El otoño a estas alturas de noviembre es ya muy tristón. G y B tienen sus vacaciones, se aproxima la Navidad con demasiadas (y dolorosas) sillas vacías, además de que la pandemia amenaza con una nueva ola. Somos muchos los vacunados, pero los irresponsables que pasan de todo viven a costa de la inmunidad que ha conseguido la mayoría respetuosa de las normas. Y no contentos con ello, protestan de las restricciones. Como si fuesen manías de los dirigentes. La estulticia del ser humano descorazona.
Sigo con mis tres cursos (algo baja de rendimiento, pero llegando a todo) y con el pestiño de la rehabilitación (constatando que no me recupero como creí que podría). Empiezo a temerme que la tenditinis se quedará y tendré que asumirla como achaque de mi edad y condición.
Sufro también una crisis de tristeza y desesperanza. Una mezcla de miedo (típico de mi estrés postraumático) junto con una fase de angustia existencial. Procuro no sumirme en el abismo, considerarla otra etapa de «noche oscura» como las que ya he vivido (padecido) antes.
Y voy tejiendo una red de posibles presentaciones para NINA. Quizá la COVID_19 dé al traste con todo, pero no se puede poner la venda antes de la herida. Si llega a suceder, ya veremos.
Volví a visitar a la oftalmóloga. Me ha revisado e insiste en que mi proceso es lento y no debería preocuparme. Sigo viendo mal, pero ya he encargado gafas nuevas. Supongo que con ellas mejorará la agudeza y, lo que más necesito, se rebajará el cansancio. Más me vale, porque ahora mismo estoy en pésimas condiciones para leer. Y lo echo de menos.
Cada tarde de lunes a viernes tengo media hora de rehabilitación. No ha quedado más remedio. Mi tendencia a tendinitis de siempre se convirtió en julio en una crisis aguda. Provocada por la actividad física que llevaba de la mano el régimen que empecé entonces. Después de unos meses sin mejoría, me tocó ir al traumatólogo. Un horror.
Algunos médicos, como la endocrina de la que hablaba, aplican el mismo patrón a todos. Y no personalizar los tratamientos pasa factura. Yo dejé el mío por esa lesión innecesaria y porque tampoco me iban bien los suplementos. Así que no adelgacé gran cosa, gasté dinero y energía, y me hice daño. Menudo planazo.
Pues eso, que tengo que salir cada tarde, un tostón, pero no me queda más remedio. Está afectado el supraespinoso, dicen, menudo nombrecito. De momento llevo dos sesiones y me duele menos dormir sobre ese lado, pero la rotación posterior empeora. Me han recetado quince sesiones, aún hay tiempo de recuperar movilidad, supongo. Si no fuera así, tocarían infiltraciones. Cruzo los dedos.
Y ya para reseñar mis aventuras escribidoras, esto es lo que hay: el teatro sigue soso, con una profe desustanciada y de poca implicación. Apenas comentamos un compañero y yo, así que todo resulta anodino, frío y triste.
La profe de la FCPJH se puso un tanto desagradable durante el último encuentro y es bastante mediocre. Sigo más por socializarme que por otra cosa.
Y en narrativa, continúo enfangada con los interrogatorios policiales, aunque empiezo a verles estructura y ritmo. No he avanzado apenas, pero sí he rehecho los tres últimos capítulos varias veces, hasta que más o menos me han parecido aceptables. Espero poder superar ya este bache.
Escribo de tarde en tarde, más que nada para no perder el hilo. Desde ayer llueve sin parar. Y un viento inclemente arranca las hermosas hojas que habían pintado el jardín con los tres colores otoñales. Se me cansan los ojos en el móvil, también en la tablet. Por eso he tenido que subir a la buhardilla, para redactar estas líneas en el ordenador. Y me pregunto si esto puede solucionarse con gafas o es que estoy empeorando con rapidez. Tengo consulta médica la próxima semana. Ya contaré.
Avanzo en mis tres cursos, con altibajos en todos. Ciertamente activan puntos distintos de mi corteza cerebral y además me divierto, así que objetivo conseguido. En algunos casos también me ayudan a re-establecer relaciones personales, asunto no baladí despues de tantos meses de aislamiento pandémico.
Lueve, llueve, llueve. Oigo las gotas golpear en el tejado, mientras también suenan las teclas de mi PC. Es agradable. No lo es tanto la bajada de temperaturas. Me abrigo con una sudadera. La verdad es que teníamos demasiado buen tiempo, pero ya llega el frío, como debe ser a finales de octubre.
Me siento dichosa y bendecida por disponer de tiempo, lucidez y enregía para actividades que durante mi vida laboral no pude permitirme. Me decía que las estaba postponiendo para más adelante, una arriesgada apuesta vital que, afortunadamente, incluso a pesar de mis dolencias visuales, ha resultado bien.
Por eso apunto este regalo de la vida con agradecimiento. Y sigo glosándola en estas entradas de blog.
Unos pocos días fuera sirven para desconectar. Muchísimo. Solo han sido cuatro, pero hemos vuelto a casa como si hubiéramos estado ausentes una quincena. Renovados. Así de subjetivo es a veces el sentido del tiempo.
Me gustó pasear las calles, el faro, los comercios, las playas y el puerto. Algo menos la panzada a limpiar que me di sin ton ni son. Después de muchos meses sin ir no me quedaba más remedio. Aunque, bien está. Hecho.
De nuevo en casa intento recuperar los proyectos creativos que dejé a medio gas. Mañana ya estaré al día. Un poco de presión entre ayer y hoy, pero ha merecido la pena.
JC ha vuelto al trabajo presencial. Le echo en falta, pero no me quejo. Los meses que pudimos compartir fueron estupendos. Que nos quiten lo bailao. Y nunca mejor dicho, porque en el confinamiento aprendimos un poco. Los pasos más sencillos del bolero.Y menudas risas mientras practicábamos. Eso se queda ya para nuestro haber personal.
Me voy a cocinar, que JC llega ya pronto y tengo clase en la FCPJH dentro de un rato. Hasta luego.
La segunda opinión de un segundo médico me ha dejado desconcertada.
El primero, muy joven, con menos experiencia clínica y más de publicaciones, me recomienda operar.
La segunda, bregada en sanidad pública además de privada, de cuarenta y tantos, me recomienda esperar. Dice que soy muy joven, que no tengo demasiada afectación y que mejor comprobar si el mal crece deprisa o despacio. Me fío más de la segunda, que me recomendó mi médico de familia. El de siempre, al que conocemos desde hace 30 años. A él le operó y todo fue muy bien.
Pensé que me ofrecería lo mismo, pero no. La doctora opina que yo soy mucho más joven, que mi proceso es lento, y que no voy a necesitar operación en años.
A no ser, me explicó, que lo que quiera es operarme para no tener que usar gafas. Y no es mi caso.
Me voy a dar un margen, con nuevas graduaciones . Curiosamente ha bajado la miopía. Y en unos meses compruebo la evolución y decido.
La reforma de G ha terminado. Ahora les toca ir rematando detalles, limpieza, esas minucias incómodas. Pero ha quedado bien, que es lo importante.
El teatro y la poesía siguen reguleras. El Taller de Proyectos pinta fenomenal. Hoy veo a otra oftalmóloga, por tener una segunda opinión, y poco más puedo ir contando. Que escribir tres géneros me descolocaría un poco ya lo imaginaba. Voy a seguir cuanto pueda. Creo que me esponja al ánimo y la creatividad. En lo que al Club de Lectura se refiere, corroboro que el que lo lleva es de una desfachatez homérica. Impone que compremos su segunda novela (tampoco es que sea un autor despampanante). Conmigo va de cráneo. Menudo jeta.
Después de un verano de ver mal de cerca y algo raro de lejos, por fin he conseguido ir al oftalmólogo y resulta que tengo cataratas. Como antes las tuvieron mi abuelo y mi madre. Qué horror de ruelta genética. Un asco.
La única solución es operar. Que sea antes o después depende de cómo evolucione. Pero el cansancio visual que me provoca es la causa de que no escriba por aquí, ni por otros medios, tanto como antes. Y desde luego, ya nunca desde el móvil o la tablet.
Me dicen que es un procedimiento habitual, ambulatorio, rápido y efectivo. Habrá que pasar por ello, qué remedio.
En cuanto a mis aficiones y el comienzo de curso, señalo que fui a la primera sesión del Taller de Poesía. Un presencial en la FCPJH muy bluf que espero, deseo muchísimo, que mejore. Ya veremos.
También hago constar que a finales de septiembre empecé el de teatro. Con la muerte de la tía Pepita no tuve ánimo para reseñarlo. Es en línea, con participantes silenciosos, profe novata y ejercicios muy poco prácticos. Intentaré aguantar hasta el final, aunque me temo que sabiendo que nunca será gran cosa, y que lo hago porque no hay mucho más donde elegir. Ojalá me equivoque.
El martes 5 voy a la biblioteca JLBorges a conocer en persona a todos los que apenas entreví por Zoom el curso pasado. Y a comenzar con ellos el Club de Lectura de este año. Contaré. Tampoco me hago grandes ilusiones.
Esa misma tarde, los de teatro tendremos videoconferencia para ponernos cara unos a otros. Andan emocionados, dicen, por la posibilidad. Es para lo único que participan. Yo, no tanto. Me fío más bien poquito de que la cosa vaya a mejor.
El miércoles coincidiré de nuevo con A en Proyectos Narrativos y mi B81. La novela alzanza las 40.000 palabras, y me vendrían bien compañeros de fatigas. Quiénes compartan ese breve espacio es una lotería. Siento que tengo que apostar por que vaya bien, como en los otros, pero solo puedo cruzar los dedos y esperar que la diosa Fortuna reparta la suerte necesaria.
Finalmente, apunto también una decisión que muchos podrían tachar de locura: dije que no a una editorial nueva que me proponía sacar B72 para esta campaña navideña. Me pareció precipitado. Eso, además, de que eran tan nuevos y se les notaba tan insistentes que quizás fuese coedición medio encubierta.
El caso es que todavía creo que puedo seguir promocionando NINA. Incluso el libro de Rodrigo. Además de que no me parece sensato abusar de nuevo de mis conocidos para que compren un nuevo título con tan pocos meses de diferencia.
Bien, esto es todo. Ya está el resumen de los últimos días terminado. Hasta la próxima 😉
Hoy empiezo el curso de escritura teatral que no salió en el verano. Parece que por fin sumamos alumnos suficientes. Es en línea y a distancia, algo frío, después haber probado las videoconferencias. Pero es.
Siguen adecuadamente la reforma y la convivencia renovada con G. Da pena ver la casa tan sucia y desmontada, pero así son las obras. Y no queda otra que hacerlas.
Escribo. Salgo poco. En breve procuraré relanzar la novela. A ver si salen cositas.
Llevamos tres días de obra y seis de septiembre con G haciéndonos compañía. Acabo de inscribirme en un curso de poesía y un club de lectura. Y como tengo otra reserva hecha desde junio para narrativa, me esperan actividades más que suficientes.
Las clases no empiezan hasta octubre, así que este mes solo me dedico a escribir mi tercera novela. La pobre va despacio, pero de forma constante.
Después de meses de aislamiento social, ayer se vino G a vivir aquí, con nosotros. Va a ser un mes, esperemos que no más, y mientras se reforma su casa.
B prefirió irse con su madre, aunque sabe que aquí tiene sitio siempre que quiera. En todo caso, para no estar mucho tiempo separados, piensan compartir los fines de semana. Harán salidas juntos, incluso viajes breves por los alrededores.
Es tempranísimo. Tengo el ritmo de sueño adelantado, como de monje. De forma que me duermo sobre las diez y me despierto entre las cuatro y las cinco. Como para rezar maitines, vamos 🙂 Ya que no consigo retomar el sueño, hago del defecto virtud y disfruto de la agradable temperatura que hay a estas horas. Es ya una rutina mía recorrer cada estancia abriendo ventanas. Y un placer comprobar cómo se refresca toda la casa
Hoy me muevo, procurando hacer menos ruido que nunca, porque G se ha instalado en el sótano, regresa hoy al curro y es de los que se desvelan fácilmente. Espero que esté cómodo. A los tres nos ilusionan estos días compartidos, pero ojalá la alegría inicial no se deteriore con las mil pequeñeces de la larga convivencia que nos espera.
Hago constar que somos prudentes y guardamos las debidas precauciones de mascarilla, porque G va y viene y se relaciona con varios grupos. Eso es lo único incómodo. A cambio, desde que llegó siento que trae con él energía nueva, que me anima. Anoche incluso me emocioné oyendo cómo charlaba con su padre. Ya andaba yo a punto de acostarme, en mi habitación, pero tenía la puerta abierta. Y escuchar sus dos voces, lejanas, abajo, en la cocina, me llevó un instante a los tiempos felices de antaño. Cuando Rodrigo aún estaba por aquí.
Son las seis. Ya leí el periódico. Y me bullen mil ideas para continuar con B81. Definitivamente, esta visita de G me ha animado mucho.
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