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Domingo 29 de septiembre

Último día en Coimbra, último día también de vacaciones, empiezo malamente porque he dormido mal. Ayer volvió la ansiedad y me costó coger el sueño. Hoy me despierto abotargada y macilenta, con los pelos revueltos por estas almohadas tan blandurrias que tenemos y el miedo rondando mi alma otra vez.

Pero hay que seguir y hoy toca cruzar al otro lado del río, pues ya tenemos toda esta zona centro explorada. Ayer visitamos la zona alta, con cuestas tremendas, aunque nunca tan largas como las de Oporto, menos mal que hacía fresquito.

Estuvo bien ver los edificios universitarios, los gabinetes de química, de física y de ciencias naturales, con sus aulas de graderías, el gran patio de las escuelas, el Palacio, la capilla y la biblioteca ioanina, que fue lo que más me emocionó. Había salido un sol brillante que hacía lucir los monumentos en todo su esplendor, pero se fue volviendo tórrido y llegamos a unos 26 grados que nos impelieron a refugiarnos en casa.

Por la tarde, ya superado el calorazo, volvimos a subir, aunque esta vez para pasear un jardín botánico tan dieciochesco como el de Madrid, aunque con otras hechuras y árboles. Nos impresionaron algunos ejemplares gigantes de liquidambar, pero muy en especial un extenso bosque de bambues.

Lo cierto es que quisimos quedarnos un día más aquí para evitar entrar en Madrid un domingo por la tarde, con todo el mogollón de tráfico de fin de semana. Pero, como siempre, nos empiezan a entrar las ansias de volver, aunque en la supuesta normalidad del día a día haya asuntos difíciles de sobrellevar.