Publicado en reflexiones

Ya llegaron los fríos

Llueve, hace un viento huracanado, han bajado las temperaturas: lo esperable tras un corto veranillo de san Miguel.

La pandemia arrecia y los neocon de Madrid solo andan pendientes de confrontarse con el gobierno central y atribuirle todos los males, su único objetivo político. Lo de hacer algún esfuerzo para paliarla no está entre sus planes y, claro, se aburren, y les sobra el tiempo para jugar a la desestabilización. No les da la gana. Ni rastreadores, ni sanitarios. Es una buena oportunidad para seguir deshaciendo lo público y la están aprovechando al máximo. Me sigue sorprendiendo que tengan tantos votantes. Y, sobre todo, que entre ellos haya ciudadanos a los que estas medidas les dañan, pero no cambian su voto. Quizá sea cierta aquella frase que atribuyen a Mark Twain de que es más fácil engañar a la gente que convencerla de que la están engañando. Viva er Betis, manque pierda. Los ultras que nos desgobiernan podrían matar cien gatitos en la Puerta del Sol cada mañana y aún así tendrían seguidores acríticos. Increíble, pero tristísimamente cierto.

Mejor lo dejo, porque me sube la bilirrubina, el azúcar y la mala leche. Mejor cuento otras cosas.

Por ejemplo, que me llegó un email confirmando mi adscripción al club de lectura de la biblioteca municipal de mi barrio. La cosa consiste en hacer una reunión al mes, (en Zoom, según van las cosas), respecto a un título mensual. No sé más, de momento, ni las lecturas, ni quién es el coordinador. Apenas que la primera cita será el martes 6, la próxima semana, y sin hora ni instrucciones sobre cómo actuar todavía.

Con ello y con mi curso de narrativa de la FPJH voy servida este año escolar. No me atrevo a apuntarme a más cosas. Y aun esas porque están a quince minutos andando desde casa, o cinco en coche (y se aparca bien), y en mi zona de influencia, en mi ciudad. Nada de salir de mis entornos, ahora que han llegado más confinamientos, aunque sean muy light.

La tercera novela sigue en proceso. Diez folios de estructura y organización llevo, ubicando todos los elementos policíacos que necesito. O eso creo haber conseguido, ya veremos. A falta de un par de vueltas más, sobre todo de algunos detallines poco significativos del desenlace, continúo la miseria que llevo escrita (unas 4500 palabras). Lo curioso es que la trama negra se ha apoderado de la social. En principio, pretendía yo, pobre de mí, que la historia detectivesca fuera leve y secundaria. Sin embargo, al desarrollarla, para que no se quedaran hilos inconclusos, se dio la vuelta y ahora es la del barrio la que se me ha quedado más floja.

Confieso que el cambio fue tan paulatino, que no me percataba; solo iba resolviendo los flecos. Cuando caí en mi propia contradicción, me entró hasta apuro. Porque mi idea inicial era reivindicativa, como la del proyecto 2, y quizá con estas novedades mis intenciones críticas se disolvían demasiado. Qué horror. ¿Y si volvía a empezar todo desde el principio?

Finalmente, no sé si ha sido a base de trabajar la escaleta, o porque todo lo que se me ocurría para devolver lo social al primer término me resultaba un remedo demasiado repetitivo de la novela previa, me he decidido por esta nueva perspectiva. No solo porque puedo seguir siendo todo lo crítica que me parezca, el género lo admite todo, es que me ilusiona. Me he dado cuenta de que merece la pena la experiencia. He leído mucho de detectives, desde Agatha Christie hasta Lorenzo Silva. Y me gusta, ¿por qué no intentarlo? Por supuesto que no lo domino, es la primera vez. Pero eso lo convierte también en un reto que me motiva. Y divertirse en esta tarea larga de escribir una novela, de meses, es el requisito primero para tener el éxito de terminarla.