
Como todos los veranos, cada vez más insufribles, nos hemos recluido en casa, sorteando el bochorno épico a base de aire acondicionado y evitación de horas punta. Las obligaciones nuevas añaden más carga emocional, por eso, aunque vayamos a salir de vez en cuando, la cotidianidad todavía se siente incómoda.
Escribo poco. Pierdo fuelle por la complicación continuada de la búsqueda de editoriales. Somos demasiados los que escribimos. No hay lectores para tanta novedad, ni entre los grandes, y yo solo soy un pececillo de edad provecta. Sigo esperando respuesta de algún editor medianamente serio. Mientras tanto, mi quinto proyecto avanza despacito.








