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Volví a visitar a la oftalmóloga. Me ha revisado e insiste en que mi proceso es lento y no debería preocuparme. Sigo viendo mal, pero ya he encargado gafas nuevas. Supongo que con ellas mejorará la agudeza y, lo que más necesito, se rebajará el cansancio. Más me vale, porque ahora mismo estoy en pésimas condiciones para leer. Y lo echo de menos.

Cada tarde de lunes a viernes tengo media hora de rehabilitación. No ha quedado más remedio. Mi tendencia a tendinitis de siempre se convirtió en julio en una crisis aguda. Provocada por la actividad física que llevaba de la mano el régimen que empecé entonces. Después de unos meses sin mejoría, me tocó ir al traumatólogo. Un horror.

Algunos médicos, como la endocrina de la que hablaba, aplican el mismo patrón a todos. Y no personalizar los tratamientos pasa factura. Yo dejé el mío por esa lesión innecesaria y porque tampoco me iban bien los suplementos. Así que no adelgacé gran cosa, gasté dinero y energía, y me hice daño. Menudo planazo.

Pues eso, que tengo que salir cada tarde, un tostón, pero no me queda más remedio. Está afectado el supraespinoso, dicen, menudo nombrecito. De momento llevo dos sesiones y me duele menos dormir sobre ese lado, pero la rotación posterior empeora. Me han recetado quince sesiones, aún hay tiempo de recuperar movilidad, supongo. Si no fuera así, tocarían infiltraciones. Cruzo los dedos.

Y ya para reseñar mis aventuras escribidoras, esto es lo que hay: el teatro sigue soso, con una profe desustanciada y de poca implicación. Apenas comentamos un compañero y yo, así que todo resulta anodino, frío y triste.

La profe de la FCPJH se puso un tanto desagradable durante el último encuentro y es bastante mediocre. Sigo más por socializarme que por otra cosa.

Y en narrativa, continúo enfangada con los interrogatorios policiales, aunque empiezo a verles estructura y ritmo. No he avanzado apenas, pero sí he rehecho los tres últimos capítulos varias veces, hasta que más o menos me han parecido aceptables. Espero poder superar ya este bache.