
Llevo meses pensando que 2022 sería el año mágico del regreso de la vida de antes. Y hasta podía con la certeza de año y medio de pandemia. Pero esta madrugada, de pronto, he comprendido que será un esfuerzo más largo. Que no le puedo poner fecha todavía. Y me ha dado vértigo. Y he sentido un miedo profundo.
¿Qué hacer? ¿Cómo no entrar en pánico? Si algo aprendí durante los largos meses de duelo por Rodrigo, fue que para resistir hay que aferrarse al presente. Aunque sea lo contrario de mi tendencia natural. (Porque lo cierto es que soy previsora y que me arropa y tranquiliza tenerlo todo programado, como los cursos, las clases, los temarios…) En ausencia de un futuro definido, en vez de agobiarse, hay que cambiar la perspectiva y centrarse en el día a día.
Por eso, mis proyectos van a ser más sencillos, más a largo plazo, y con posibilidad de cancelación o cambio. Como principal actividad prevalece la de siempre: seguir escribiendo. Y como es duro hacerlo en absoluta soledad, he buscado posibles grupos de apoyo cerca de casa. En estas circunstancias de pandemia no parece sensato acudir a Madrid en transporte público, así que he solicitado plaza en dos actividades literarias en mi barrio. Me tranquiliza que será a pocos pasos, que puedo ir andando o que se aparca fenomenal. Que tendrán escasas reuniones presenciales, factibles de ser on-line si la cosa va a peor. Un club de lectura en la Biblioteca municipal, y otro de Proyectos Narrativos en la misma Fundación de Poesía José Hierro en la que presenté el libro de Rodrigo por primera vez.
EdE se quedará en la reserva. Sé que esto a lo que aspiro no tendrá la misma sustancia, pero de momento es lo que hay. Y siempre puedo recurrir a EdE y cualquiera de sus cursos a distancia o por vídeo conferencia si me veo demasiado mal.