Sufrimos una desagradable ola de calor. Menos mal que tenemos aire acondicionado para sobrevivirla. Son casi las siete, ya se nota que el amanecer se retrasa, que los días van perdiendo terreno frente a la noche. He abierto la ventana y me sorprende el silencio. Ni pájaros, ni tráfico. Pura mañanita de domingo.
Por dejarme en evidencia, unos aviones se han puesto a chisporrotear, pero lejos, no en el pruno. Y más lejana aún zurea una paloma. Luego ha regresado el silencio. Qué agradable. Recuerdo nuestras primeras noches en esta casa y cómo nos extrañaba esa ausencia de ruidos. Es un lugar tranquilo todavía, veintinueve años después.
En cuanto vuelvo la vista al pasado, me invade la nostalgia. Echo en falta el animoso optimismo de entonces, a nuestros hijos, tan niños, y muy especialmente a Rodrigo, que solo vivió aquí doce años de los veinte que aquellos malditos canallas le robaron. Lloro su ausencia siempre. Se me saltan las lágrimas mientras lo escribo.
He perdido fuelle, me siento desganada con tanto calor, pero sigo trabajando la nueva novela. Mandé la segunda a un concurso por darle alguna salida, en un arrebato de supuesta efectividad del mes de junio. Ahora me parece una pretensión ridícula. No tengo nada que hacer. No suena la flauta por casualidad, cuando se presentan cientos de autores y se es solo una doña nadie del montón. En fin, asumo que mis afanes escribidores serán solo el legado de una pariente con ínfulas pretenciosas. Lejana, si no llego a tener nietos. Y poco más.
Quizá sea esta tendencia mía un desahogo existencial, una manera de perpetuar mi consciencia. Reflexiono sobre ello, porque cada vez lo creo más posible. Desde que me jubilé, me parece que se han acentuado esas sensaciones de etapa última. Desde luego, mi canal de YouTube va por ese camino.
Y noto que me vuelvo derrotista, que no me enrolo en cursos complicados porque para qué, si ya no tengo futuro. Ya no necesito másteres, aunque me puedan parecer interesantes. No compensa el esfuerzo personal y económico.
Luego comprendo que ni siquiera pienso en una nueva carrera. Aunque otros lo hayan hecho. María Galiana, por ejemplo, profe jubilada como yo, y que lleva veinte años en una nueva faceta profesional, como actriz, solo es la excepción que confirma la regla.
Además, tampoco es eso lo que me interesa, no quiero volver a trabajar. No pretendo convertirme en autora de éxito, además de que soy demasiado vieja como descubrimiento. Es obvio que ningún editor en su sano juicio me querría publicar teniendo a su disposición tanto joven con toda la vida por delante. Con del libro de Rodrigo asumo que tuve la oportunidad que tantísimos buscan y jamás encuentran. Y que eso es todo. Y no me quejo, que menudo milagro.
Solo escribo. Y lo hago porque necesito contar. Otra cosa es que me lean. Y eso, lamentablemente, lo hacen muy pocos. JC, que es mi fan número uno, tal vez mi hermana, y ya. Tengo poquito público.