
Empieza la última semana de vacaciones para JC y seguimos casi confinados, saliendo solo a lo necesario. Pero cada vez que le comento que me apeno por él y por si echa en falta no aprovecharlas viajando más, como otros años, me contesta que no les dé la importancia que no tienen. Considera que, en estas nuevas circunstancias, no hemos salido más porque realmente no nos sentimos cómodos fuera, ni en Alicante, que es casa propia también.
Tiene toda la razón del mundo cuando me explica que aquí estamos protegidos y no nos falta de nada. Quizá solo las interacciones sociales, (que no es poca deficiencia, aunque de momento resulte llevadera), le digo yo. En ese sentido la vida se ha vuelto extraña. La sobrellevamos, sí, pero a la larga me parece que ese aislamiento terminará siendo muy nocivo y me da miedo que se haga crónico.
Para evitarlo, y más en mi situación de recién jubilada, ya el curso pasado y sin pandemia amenazante, busqué grupos con los que compartir aficiones. El de costura no me funcionó. Tampoco el de Photoshop. Pero el de Proyectos Narrativos de EdE me encantó mientras pude ir presencialmente, y fue una grata compañía durante todo el confinamiento.
Este segundo curso de pensionista, y con tantas restricciones, he conseguido dos actividades en el barrio relacionadas también con el campo literario: un Taller de Narrativa, con tres sesiones mensuales, y un Club de lectura que se reúne el primer martes de cada mes. Pero de eso ya hablaré mañana.