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Alicante

Unos pocos días fuera sirven para desconectar. Muchísimo. Solo han sido cuatro, pero hemos vuelto a casa como si hubiéramos estado ausentes una quincena. Renovados. Así de subjetivo es a veces el sentido del tiempo.

Me gustó pasear las calles, el faro, los comercios, las playas y el puerto. Algo menos la panzada a limpiar que me di sin ton ni son. Después de muchos meses sin ir no me quedaba más remedio. Aunque, bien está. Hecho.

De nuevo en casa intento recuperar los proyectos creativos que dejé a medio gas. Mañana ya estaré al día. Un poco de presión entre ayer y hoy, pero ha merecido la pena.

JC ha vuelto al trabajo presencial. Le echo en falta, pero no me quejo. Los meses que pudimos compartir fueron estupendos. Que nos quiten lo bailao. Y nunca mejor dicho, porque en el confinamiento aprendimos un poco. Los pasos más sencillos del bolero.Y menudas risas mientras practicábamos. Eso se queda ya para nuestro haber personal.

Me voy a cocinar, que JC llega ya pronto y tengo clase en la FCPJH dentro de un rato. Hasta luego.

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Lunes 21 de septiembre de 2020

El Jerte y Plasencia, con visita a una cuarta parte de mis orígenes (mi abuelo materno). La Vera, Monfragüe y Yuste. Mérida. Trujillo y Guadalupe. Cáceres. Unos días de visitas culturales y desconexión han terminado con una reentrada en una realidad aún más amarga que la que dejamos. Madrid está sumida en el caos, como nos temíamos desde junio, en cuanto los neo-con volvieron a asumir el mando. Y siguen con la táctica de no mejorar la sanidad y buscar culpables que lo disimulen. Primero tenía que ser Barajas. Luego la irresponsabilidad de los jóvenes. Después las malas costumbres de los trabajadores inmigrantes. Ahora ya son barrios enteros, curiosamente los más humildes.

Yo pensaba que al menos los datos serían verdad, que esos barrios más poblados, con malísimos servicios sanitarios, que se desplazan en un transporte público de aglomeraciones, serían los más castigados por los contagios. Pero resulta que otros lugares con cifras parecidas se libran de esos confinamientos selectivos.

«El centro de Madrid, con zonas básicas de salud como Alameda con 827 de incidencia acumulada, Lavapiés con 1.185 o Cortes con 713, ha quedado libre de restricciones mientras otras como la de Francia en Fuenlabrada han sido confinadas con una afectación de 661. La zona básica de salud de Montesa, donde acaba la calle Ortega y Gasset, la milla de oro madrileña con las tiendas más elitistas de la capital, ha quedado libre de restricciones a pesar de superar a la zona fuenlabreña más humilde. Un confinamiento selectivo y muy bien dirigido destinado a asegurar mano de obra a los más ricos. «

Antonio Maestre en eldiario.es

La receta de destrucción de lo público está demostrando su filo letal. Tanto como el virus. Y en estas circunstancias, ponerme a escribir sobre monumentos, y paisajes y nuestras pequeñas vacaciones, me parece una frivolidad imperdonable.

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Martes 1 de octubre

En casa, por fin, totalmente desubicada, escribo a las siete de la mañana, cuando JC acaba de irse al trabajo. Ayer viajamos desde Coimbra hasta acá. Nos llevó sus buenas cinco horas. Estuvimos luego con G, que se pasó a vernos después de su jornada laboral. Estupendo, le echábamos en falta. Y él a nosotros.

He dormido como una piedra en esta cama tan buena, apenas consigo despejarme, todavía me envuelven las nieblas del sueño y las sensaciones de los distintos lugares en los que hemos estado. El valle del Coa, Guimarães, Oporto y Coimbra siguen pegados a mí.

Pero tengo tareas para hoy. Ya he pagado el curso de Photoshop, debo hacer lo mismo con mi hosting, comprobar si sale el curso de narrativa de EdE y ponerme al día con otras mil obligaciones. Entre otras, escribir.

Lo que me sigue alucinando es que no tengo que ir al instituto. Todavía me emociona y sorprende a la vez. Y as, a lo tonto, resulta que llevo 93 días seguidos escribiendo en esta bitácora. Es la leche en escabeche.

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Lunes 30 de septiembre

Pues ya está, se acaban el mes y las vacaciones. Son las seis y media, una hora menos en Portugal, y es la última mañana en Coimbra. Enseguida nos pondremos en marcha para volver a casa.

Casa. Casita. Si son buenas las vacaciones, el regreso también es una gozada. Por lo menos para mí. Me apetece mucho disfrutar de nuevo de mi cama, mis libros, mi vida corriente. Tengo esperándome las clases de costura, de photoshop, de narrativa (espero) y el gusto enorme de terminar mi novela. Muy cerca estoy ya. También están a la vuelta de la esquina otras experiencias difíciles, como la enfermedad de J. Iremos llevándolas como buenamente podamos.

Ayer aquí fue un domingo tranquilo, con una mañana entera en el parque infantil de los pequenhitos, que disfruté como si fuera la niña de hace cincuenta años. La tarde de paseos y música callejera nos despidió con la canción de Elvis que nos recuerda siempre a Rodrigo, I can’t help falling in love. Con ella y el corazón caldeado de esperanza nos subimos a este apartamento y cenamos un guiso de bacalao por última vez.

Nos vamos a casita, qué bien.

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Domingo 29 de septiembre

Último día en Coimbra, último día también de vacaciones, empiezo malamente porque he dormido mal. Ayer volvió la ansiedad y me costó coger el sueño. Hoy me despierto abotargada y macilenta, con los pelos revueltos por estas almohadas tan blandurrias que tenemos y el miedo rondando mi alma otra vez.

Pero hay que seguir y hoy toca cruzar al otro lado del río, pues ya tenemos toda esta zona centro explorada. Ayer visitamos la zona alta, con cuestas tremendas, aunque nunca tan largas como las de Oporto, menos mal que hacía fresquito.

Estuvo bien ver los edificios universitarios, los gabinetes de química, de física y de ciencias naturales, con sus aulas de graderías, el gran patio de las escuelas, el Palacio, la capilla y la biblioteca ioanina, que fue lo que más me emocionó. Había salido un sol brillante que hacía lucir los monumentos en todo su esplendor, pero se fue volviendo tórrido y llegamos a unos 26 grados que nos impelieron a refugiarnos en casa.

Por la tarde, ya superado el calorazo, volvimos a subir, aunque esta vez para pasear un jardín botánico tan dieciochesco como el de Madrid, aunque con otras hechuras y árboles. Nos impresionaron algunos ejemplares gigantes de liquidambar, pero muy en especial un extenso bosque de bambues.

Lo cierto es que quisimos quedarnos un día más aquí para evitar entrar en Madrid un domingo por la tarde, con todo el mogollón de tráfico de fin de semana. Pero, como siempre, nos empiezan a entrar las ansias de volver, aunque en la supuesta normalidad del día a día haya asuntos difíciles de sobrellevar.

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Sábado 28 de septiembre

Amanecemos hoy en Coimbra, en un bonito y recién reformado apartamento, en lo alto de una larga y estrecha escalera, que me hace dudar si estamos en Portugal o en Ámsterdam.

Como en Oporto, hemos dejado el coche en un parking y vamos andando a todas partes. Ayer apenas salimos de exploración y de compras, después de unos cientos de kilómetros desde Oporto y habiendo pasado por Aveiro. No hubo manera de ver ese pueblito, su canal y sus góndolas excepto desde el coche. Pero nos acercamos después a la cercana Playa de Costa Nova, donde las casas imitaban la decoración rayada de las antiguas casetas de principios del XX y nos tomamos allí un chisme. La paradoja de «un té de melisa» según la camarera. Jajajajaja.

Nos quedaremos en esta ubicación hasta el lunes. No sé cuánto más nos alcanzará esta ciudad universitaria, de callejas estrechas y vidilla provinciana. Aquí dos días completos tal vez sea excesivo, pero nos lo tomaremos con calma, disfrutando cada palmo, porque ya son las últimas jornadas de vacaciones.

Parece que llevamos dos semanas fuera, o más, ese es el poder regenerativo de salir de casa. A cambio, sin haberlo previsto, tenemos a G solito en la suya y a mi hermana en Alicante, rehaciendo su hogar de allí mientras se queda en el nuestro. De haberlo sabido con anterioridad, algo habríamos previsto, pero bueno, gracias a estos teléfonos que todo lo hacen posible, estamos en contacto.

90 días seguidos escribiendo marcan el ritmo y el tiempo que llevo desde mi despedida laboral. No sé a qué récord llegaré, no me propongo ninguno. Solo contaré cuando tenga algo que decir. El quid de la cuestión está, supongo, en que en estos tres meses todo me resulta novedoso y como no termino de hacer rutina todo me parece interesante y lo anoto.

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Viernes 27 de septiembre

El castillo del queso

Cuando ayer volvimos a nuestro apartamento después de recorrer al completo las dos rutas del autobús turístico elegido, una por la mañana y otra por la tarde, pude tener una idea más completa de Oporto.

La ciudad me sigue pareciendo ruidosa y caótica. Supongo que esa es una parte de su encanto. Veo muchos edificios bonitos, azulejados, entre ciertos monumentos históricos, pero también otros tantos cochambrosos, viejos, sucios, abandonados o incluso ruinosos. La zona vieja fue hermosa y reluciente hace un siglo, pero ahora está muy deteriorada. Y aunque se ven obras de rehabilitación por todas partes, que son parte del ruido, el polvo y más complicaciones de tráfico, todavía le falta mucho para recuperar su antiguo esplendor.

Me parecieron curiosas las costumbres de vestuario estudiantiles, todos de negro y con capa, y las extrañas numeraciones de las calles. Investigaré más al respecto. Hoy ya nos vamos a Coimbra y en breve volveremos a casa. Siempre la echo de menos, aunque lo estemos pasando bien.

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Jueves 26 de septiembre

Amanezco en Oporto, a mi hora de siempre, en un nuevo apartamento, luminoso y amplio, que da a la calle principal con tres enormes ventanales. No hay ruidos, al menos todavía, aunque estamos al pie de una zona peatonalizada llena de tiendas.

Empiezo a sentir el paso de algún vehículo. Las calzadas y las aceras de todas las ciudades portuguesas que hemos visitado son adoquinadas, lo que aumenta el ruido del tráfico y la incomodidad de la marcha a pie. Menos mal que tengo mis botitas kickers, tan todoterreno, que me salvan.

Llegamos ayer, dejamos el coche en un parking recomendado por Luis, el encargado del apartamento, hicimos una compra en un supermercado próximo y comimos inmediatamente después para poder salir enseguida a descubrir la ciudad.

No contábamos con que haría tanto calor, las pendientes empinadas e incómodas, el gentío, el enorme ruido… Me sentí desencantada con una ciudad sucia y desagradable. El muelle plagado de bullicio, música y algarabía me resultó incómodo y la caminata posterior, cuesta arriba, por calles polvorientas en obras, de tráfico agobiante y bajo un sol inclemente terminaron de destrozar mi ánimo.

Tuvimos que descansar a la sombra un rato para poder visitar la estación de San Bento, azulejada y plena de viajeros y de turistas a la vez. Me congracié un poco con la ciudad luego, en la explanada de la catedral, y más aún cuando pude echar una cabezadita sentada bajo el pelourinho. Sí, tan agotada estaba que me dormí unos minutos, con la cabeza en el hombro de JC.

Eso y una botellita de agua me dieron las energías suficientes para volver a casa. Aunque, como el día previo, terminé yéndome a dormir muy temprano. Hoy no sé si seré capaz de tanto esfuerzo. Creo que pagaremos un bus turístico para que nos pasee por las zonas más interesantes sin tener que hacer tales esfuerzos andariegos.

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Miércoles 25 de septiembre

A mitad de las vacaciones, constato al escribir la fecha que hoy es el aniversario de la muerte de mi padre. Catorce años hace ya. Ojalá estuvieran con nosotros todos los seres queridos que nos faltan. No me pongo exagerada, comprendo que para los abuelos sería difícil, pues tendrían más de ciento diez años, aunque ya haya bastantes centenarios dando guerra. No sería tan raro en mis padres, que rondarían los noventa y uno y los ochenta y ocho, muy mayores, vale, pero habría sido bastante posible, ahí está la tía S demostrándolo. Y qué decir de los treinta y seis de Rodrigo sin llegar al llanto, ay.

En fin, no quiero ponerme triste, así que paso a mi crónica de viaje y señalo que el día de ayer estuvimos todo el tiempo en esta ciudad de Guimarães. Conseguimos una entrada conjunta para el castillo y el Palacio de los duques de Braganza, que creo que se escribe con una cedilla que no encuentro en el teclado del móvil.

Ambas visitas nos gustaron mucho. El castillo parecía de juguete, de tan pequeño, pero bien cuidado, con pasarelas de madera con buenas barandillas en todas sus zonas visitables. El Palacio no se parecía a ningún otro que yo haya visitado. Dicen los expertos que tiene influjo normando o borgoñés. Me parecieron muy significativas sus numerosas chimeneas y la superafilada cubierta a dos aguas de la entrada a la capilla. El interior era rico en muebles y cerámicas, aunque lo más llamativo para mí fueron los intrincados artesonados de madera, que recordaban la estructura de un barco.

Quiero dejar por escrito también la gustosa sensación de tranquilidad de esta última jornada aquí, que resultó serena, paseadora, lluviosa y dulce. Ojalá las próximas sean parecidas. Porque hoy nos vamos a Oporto y me temo que todo será menos tranquilo. Sin embargo, el viaje debe continuar. Aquí ya no haríamos nada nuevo. Vuelven la exploración y el descubrimiento. A por ellos.

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Martes 24 de septiembre

Bom Jesú en Braga

Seguimos muy contentos en Guimarães, el colchón es comodísimo y el apartamento también. Además, excepto en domingo, que nos costó un poco, es sencillo aparcar justo delante de la casa.

Ayer nos pateamos Braga, la ciudad vieja, que no estaba mal pero no me parecía merecer el viaje y las complicaciones del tráfico sufridas, pero cambié de opinión en cuanto llegamos a El Bom Jesú. Es un lugar muy arbolado, lleno de templetes, jardines y macizos, pero lo más llamativo son sus escalinatas dobles, nueve en total, y el funicular del XIX que ayuda a salvarlas a los menos preparados o arriesgados físicamente. Ese lugar era mágico y me encantó.

Luego, ya puestos, nos acercamos hasta el mar, a Viana do Castelo, cuyo castillo, una fortificación artillera, nos recorrimos muy felices sin toparnos con nadie, ni siquiera los que pueblan la escuela de hostelería en que se han convertido sus dependencias interiores.

Al final el día fue un poco más paliza de lo previsto, pues por la tarde también caminamos mucho aquí en Guimarães. A la vuelta, cuesta arriba, hasta nuestra ubicación junto al castillo, nos dimos cuenta de pronto de que estábamos bastante más agotaditos de lo esperado.

Pero tuvimos un clima estupendo y había que aprovecharlo, ya que las previsiones para hoy son de mucha lluvia. Por eso andaremos por aquí cerca, visitando el interior del castillo y del palacio de los duques de Braganza.

Parece que llevamos fuera una semana y son apenas tres días. Es lo bueno de romper el ritmo habitual. Todavía me sorprende estar así, vacacionando en pleno curso. Sobre las cinco y media, hora local, se veía aquí por todas partes a chavales con mochilas. Su aspecto de secundaria o bachillerato, vamos, como mis alumnos, me hacía recapacitar de nuevo sobre mi nueva situación.

Y ahora que escribo me doy cuenta de que es la hora de entrada y de empezar la primera clase. Sin embargo, aquí estoy, a unos cientos de kilómetros, de vacaciones otoñales, tecleando en mi móvil, todavía en pijama, arropada y feliz entre las sábanas. Qué suerte.

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Lunes 23 de septiembre

Castillo de Guimaraes

Ayer llegamos a Guimarães, una ciudad encantadora, que me recuerda un poco a Santiago, o a Lugo, por sus casas de piedra y sus ventanales. No obstante, por supuesto, tiene su propia personalidad. Es tan mona y recogida que nos pateamos el centro histórico con verdadero agrado. Aunque he de decir que, sobre todo, el conjunto arquitectónico de castillo, palacio y ermita, pues está justo al lado de donde nos hospedamos. Seguramente será el lugar de darnos paseos también las próximas dos tardes-noches que tenemos previstas aquí.

El apartamento está puesto con gusto y resulta muy cómodo en espacios y facilidad de movimiento. También en cuanto al sofá, la cama o las almohadas. Es muy moderno, aunque está ubicado en una casa antigua, con muros gruesos e imponentes sillares. Ha sido un gran acierto.

En cuanto al clima, nos movemos en un continuo cambio, con rachas de sol ardiente, casi de verano, y otras de viento fresco otoñal, de esas que te pillan de sorpresa y te dejan heladito. Hoy noto la garganta resentida, posiblemente porque la camiseta que llevé ayer, aunque de manga larga, tiene un escote redondeado demasiado bajo. Así que haré uso de los pañuelos y fulares que me traje en buena previsión. Y me pondré algo más recogido alrededor del cuello.

Aprovecharemos el tiempo de hoy para visitar Braga, una ciudad cercana, porque para mañana se anuncian muchas lluvias. Y ya veremos qué hacer el miércoles pasado por agua que nos espera.