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Lunes, nueva semana

Después de meses de aislamiento social, ayer se vino G a vivir aquí, con nosotros. Va a ser un mes, esperemos que no más, y mientras se reforma su casa.

B prefirió irse con su madre, aunque sabe que aquí tiene sitio siempre que quiera. En todo caso, para no estar mucho tiempo separados, piensan compartir los fines de semana. Harán salidas juntos, incluso viajes breves por los alrededores.

Es tempranísimo. Tengo el ritmo de sueño adelantado, como de monje. De forma que me duermo sobre las diez y me despierto entre las cuatro y las cinco. Como para rezar maitines, vamos 🙂 Ya que no consigo retomar el sueño, hago del defecto virtud y disfruto de la agradable temperatura que hay a estas horas. Es ya una rutina mía recorrer cada estancia abriendo ventanas. Y un placer comprobar cómo se refresca toda la casa

Hoy me muevo, procurando hacer menos ruido que nunca, porque G se ha instalado en el sótano, regresa hoy al curro y es de los que se desvelan fácilmente. Espero que esté cómodo. A los tres nos ilusionan estos días compartidos, pero ojalá la alegría inicial no se deteriore con las mil pequeñeces de la larga convivencia que nos espera.

Hago constar que somos prudentes y guardamos las debidas precauciones de mascarilla, porque G va y viene y se relaciona con varios grupos. Eso es lo único incómodo. A cambio, desde que llegó siento que trae con él energía nueva, que me anima. Anoche incluso me emocioné oyendo cómo charlaba con su padre. Ya andaba yo a punto de acostarme, en mi habitación, pero tenía la puerta abierta. Y escuchar sus dos voces, lejanas, abajo, en la cocina, me llevó un instante a los tiempos felices de antaño. Cuando Rodrigo aún estaba por aquí.

Son las seis. Ya leí el periódico. Y me bullen mil ideas para continuar con B81. Definitivamente, esta visita de G me ha animado mucho.