Publicado en reflexiones

Miércoles 12 de agosto de 2020

Hoy, casi a mediados de agosto, cuento cinco meses de pandemia. Qué largo se me ha hecho. Quizá no sea mucho tiempo en cómputo general, pero sí en lo psicológico. Constato, también, que esta nueva etapa de susto, ha llegado con vocabulario técnico incluido: covid19, coronavirus, PCR, pandemia, confinamiento, desescalada y nueva normalidad. Tecleo en el móvil y el predictor reconoce y propone las palabras con diligencia.

Nosotros seguimos en casa, teletrabajando, agradecidos por la bajada de temperaturas, la lluvia y las ventanas abiertas. Algunos vuelven de sus vacaciones y nosotros todavía no las hemos cogido. En general, los amigos y compañeros han sido sensatos y hablan de segundas residencias, excursiones campestres y casas rurales. Alguna reunioncilla familiar o de un puñado de amigos, solo los más cercanos, en grupos muy pequeños. Nada de aglomeraciones.

Ahora andamos con rebrotes de esta enfermedad que no se ha ido, aunque algunos piensen que ya está todo ganado. En Madrid la cosa se agrava, por la densidad de población, porque se hizo poco y mal la desescalada. Mienten y falsean datos y aun así vamos mal. Pero eso no tiene importancia para IDA y los suyos. Siguen recortando lo público y repartiendo el pastel entre los amiguetes, en una política de clientelismo vergonzante.

Mi proyecto narrativo avanza, el canal también. Lo único que tengo parado es el blog de escritora, desde hace tres semanas. Supongo que en pleno parón veraniego tampoco es fundamental mantener el ritmo. No se me ocurre nada interesante que contar.