajando, agradecidos por la bajada de temperaturas, la lluvia y las ventanas abiertas. Algunos vuelven de sus vacaciones y nosotros todavía no las hemos cogido. En general, los amigos y compañeros han sido sensatos y hablan de segundas residencias, excursiones campestres y casas rurales. Alguna reunioncilla familiar o de un puñado de amigos, solo los más cercanos, en grupos muy pequeños. Nada de aglomeraciones.

Ahora andamos con rebrotes de esta enfermedad que no se ha ido, aunque algunos piensen que ya está todo ganado. En Madrid la cosa se agrava, por la densidad de población, porque se hizo poco y mal la desescalada. Mienten y falsean datos y aun así vamos mal. Pero eso no tiene importancia para IDA y los suyos. Siguen recortando lo público y repartiendo el pastel entre los amiguetes, en una política de clientelismo vergonzante.

Mi proyecto narrativo avanza, el canal también. Lo único que tengo parado es el blog de escritora, desde hace tres semanas. Supongo que en pleno parón veraniego tampoco es fundamental mantener el ritmo. No se me ocurre nada interesante que contar.

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Lunes 10 de agosto de 2020

Ha pasado una semana más. Todo sigue como siempre: en casa, teletrabajando, sobreviviendo al calor gracias al aire acondicionado, saliendo poco, preocupados porque las autoridades de Madrid no hacen rastreos ni se preocupan de la pandemia, haciendo rutinas demasiado sedentarias y pensando en que debería ponerme a dieta.

En septiembre tendremos vacaciones y aún no hemos hecho planes. ¿A dónde ir? Siempre podemos pasar unos día en Alicante, pero no nos llama nada la atención. En ocasiones normales, cuando vamos, apenas nos alcanza el ánimo para pasar tres noches y ya nos queremos volver. En estas, nos llega menos todavía. Y me temo que cualquier otro lugar nos causa desasosiego. Quizás algo con rutas al aire libre, se me ocurre, pero está el problema de dónde dormir. O salidas desde aquí a lugares cercanos por los que dar un paseo campestre y regresar luego a casa. Ninguna idea concreta. Y poca ilusión, todo hay que decirlo.

Han caído cuatro gotas y se nota un frescor desconocido desde hace muchas semanas. Tecleo en la buhardilla, pensando si darme un paseo bajo la lluvia o esperar a más adelante. Suena el tráfico de la autopista lejana, lo que significa que ha cambiado el viento y ahora llega del Oeste.

El curso de novela policiaca me aburre. Hay poquísima interacción (la profe anda desaparecida días enteros), los comentarios que nos hace son flojos (aunque, eso sí, muy optimistas y motivadores), todo es planificación previa al acto de escribir y me resulta tedioso tirarme un mes entero organizando datos. Esta sesión me toca reflexionar sobre las víctimas y los sospechosos y me apetece poquísimo. De hecho, ni he empezado. Me queda otra sesión de planteamientos técnicos y la última será escribir un texto (máximo 3000) palabras, con el asesinato. No sé cómo voy a enfocarlo. Ando muy perdida al respecto, hasta ahora no hay una explicación de cómo pasar de estas tareas previas al hecho mismo de escribir.

Son las ocho y media, ha dejado de lloviznar. Me doy un paseo. Ciao.

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Lunes 3 de agosto de 2020

Por fin ha bajado la temperatura y se acaba la ola de calor recalcitrante. Son las seis y cuarto, sopla viento, hay 20°C y se ha podido dormir bien.

Aprovecho la ocasión de refrescar la casa, con las ventanas abiertas, en medio de la oscuridad. Hace un mes a estas horas ya era de día. Vivo cada vez con más consciencia el ciclo de las estaciones.

Hoy, lunes, empieza una nueva semana, enteramente agosteña. Pero este verano no es como los de antes, la gente sigue en casa. No se ve salir a los vecinos, ni siquiera se marchan a sus pueblos, por lo que parece. A estas alturas, nuestra pequeña calle se solía ver solitaria y vacía. Parece que este año es diferente. Vaya que sí.

Nosotros tampoco nos hemos marchado, ni un solo día. No hemos disfrutado de nuestra salida de julio, cosa rarísima. Quedarnos los primeros quince días de agosto lleva mucho tiempo siendo lo usual. La costumbre de los últimos años era salir tres semanas en julio, un regreso de JC de dos, y de nuevo vacacionar los últimos quince días de agosto.

El año pasado, sin embargo, cambiamos por primera vez en nuestras vidas agosto por septiembre. Ya que no tenía que regresar a las aulas y podíamos salir ese mes, nos fuimos a Portugal. Un gustazo, sin tantas multitudes y sin tanto calor.

Este 2020 está resultando un desastre en todo, también en esto, desde la crisis pandémica. No sabemos muy bien qué hacer. Nos faltan energía y ánimo. Nuestra pretensión es irnos en septiembre. O en octubre, ya veremos. Todavía ni idea e cómo ni adónde. Huyendo de multitudes, aunque sin saber si la enfermedad nos encerrará en casa de nuevo.

De momento, los vecinos fóbicos de «los bichos» esperaban a sus albañiles en este fin de semana de principios de agosto. ¿En serio? ¿Qué profesionales trabajan en agosto y en fin de semana? Miedo me dan. En fin, estaremos expectantes. Van bajando sus pretensiones y ya no piden las murallas de Ávila. Aunque todavía les puede más su obsesión que la realidad. Menos mal que se encarga JC, porque, francamente, yo no les tengo paciencia.

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Domingo 2 de agosto de 2020

Sufrimos una desagradable ola de calor. Menos mal que tenemos aire acondicionado para sobrevivirla. Son casi las siete, ya se nota que el amanecer se retrasa, que los días van perdiendo terreno frente a la noche. He abierto la ventana y me sorprende el silencio. Ni pájaros, ni tráfico. Pura mañanita de domingo.

Por dejarme en evidencia, unos aviones se han puesto a chisporrotear, pero lejos, no en el pruno. Y más lejana aún zurea una paloma. Luego ha regresado el silencio. Qué agradable. Recuerdo nuestras primeras noches en esta casa y cómo nos extrañaba esa ausencia de ruidos. Es un lugar tranquilo todavía, veintinueve años después.

En cuanto vuelvo la vista al pasado, me invade la nostalgia. Echo en falta el animoso optimismo de entonces, a nuestros hijos, tan niños, y muy especialmente a Rodrigo, que solo vivió aquí doce años de los veinte que aquellos malditos canallas le robaron. Lloro su ausencia siempre. Se me saltan las lágrimas mientras lo escribo.

He perdido fuelle, me siento desganada con tanto calor, pero sigo trabajando la nueva novela. Mandé la segunda a un concurso por darle alguna salida, en un arrebato de supuesta efectividad del mes de junio. Ahora me parece una pretensión ridícula. No tengo nada que hacer. No suena la flauta por casualidad, cuando se presentan cientos de autores y se es solo una doña nadie del montón. En fin, asumo que mis afanes escribidores serán solo el legado de una pariente con ínfulas pretenciosas. Lejana, si no llego a tener nietos. Y poco más.

Quizá sea esta tendencia mía un desahogo existencial, una manera de perpetuar mi consciencia. Reflexiono sobre ello, porque cada vez lo creo más posible. Desde que me jubilé, me parece que se han acentuado esas sensaciones de etapa última. Desde luego, mi canal de YouTube va por ese camino.

Y noto que me vuelvo derrotista, que no me enrolo en cursos complicados porque para qué, si ya no tengo futuro. Ya no necesito másteres, aunque me puedan parecer interesantes. No compensa el esfuerzo personal y económico.

Luego comprendo que ni siquiera pienso en una nueva carrera. Aunque otros lo hayan hecho. María Galiana, por ejemplo, profe jubilada como yo, y que lleva veinte años en una nueva faceta profesional, como actriz, solo es la excepción que confirma la regla.

Además, tampoco es eso lo que me interesa, no quiero volver a trabajar. No pretendo convertirme en autora de éxito, además de que soy demasiado vieja como descubrimiento. Es obvio que ningún editor en su sano juicio me querría publicar teniendo a su disposición tanto joven con toda la vida por delante. Con del libro de Rodrigo asumo que tuve la oportunidad que tantísimos buscan y jamás encuentran. Y que eso es todo. Y no me quejo, que menudo milagro.

Solo escribo. Y lo hago porque necesito contar. Otra cosa es que me lean. Y eso, lamentablemente, lo hacen muy pocos. JC, que es mi fan número uno, tal vez mi hermana, y ya. Tengo poquito público.