
Después de un día movido, de gentío y ruido, me doy cuenta de que me asalta enseguida el agobio. Hoy será más zen.
Lo necesito.
Tecleo en el móvil mientras escucho el agudo chillido característico de una gaviota reidora. Pasan coches bajo el ventanal abierto a la brisa y el fresquito. Doy unos sorbos a mi té helado y me planteo unas tostadas para desayunar.
Todavía siento los párpados cargados de sueño, son las ocho, empieza un nuevo día.