Publicado en reflexiones, viajes

Décimo cuarto y último día de vacaciones

Como casi todas las mañanas desde que estamos aquí, hemos ido a la playa de San Lorenzo. Resulta una gozada tenerla tan cerca y poder acercarnos en chanclas, sin más estorbo que la poca ropa que se pone uno encima del bañador. Algo empieza a notarse en nuestra piel tanta exposición al sol y al viento: un cierto colorcito dorado, aunque usamos protectores muy altos.

El apartamento fue una buena elección. Está muy céntrico y nos permite disfrutar de los edificios de principios del XX que conforman el barrio. De ellos he tomado imágenes varias, como la que empieza mi texto de hoy y algún post anterior más.

En cada paseo descubrimos nuevos edificios, por cierto todos muy interesantes y con su propia personalidad. La mayoría tienen en común el gusto por las balconadas cerradas, tipo galería, muy típico de la cornisa cantábrica, y que hemos visto y comprobado desde Galicia hasta el País Vasco.

De una galería tradicional disfrutamos nosotros también en este nuestro refugio provisional gijonés. Ahora mismo JC está leyendo en ella, sentado frente a mí, en un sillón de orejas de lo más cómodo.

Hoy no tenemos más plan que vagabundear por las calles, subir y bajar por el paseo marítimo y volver a contemplar la playa cuando se enciendan las farolas y la iglesia de San Pedro se ilumine. Aprovecharemos el clima fresquito, pues en casa nos esperan semanas de aire acondicionado y olas de calor.