Publicado en reflexiones

Lunes 3 de agosto de 2020

Por fin ha bajado la temperatura y se acaba la ola de calor recalcitrante. Son las seis y cuarto, sopla viento, hay 20°C y se ha podido dormir bien.

Aprovecho la ocasión de refrescar la casa, con las ventanas abiertas, en medio de la oscuridad. Hace un mes a estas horas ya era de día. Vivo cada vez con más consciencia el ciclo de las estaciones.

Hoy, lunes, empieza una nueva semana, enteramente agosteña. Pero este verano no es como los de antes, la gente sigue en casa. No se ve salir a los vecinos, ni siquiera se marchan a sus pueblos, por lo que parece. A estas alturas, nuestra pequeña calle se solía ver solitaria y vacía. Parece que este año es diferente. Vaya que sí.

Nosotros tampoco nos hemos marchado, ni un solo día. No hemos disfrutado de nuestra salida de julio, cosa rarísima. Quedarnos los primeros quince días de agosto lleva mucho tiempo siendo lo usual. La costumbre de los últimos años era salir tres semanas en julio, un regreso de JC de dos, y de nuevo vacacionar los últimos quince días de agosto.

El año pasado, sin embargo, cambiamos por primera vez en nuestras vidas agosto por septiembre. Ya que no tenía que regresar a las aulas y podíamos salir ese mes, nos fuimos a Portugal. Un gustazo, sin tantas multitudes y sin tanto calor.

Este 2020 está resultando un desastre en todo, también en esto, desde la crisis pandémica. No sabemos muy bien qué hacer. Nos faltan energía y ánimo. Nuestra pretensión es irnos en septiembre. O en octubre, ya veremos. Todavía ni idea e cómo ni adónde. Huyendo de multitudes, aunque sin saber si la enfermedad nos encerrará en casa de nuevo.

De momento, los vecinos fóbicos de «los bichos» esperaban a sus albañiles en este fin de semana de principios de agosto. ¿En serio? ¿Qué profesionales trabajan en agosto y en fin de semana? Miedo me dan. En fin, estaremos expectantes. Van bajando sus pretensiones y ya no piden las murallas de Ávila. Aunque todavía les puede más su obsesión que la realidad. Menos mal que se encarga JC, porque, francamente, yo no les tengo paciencia.