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Domingo 22 de septiembre

Son las seis y media en España, mi hora habitual de despertar, pero aquí, en Portugal, es una menos. El móvil la marca bien, pero he dejado el reloj de muñeca anclado en la española, porque es la de mi organismo y me ayuda a entenderme.

Grabado en el Coa

Estamos en el valle del Coa solo por esta noche, y por los pelos hemos conseguido ver algunos de los grabados prehistóricos que lo caracterizan y que nos indujeron a llegarnos hasta aquí. Fue ayer por la tarde, tras una lluvia copiosa que nos hizo temer que se suspendiera la excursión y que finalmente remitió justo cuando empezábamos a ver la primera piedra.

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Sábado 21 de septiembre

Escribir la fecha de cada día aquí es una forma de no perder el sentido del tiempo, ya que no tengo que rellenar documentos como antes, ni hay puntos de referencia obligatorios que me mantengan lúcida en ese sentido. En mi clase solía apuntar la fecha en la pizarra, justo arriba a la derecha. Esta es mi pizarra virtual a ese respecto.

Son las siete y media, tenemos una DANA dando vueltas por la península y salimos de viaje en un par de horas. Van a ser las primeras vacaciones otoñales de nuestras vidas y prometen ser lluviosas. No hay término medio, por lo que veo. En julio nos acompañó un calor extenuante y el agua será ahora nuestro referente climático.

Sigo sumida en sensaciones de extrañeza. Paso junto al instituto cada día y me sorprende ver vacío el sitio donde solía yo aparcar. Somos animales de costumbres, cada quien lo hace en su lugar habitual y no ha llegado ningún profe nuevo que necesite el que yo usaba, por lo que parece.

Voy de paseo, a la compra o a mis clases de costura en pleno horario laboral. Imagino qué sucede dentro, las clases, los ruidos, las luchas, el cansancio… Es un privilegio poder verlo desde fuera y saberme libre de tantas obligaciones. Pero a la vez me resulta raro. Todavía no me acostumbro.

Voy a darme una ducha y a organizar los últimos preparativos. Mi novela sigue sin terminar, aunque le queda un poquito menos porque ayer le di un buen empujón. Espero tener la mente despejada y feliz a la vuelta.

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Happy aniversary volviendo a casa

No son todavía las ocho, en un ratito recogemos y nos vamos. Luce el sol y el termómetro de la farmacia de la esquina marca 17 grados. Sopla siempre una brisa marina fresca, a veces realmente fuerte.

Hoy hace 37 años de nuestra boda. Llevamos juntos, entonces, más de la mitad de nuestras vidas. Muchas cosas hemos experimentado JC y yo. Algunas terribles, como el asesinato de Rodrigo. Esta fecha nos recuerda siempre nuestras esperanzadas y animosas expectativas juveniles de 1982. Seguimos andando de la mano este camino vital, hasta donde nos lleve.

Pero hoy es también el día del regreso. Me apetece ya volver a casa, aunque voy a echar mucho en falta este fresco que permite pasear en cualquier momento. En Madrid hay que echarle valor para salir. O esperar horas menos duras, y nunca lo suficientemente frías, enclaustrado en casa. O moverse de un agujero refrigerado a otro, con un coche también refrigerado, por supuesto.

Han sido dos semanas de vacaciones estupendas. No habrá más hasta mucho más adelante. A ver qué tal encajo todo ese tiempo en casa.

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Décimo cuarto y último día de vacaciones

Como casi todas las mañanas desde que estamos aquí, hemos ido a la playa de San Lorenzo. Resulta una gozada tenerla tan cerca y poder acercarnos en chanclas, sin más estorbo que la poca ropa que se pone uno encima del bañador. Algo empieza a notarse en nuestra piel tanta exposición al sol y al viento: un cierto colorcito dorado, aunque usamos protectores muy altos.

El apartamento fue una buena elección. Está muy céntrico y nos permite disfrutar de los edificios de principios del XX que conforman el barrio. De ellos he tomado imágenes varias, como la que empieza mi texto de hoy y algún post anterior más.

En cada paseo descubrimos nuevos edificios, por cierto todos muy interesantes y con su propia personalidad. La mayoría tienen en común el gusto por las balconadas cerradas, tipo galería, muy típico de la cornisa cantábrica, y que hemos visto y comprobado desde Galicia hasta el País Vasco.

De una galería tradicional disfrutamos nosotros también en este nuestro refugio provisional gijonés. Ahora mismo JC está leyendo en ella, sentado frente a mí, en un sillón de orejas de lo más cómodo.

Hoy no tenemos más plan que vagabundear por las calles, subir y bajar por el paseo marítimo y volver a contemplar la playa cuando se enciendan las farolas y la iglesia de San Pedro se ilumine. Aprovecharemos el clima fresquito, pues en casa nos esperan semanas de aire acondicionado y olas de calor.

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Rosa Montero y John Connolly

La tarde del sábado en la Semana Negra, con chaparrón incluido, fue muy especial porque las palabras de Rosa Montero y John Connolly también lo fueron.

La periodista manejó con soltura sus cuarenta y cinco minutos hablando de los temas subyacentes a su serie sobre Bruna Hasky. Después de otros ponentes de verbo poco fluido, escucharla fue un placer. Lástima de cabezones delante de mí que me dificultaban ver su cara.

En cuanto al escritor irlandés, la sorpresa estuvo en que habló en español. No tuvieron que traducirle. Y aunque a veces costaba seguirle, por el acento y porque la carpa tenía un ruido de charleta de mil demonios, resultó mucho más llevadero que una traducción simultánea. También él habló sobre sus temas y obsesiones como escritor.

Un éxito de tarde, la verdad. Nos fuimos cuando llegaba Juan Carlos Monedero, con la ciudad renovada y fresca tras la lluvia.

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Día 13 y penúltimo

Seguimos en Gijón. Sábado y domingo nos los tememos aún más abigarrados. Hay mucho gentío porque luce un sol espléndido desde el martes y todo el mundo se ha lanzado a la playa y a la calle para aprovecharlo.

Sin embargo, sopla una brisa fresca deliciosa y la temperatura ambiente oscila siempre entre 20 y 21 grados, que es una auténtica maravilla. A pleno sol puede ser que suba hasta los 24, pero tal cosa no es un problema. Y menos para nosotros. Eso sí, las gabardinas siguen en la maleta, sin usar. Jajajajaja.

Miro las previsiones meteorologicas y compruebo que hoy se anuncian nubes, ya no el sol radiante de los últimos días, incluso algún chaparrón. A JC y a mí nos encanta este clima cambiante. Supongo que porque no tenemos que vivirlo todo el tiempo.

El lunes, de vuelta en casa, me acordaré de estas temperaturas con nostalgia, segurísimo.

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Día 12: sigue luciendo el sol

Gijón

Aunque hemos traído gabardinas y mangas largas, lo que usamos es más veraniego. El domingo y el lunes estuvieron nublados, pero desde el martes se encadenan cuatro jornadas de playa y cielos descubiertos. Hoy, también.

Hemos quedado a comer con Monchu y Cristina. Y a las siete tengo la entrevista para Radio FAYCAN. Otro día completo en el que no faltarán paseos como mínimo por la playa de San Lorenzo.

Mañana me gustaría ver a Rosa Montero y a John Connolly en la Semana Negra. Estará hasta los topes, segurísimo, pero al menos intentarlo.

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Día 11: en busca de calma

Después de un día movido, de gentío y ruido, me doy cuenta de que me asalta enseguida el agobio. Hoy será más zen.

Lo necesito.

Tecleo en el móvil mientras escucho el agudo chillido característico de una gaviota reidora. Pasan coches bajo el ventanal abierto a la brisa y el fresquito. Doy unos sorbos a mi té helado y me planteo unas tostadas para desayunar.

Todavía siento los párpados cargados de sueño, son las ocho, empieza un nuevo día.

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Día 10: comida y Semana Negra

Hoy hemos recorrido la playa de San Lorenzo tres veces, hemos comido con Monchu y amigas encantadoras y finalmente nos acercamos en taxi de nuevo a escuchar a Nicolás Sartorius en la Semana Negra.

De regreso, a pie, empecé a acusar un cierto cansancio. Y eso que no me quité las playeras feas en todo el día.

La Nueva España me hizo una entrevista que han rebotado otras publicaciones del mismo grupo empresarial y de resultas el viernes me entrevistan desde una radio Canaria.

También escribieron una reseña estupenda en el periódico de la SN. Ya las subiré aquí cuando tenga mejor conexión.

Y finalmente he contactado con más personas que pueden conseguir nuevas presentaciones en los próximos meses. Siempre gracias a Moncho.

Así que volveremos cuando sea necesario. Por Rodrigo y la memoria digna de lo sucedido.

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Día 9: mar, sol y más Semana Negra

La escalerona

Por la mañana paseamos desde la Escalerona hasta el final de la playa de San Lorenzo. Embadurnados con crema solar de protección 50 estuvimos una hora bajo el sol, que por fin salió, y una brisa muy agradable. Qué curioso. Nada de calor insoportable, nada de cabeza ardiente o de arena que quema. No estoy acostumbrada al clima de estas latitudes y me sorprendo, pero me encanta.

Por la tarde hicimos una pequeña compra en el Alimerka cercano. Estos días gijonenses le estoy dando demasiadas oportunidades al pan y me temo lo peor. Aunque caminamos muchísimo, no sé yo si lo suficiente para que no me engorde. ¡Pero es que me gusta tanto!

El segundo paseo fue ir otra vez a la Semana Negra, donde escuchamos a Pepe Gálvez hablar de su nueva novela gráfica. Nos la dedicó.

Así que cuatro o cinco kilómetros sí hemos hecho. Me pongo las playeras y me mimetizo con los de aquí, que parece que trotan sin descanso de una punta a otra de la ciudad.

Y ni se me ocurre quejarme. Están siendo unas bonitas vacaciones.

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En la Semana Negra

Quién me iba a decir a mí que un día hablaría yo en la carpa grande, la del Encuentro, en la Semana Negra.

Ayer lo hice. Y creo que resultó todo fluido y natural. Estuve la media hora pertinente conversando con Pepe Gálvez, un tiempo corto que me pareció un suspiro brevísimo. Pero así de rápido van las cosas aquí: una presentación detrás de otra, en tres carpas simultáneas, todas las tardes.

Pepe Gálvez escribió el guión de una novela gráfica sobre los hechos ocurridos el 11m basada en la sentencia de la Audiencia Nacional. Era quien tenía que acompañarme en el escenario y nos conocimos y charlamos apenas quince minutos antes de la presentación. Pero conectamos muy bien. Y todo se desarrolló estupendamente.

Me presentó con dos frases escuetas para darme el máximo espacio. Respondí sus preguntas. Añadí lo que me pareció más interesante o adecuado, según veía las caras de los asistentes. Y de pronto ya era el momento de acabar.

Subían otros ponentes mientras yo me acercaba al puesto de la Campana, donde hablé un poco con los que me pedían dedicatorias y firmé unas decenas de libros. Hago mención especial de los amigos de Monchu, que llenaron la carpa y la fila de demandantes de firmas. También de dos auxiliares de enfermería del Gregorio Marañón que vivieron las emergencias de aquel jueves maldito y estaban en la Semana Negra de casualidad, pasando las vacaciones y muy impactadas por la coincidencia. Les conté que nosotros también buscamos a Rodrigo en aquel hospital, sin éxito, durante las primeras horas de desconcierto. Nos dimos un abrazo.

Luego, cómo no, marchamos a tomar algo con Monchu y otros amigos del gremio docente. Y nos contamos anécdotas y hasta nos reímos, cosa que a mí me vino muy bien para descargar la tensión.

Llevaba un tiempo pensando en el asunto, incluso me asustaba un poco, pero en el momento todo fluye y simplemente se vive.

JC, que ha estado en casi todas las presentaciones, me comenta siempre que no hay dos iguales y que en cada una la información va tomando unos u otros derroteros de forma espontánea, aunque a él le sorprende eso que cree habilidad mía y yo pienso que responde más a las circunstancias de cada audiencia y del que me acompaña y pregunta.

En cada presentación, y esta no fue diferente, todos me alaban la templanza expositiva. No parezco nerviosa y puedo hablar de momentos terribles con serenidad. Pero lo cierto es que por dentro hay un esfuerzo emocional subterráneo que antes o después se manifiesta.

Así, llegados a nuestro apartamento, tomamos una cena rápida y yo comprendí que me salía entonces el nerviosismo subconsciente, que estaba más alterada de lo que había parecido a lo largo de la tarde.

Me costó un tiempo serenarme y dormir, incluso con la ayuda medicamentosa que mi doc me tiene prescrita para momentos así.

Yo ya tengo asumido que lo que debo hacer es no agobiarme y dejar que llegue la calma, así que leí más de una hora, hasta que por fin me alcanzó el sueño.

Hoy me he despertado lúcida y tranquila. He redactado estas líneas y me propongo bajar a la playa haga o no sol. Porque estamos junto al mar y hay que aprovechar las vacaciones.