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Jueves 26 de septiembre

Amanezco en Oporto, a mi hora de siempre, en un nuevo apartamento, luminoso y amplio, que da a la calle principal con tres enormes ventanales. No hay ruidos, al menos todavía, aunque estamos al pie de una zona peatonalizada llena de tiendas.

Empiezo a sentir el paso de algún vehículo. Las calzadas y las aceras de todas las ciudades portuguesas que hemos visitado son adoquinadas, lo que aumenta el ruido del tráfico y la incomodidad de la marcha a pie. Menos mal que tengo mis botitas kickers, tan todoterreno, que me salvan.

Llegamos ayer, dejamos el coche en un parking recomendado por Luis, el encargado del apartamento, hicimos una compra en un supermercado próximo y comimos inmediatamente después para poder salir enseguida a descubrir la ciudad.

No contábamos con que haría tanto calor, las pendientes empinadas e incómodas, el gentío, el enorme ruido… Me sentí desencantada con una ciudad sucia y desagradable. El muelle plagado de bullicio, música y algarabía me resultó incómodo y la caminata posterior, cuesta arriba, por calles polvorientas en obras, de tráfico agobiante y bajo un sol inclemente terminaron de destrozar mi ánimo.

Tuvimos que descansar a la sombra un rato para poder visitar la estación de San Bento, azulejada y plena de viajeros y de turistas a la vez. Me congracié un poco con la ciudad luego, en la explanada de la catedral, y más aún cuando pude echar una cabezadita sentada bajo el pelourinho. Sí, tan agotada estaba que me dormí unos minutos, con la cabeza en el hombro de JC.

Eso y una botellita de agua me dieron las energías suficientes para volver a casa. Aunque, como el día previo, terminé yéndome a dormir muy temprano. Hoy no sé si seré capaz de tanto esfuerzo. Creo que pagaremos un bus turístico para que nos pasee por las zonas más interesantes sin tener que hacer tales esfuerzos andariegos.