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En la Semana Negra

Quién me iba a decir a mí que un día hablaría yo en la carpa grande, la del Encuentro, en la Semana Negra.

Ayer lo hice. Y creo que resultó todo fluido y natural. Estuve la media hora pertinente conversando con Pepe Gálvez, un tiempo corto que me pareció un suspiro brevísimo. Pero así de rápido van las cosas aquí: una presentación detrás de otra, en tres carpas simultáneas, todas las tardes.

Pepe Gálvez escribió el guión de una novela gráfica sobre los hechos ocurridos el 11m basada en la sentencia de la Audiencia Nacional. Era quien tenía que acompañarme en el escenario y nos conocimos y charlamos apenas quince minutos antes de la presentación. Pero conectamos muy bien. Y todo se desarrolló estupendamente.

Me presentó con dos frases escuetas para darme el máximo espacio. Respondí sus preguntas. Añadí lo que me pareció más interesante o adecuado, según veía las caras de los asistentes. Y de pronto ya era el momento de acabar.

Subían otros ponentes mientras yo me acercaba al puesto de la Campana, donde hablé un poco con los que me pedían dedicatorias y firmé unas decenas de libros. Hago mención especial de los amigos de Monchu, que llenaron la carpa y la fila de demandantes de firmas. También de dos auxiliares de enfermería del Gregorio Marañón que vivieron las emergencias de aquel jueves maldito y estaban en la Semana Negra de casualidad, pasando las vacaciones y muy impactadas por la coincidencia. Les conté que nosotros también buscamos a Rodrigo en aquel hospital, sin éxito, durante las primeras horas de desconcierto. Nos dimos un abrazo.

Luego, cómo no, marchamos a tomar algo con Monchu y otros amigos del gremio docente. Y nos contamos anécdotas y hasta nos reímos, cosa que a mí me vino muy bien para descargar la tensión.

Llevaba un tiempo pensando en el asunto, incluso me asustaba un poco, pero en el momento todo fluye y simplemente se vive.

JC, que ha estado en casi todas las presentaciones, me comenta siempre que no hay dos iguales y que en cada una la información va tomando unos u otros derroteros de forma espontánea, aunque a él le sorprende eso que cree habilidad mía y yo pienso que responde más a las circunstancias de cada audiencia y del que me acompaña y pregunta.

En cada presentación, y esta no fue diferente, todos me alaban la templanza expositiva. No parezco nerviosa y puedo hablar de momentos terribles con serenidad. Pero lo cierto es que por dentro hay un esfuerzo emocional subterráneo que antes o después se manifiesta.

Así, llegados a nuestro apartamento, tomamos una cena rápida y yo comprendí que me salía entonces el nerviosismo subconsciente, que estaba más alterada de lo que había parecido a lo largo de la tarde.

Me costó un tiempo serenarme y dormir, incluso con la ayuda medicamentosa que mi doc me tiene prescrita para momentos así.

Yo ya tengo asumido que lo que debo hacer es no agobiarme y dejar que llegue la calma, así que leí más de una hora, hasta que por fin me alcanzó el sueño.

Hoy me he despertado lúcida y tranquila. He redactado estas líneas y me propongo bajar a la playa haga o no sol. Porque estamos junto al mar y hay que aprovechar las vacaciones.