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Sábado 28 de septiembre

Amanecemos hoy en Coimbra, en un bonito y recién reformado apartamento, en lo alto de una larga y estrecha escalera, que me hace dudar si estamos en Portugal o en Ámsterdam.

Como en Oporto, hemos dejado el coche en un parking y vamos andando a todas partes. Ayer apenas salimos de exploración y de compras, después de unos cientos de kilómetros desde Oporto y habiendo pasado por Aveiro. No hubo manera de ver ese pueblito, su canal y sus góndolas excepto desde el coche. Pero nos acercamos después a la cercana Playa de Costa Nova, donde las casas imitaban la decoración rayada de las antiguas casetas de principios del XX y nos tomamos allí un chisme. La paradoja de «un té de melisa» según la camarera. Jajajajaja.

Nos quedaremos en esta ubicación hasta el lunes. No sé cuánto más nos alcanzará esta ciudad universitaria, de callejas estrechas y vidilla provinciana. Aquí dos días completos tal vez sea excesivo, pero nos lo tomaremos con calma, disfrutando cada palmo, porque ya son las últimas jornadas de vacaciones.

Parece que llevamos dos semanas fuera, o más, ese es el poder regenerativo de salir de casa. A cambio, sin haberlo previsto, tenemos a G solito en la suya y a mi hermana en Alicante, rehaciendo su hogar de allí mientras se queda en el nuestro. De haberlo sabido con anterioridad, algo habríamos previsto, pero bueno, gracias a estos teléfonos que todo lo hacen posible, estamos en contacto.

90 días seguidos escribiendo marcan el ritmo y el tiempo que llevo desde mi despedida laboral. No sé a qué récord llegaré, no me propongo ninguno. Solo contaré cuando tenga algo que decir. El quid de la cuestión está, supongo, en que en estos tres meses todo me resulta novedoso y como no termino de hacer rutina todo me parece interesante y lo anoto.