Publicado en diario del confinamiento, reflexiones

Viernes 8 de mayo de 2020

Son las siete y media. He leído el periódico un rato largo, me desperté pronto y ando un poco alterada.

Supongo que mi organismo echa de menos la actividad física, los kilómetros de bici y los minutos de baile diarios que ya no hago. Desde hace once días. Tengo que volver a los entrenamientos. Mi rodilla ya no se queja y se hace urgente porque la báscula suma gramos a mi peso.

Hoy tengo la vídeo conferencia de cada viernes. Llevo, por fin, un capítulo de adelanto. O dos. Y además avanzo mucho en la creación de vídeos educativos. Eso me anima a seguir con esas dos tareas creativas.

Salimos poco, seguimos igual de confinados, sin hacer uso de la hora de paseo. Se nos ha perdido la costumbre y nos encontramos bien en casa. Además ya queda poco.

He perdido la cuenta de las semanas que llevamos, creo que estamos en la octava. Este diario me obliga a reflexionar sobre el paso del tiempo. Al escribir la fecha fijo la atención en ella y me hago consciente del día en que vivo. Llevo ya muchos anotando mis sucesos cotidianos. Acabo de comprobarlo, son 318, qué barbaridad.

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Jueves 7 de mayo de 2020

Son las ocho. Llevo una hora leyendo el periódico, lo usual desde la nueva situación. Y es un lujo, un verdadero placer no tener prisa. Lo vengo disfrutando desde que me jubilé, pero es que ahora que JC no tiene que irse al trabajo, más aún.

Puede ser que deba reincorporarse el lunes. Estamos pendientes de saberlo. Estos dos meses juntitos, sin embargo, los hemos vivido con serenidad y agradeciendo la mutua compañía. No hay queja de ninguna clase. Seguramente le voy a echar de menos. Pero no me quejo, que tiene horario de mañana y regresa a la hora de comer y ya tenemos toda la tarde para los dos.

Ayer no hice nada especial, leerme el manuscrito entero otra vez. Encargar una valoración para el primer proyecto y prepararlo para ello. Monear por la Red. Hoy creo que debo intentar volver a mis sesiones de baile, a ver qué tal responde la rodilla.

Y poco más. Escribir, adelantar trabajo de diapositivas, alguna de las domesticidades típicas… Ufffffff, las ocho y media. Allá voy.

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Miércoles 6 de mayo de 2020

Tenía una canción en la cabeza cuando fui al baño, medio dormida. La vida es bella. Me he despertado emocionada y contenta, con un chute de energía, gracias a ello.

Se la he mandado a mi querida amiga Marga, que lleva una temporada roma, de esas que nos dejan el ánimo desarbolado. Seguro que nuestros hijos celestiales han tenido algo que ver.

He leído las noticias. Sigo animosa a pesar de ellas. Hasta me he propuesto llamar a la peluquería y ver para cuándo me darán citas. Y lo escribo en plural. Para JC y para mí. Resulta que su peluquera de los últimos veinte años está en un ERTE. JC no quiere acudir si le atiende la jefa esclavista, profesional más burda que inteligente. Con ella no.

Llevo hora y media moneando entre leer las noticias y escribir estas notas diarias. La novela avanza, ayer tuve buena inspiración. Mi rodilla va estupenda. Volvimos a pasear hasta la casa de G y B. Charlamos con ellos a distancia y con mascarillas. Echamos de menos darnos un abrazo. Y hoy nos proponemos volver a bailar.

Las 7:59. Me lanzo al nuevo día. Con la emoción y la fuerza de la música que me llegó hace un rato.

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Martes 5 de mayo de 2020

Son las 6:25. Me desperté demasiado pronto. Me echo un sueñecito y ya regreso luego.

Las 7:33 y sin poder pegar ojo he subido a la buhardilla para concluir este post. Poco se me ocurre después de mi largo escrito de ayer. Lo único reseñable es que llegó por correo, y con un mes de retraso, el DVD que SEFF editó sobre el acto al que nos invitaron por el Día Europeo de Reconocimiento de las Víctimas del Terrorismo. Y que fue emocionante volver a ver algunos fragmentos. Acababa, por cierto, de escribir un artículo para la revista de la Aso, sin mucha alegría además. Así que fue como un reconocimiento. Externo, sí, pero igualmente gratificante.

Mi rodilla va bien, incluso bajando las dosis de ibuprofeno. Lo hago paulatinamente. Por lo que hoy, que hace una semana, espero poder dejarlo en una única dosis por la noche. Volveré a la compra, esta vez con más cuidadito, aunque no tengo que cargar peso, como la anterior, así que supongo que será fácil.

La desescalada va volviendo osadas a algunas gentes. Los politicastros de la oposición intentan tumbar al gobierno aunque eso suponga muertes. Ya las han provocado sus recortes previos y ni se inmutan. Otras crisis gestionadas por el PP (Prestige, Yakovlev, 11M, metro de Valencia, Madrid Arena) demuestran que no les importa llevarse víctimas por delante. Es triste, pero no se puede esperar otra cosa de ellos. Son el escorpión de la fábula.

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Lunes 4 de mayo de 2020

Supongo que hoy puede ser el último lunes en confinamiento. El paseo de ayer nos mostró a mucha gente por la calle y, sobre todo, a una cierta cantidad de jóvenes reuniéndose sin distancias, sin mascarillas, como si lo de la pandemia ya estuviese resuelto. Es como si pensaran que podemos volver a lo de antes. Solo a ratos, pero lo de antes. Ay, Señor, y el virus sigue ahí con su capacidad de transmisión intacta. Menos mal que no tengo que volver a aulas masificadas, que exponerme a esos contagios de los últimos años. Me he ido muy a tiempo.

Mi rodilla va bien, doy paseos sin problemas. Otra cosa es la bicicleta. Y el baile. Todavía no los practico. Pero inicié una desescalada también de antiinflamatorios. Jajajajaja. Espero volver pronto a un ejercicio razonable. Sigo comiendo poco y equilibrado, menos algún lujo el día de mi cumpleaños. No bajo demasiado, desde luego no lo deprisa que me gustaría, pero no tengo muchas más opciones.

En cuanto a mis tareas cotidianas de creación, avanzo despacio el asunto de las presentaciones PowerPoint, y no sé cómo seguir con los últimos capítulos de la novela. Le queda poco, se va volviendo más difícil porque todo debe cuadrar. Tengo páginas avanzadas respecto a la próxima entrega. Y voy solventando cosas sobre la marcha, las últimas. Ya superé, por fin, las 20,000 palabras. Supongo que no llegaré a 40,000.

Estoy en la fase final, la de picar piedra, porque ya no es demasiado interesante, ya no es adentrarse en lo desconocido y muy creativo. Es como volver de una excursión, que está una cansada, ya se pasó la adrenalina de hacer cumbre, no quedan bocadillos, llevas poca agua y hay que caminar unos kilómetros todavía para llegar a casa.

Y me atrapa una cierta desidia respecto a qué hacer con ella cuando la termine. Ya tengo otra acabada, esperando no sé muy bien qué. Así que cuando me entra la pereza, me digo que para qué seguir, si es una mediocridad que nunca verá la luz.

Claro que tampoco me esfuerzo en buscarles salida a mis textos. Me da una pereza infinita promocionarlos, buscar editores, autopublicar… Con la que está cayendo no creo que las editoriales estén para muchas alharacas lo que queda de año. Ya veremos, por ejemplo, lo que me cuentan los de Urano y las regalías, pospuestas por el confinamiento.

Sé que hay muchas empresas diminutas, bastantes son incluso unipersonales. No escribo mal, sería cosa de que a alguien le gustase y viera interesante lo que cuento. Pero me falta vanidad. O afán de protagonismo. O confianza en mi valía. O ambición, ansia de lucimiento, no sé. No me falla la constancia de escribir cada día, pero sí la de llamar a tantas puertas.

A lo peor es que me sobra orgullo, que me incomoda irles mendigando atención a tantos desconocidos. Con el libro de Rodrigo me impulsaban el amor por él, la necesidad de que se hicieran públicas su historia y su recuerdo. Quería dejar la memoria de lo sucedido. Y ahora, por comparación, cualquier escrito mío es una frivolidad vergonzante.

Solo escribo. Y cuento lo que quiero dejar como legado. Son hechos críticos, basados en impresiones y recuerdos. Poca cosa, poca enjundia. No creo que sea tampoco un género novelesco de moda, últimamente lo que peta es la novela negra. Bueno, la romántica nunca se fue. Y la histórica también sigue en alza.

Aunque ¿para qué? Hay miles de ilusos como yo inundando el mercado de manuscritos malísimos. Puedo intentar algún premio, sin ninguna confianza, con menos esperanza aún.

Porque no sé si mis textos sirven para algo en esta locura de mundo. Les dedico esfuerzo y tiempo. Necesito tener un objetivo, esa función sí la cumplen. Luego me pregunto a mí misma ¿si yo hubiese acabado ya mi papel en este mundo, sería eso todo lo que puedo y quiero dejar? Y no lo sé. De momento me parece una herencia muy mediocre. Pero solo soy un grano de arena en el desierto, polvo en el viento. No nací para perdurar.

Vale, me gustaría terminar mis diapositivas y redactar algunas novelas más. Lo que llevo no me parece todavía suficiente. Ahí sí soy ambiciosa. Por eso sigo. Si pongo mis energías más en la producción durante algún tiempo tampoco pasa nada. Me doy permiso, entonces. De promociones posibles ya veré más adelante. Esto es todo. De momento. Son las 7:09. Hace calor. Empieza un nuevo día.

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Domingo 3 de mayo de 2020

Primer domingo de mayo significa en España que es el día de la madre. Una festividad comercial que nunca celebré con mis hijos. En mi infancia, sin embargo, era fecha importante, pues hasta en los colegios le daban mucho bombo. Siempre hacíamos alguna manualidad. Y daba igual, maestra que monja, solía ser una postal con virgencita, aprovechando las devociones marianas del mes de mayo tan de la época.

Este 2020 tan rarito todo va extraño. No creo que haya tantos regalos, aunque G se las apañó para hacerme llegar unos cosméticos, que majo, al principio de la semana. Eso sí, por mi cumpleaños, no por el día de la madre.

Ayer, por fin, rompimos el confinamiento, con las mascarillas puestas, y caminamos hasta su casa, 650 metros según dice Google maps. Hablamos unos minutos desde lejos. Salió el vecino cotilla de siempre y nos hizo el comentario también acostumbrado y nos volvimos a nuestro refugio doméstico de los últimos 50 días. La verdad es que nos cruzamos un montón de gente por el parque que nos separa. Y por las calles. Mucha más de la acostumbrada en otros paseos previos a la pandemia. Supongo que por la novedad.

Nos hizo ilusión vernos, y hasta risa, con las greñas de G o la melena abundante de JC. A las mujeres, a B y a mí, se nos nota menos, jajajajaja.

Los trabajos no telemáticos se reanudarán el día 11, al parecer. Las clases presenciales, no. Mi Taller se va quedando cada vez más escuálido, ya solo somos tres y el profe, solo yo de fuera, pero me ayuda y anima. Vuelvo a escribir el lunes, ayer no hice nada excepto documentarme acerca de mi experimento youtuber, que no es poco.

No tuve tarta pero me salté la dieta. Hoy vuelvo a empezar. «No cansarse nunca de estar empezando siempre» aprendí en mi infancia de un cura majete de mi parroquia. Es mi lema. Son las 6:45, leeré las noticias y revisaré con el Kindle mis últimas adquisiciones literarias. Buenos días.

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Sábado 2 de mayo de 2020

Hoy cumplo 61. Nueva década, nueva y extraña situación. Confinados. Y además, de regalo, nos dejarán dar nuestro primer paseo en siete semanas.

Mi rodilla va mejorando. Mi escritura se estancó con una escena, pero continúo la trama, para darme espacio y perspectiva. La dieta no me funciona con tanta medicación y sin hacer ejercicio, pero persisto. Como poco y equilibrado. De algo me valdrá.

Echo de menos a Rodrigo en esta fecha especial. También a Gonzalo. Se me hace pesadísima tanta reclusión. Pero no me desespero. Para el 11 es posible que JC se reincorpore al trabajo y voy a echar en falta su compañía. Estos dos meses han sido un regalo en ese sentido, aunque espero que se me entienda bien. No me olvido de las circunstancias funestas que provocaron el confinamiento, ni quiero pecar de frivolidad.

Son las ocho. He dormido mal. Me gustaría ver a Gonzalo, hablarle por su ventana o por la nuestra, o ambas cosas. Ya nos iremos poniendo de acuerdo. Me lanzo al nuevo día. Sin tarta.

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Viernes 1 de mayo de 2020

Comienzan un mes y una etapa nuevos

Hoy es el cumpleaños de Dani. Y ya estamos en el mes de mayo. Jo.

Tengo vídeo conferencia de Narrativa, un montón de cosas escritas, avanzo en las presentaciones PowerPoint y mejoro mucho de mis dolencias articulares (a base de antiinflamatorios, eso sí).

Hoy toca también tinte y arreglo capilar, me da tiempo antes de las once. Ahora mismo son las 8:22 y ya me leí las noticias.

A partir de mañana podemos salir a pasear JC y yo juntitos. De 6 a 10 o de 20 a 23. Una sola vez al día y a un kilómetro de distancia máximo. Espero que mi rodilla me lo permita. Al menos lo intentaré. De momento, sin embargo, ni bici ni baile. Snif… 🙁

Hoy hago 311 días de escritura, un bonito y simbólico número para mí. Ya casi son las ocho y media. Me bajo a desayunar y a tomarme el ibuprofeno. Buenos días.

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Jueves 30, último día de abril de 2020

Seguimos confitados, en mitad de la séptima semana. Son las 7:53, así que llevo cincuenta minutos leyendo noticias.

Mi rodilla y mis dolores articulares están mejor debido a la ingesta de antiinflamatorios. Pero llevo dos días sin bici y sin baile. Me preocupa subir de peso. Y más sabiendo que la dieta va rara, basada en los yogures sobre todo, que me arreglan el estómago revuelto y lo protegen un poco de la medicación.

Tengo ya cuatro o cinco presentaciones PowerPoint terminadas. Y planes para las siguientes. Me falta ponerles voz y convertirlas en vídeos. He decidido esperar a tener más visión de conjunto para acometer esa fase. De momento, entonces, sigo elaborando material sin audio.

Tiendo a estresarme y querer que esté todo terminado. Me impongo a mí misma la idea de que el proceso pueda ser divertido y todo lo largo o lento que sea necesario. No hay plazo. No me come la urgencia de antes, cuando tenía que resolver sobre la marcha porque los alumnos debían ser atendidos.

Supongo que en estas circunstancias de confinamiento tendría un público potencial que más tarde puede que no exista, pero no van por ahí mis intenciones. Pretendo algo de más calidad que los vídeos que veo en YouTube, grabaciones de profes escribiendo y explicando ante una pizarra.

Y, sobre todo, quiero algo estructurado y completo. Que parta de lo más sencillo y llegue a la máxima complejidad, que abarque todo el espectro, que permita empezar de cero. Pretendo un método, no unas lecciones sueltas. Mi método. El que fui perfeccionando a lo largo de mi carrera docente y apliqué a mis alumnos con tanto éxito. El que les llevaba a pedirme que lo subiera a las redes porque era fácil y eficaz cuando me decían «Profe, hazte youtuber».

El próximo sábado empezamos desescalada. Para mi cumpleaños. No sé si me convendrá salir con mi lesión, pero acepto el regalo. Son las 8:14, me lanzo al nuevo día.

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Miércoles 29 de abril

Ayer salí a hacer la compra y me pareció que había mucha más gente que otras veces, tanto en la calle como en el hípermercado. También que los precios de los alimentos habían subido unos céntimos más. Lo malo fue que me hice daño en una rodilla. Se me ocurre que por empujar un carro muy pesado, aunque podría ser por caminar deprisa. Hoy todavía me encuentro dolorida. Va a ser largo.

Son las 7:40. Hace sol. Se espera calor de verano para el fin de semana. Y que sea posible salir a hacer deporte. El día de mi cumpleaños ese iba a ser mi regalo, pero ahora me temo que mi rodilla izquierda no estará muy de acuerdo.

Tengo hechas tres presentaciones, no he avanzado nada, toca escribir. Pero tengo más en mente y me ilusiona el proyecto. Tiendo a estresarme y querer ir deprisa, sin embargo debo mantener calma y compostura. Si pretendo que sea mi legado profesional, debe estar pulido y muy meditado. Y perdón por la rima.

En cuanto a la novela, reescribí un capítulo clave. Y avancé dos caras más del siguiente. En estos momentos siento que hago un trabajo aburrido y extenuante, que pico piedra. También que mi texto es una birria que no merece ni existir ni mucho menos ser continuado.

Supongo que es un sistema de autodefensa del yo para no tener que esforzarme más. Supongo que ser escritor supone ser persistente más que otra cosa. Tampoco es que yo me considere una escritora. No todavía. Tal vez más adelante. O nunca. Incluso habiendo conseguido una editorial, ese milagro que no termino de creerme del todo.

Ya hay seis flores de orquídea. Y una cala en la jardinera. El espino, muy podado en febrero, echó sus nuevas ramas y se ve verde y renacido. Me lanzo de nuevo a la tarea. Hoy nada de bici o de bailar. Buenos días.

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Martes 28 de abril de 2020

Llevo más de un mes sin salir a la calle. Todo abril. Qué extraño. Hoy me propongo ir a la compra, que nos queda poca comida, aunque solo si me siento lo suficientemente bien.

Porque ayer comí un preparado de verduras congeladas que me supo riquísimo pero que tenía guisantes. Los suficientes, supongo, para que se activase mi maldita intolerancia a las leguminosas. Me sentó fatal. Amanezco, de resultas, con los ojos inflamados, después de más de doce horas de hinchazones varias.

Son las 7:17 y ya no tengo lectura pendiente. Me leí una trilogía en esta última semana. Un bestseller mediocre, creo que ya lo apunté algún día de estos, pero que ha conseguido distraerme y tenerme bastante entretenida: La villa de las telas. Es una cierta imitación de Downton Abbey, ambientada en la Alemania de la IGM, entre 1914 y 1925.

Muestra una familia más industrial y burguesa que noble, con menos líos y más previsibles que la serie imitada, y que resulta bastante blanca, mullida y convencional. Por supuesto narra en paralelo la vida de los señores y de la servidumbre, con cocinera de carácter, ama de llaves, lacayo, ayudante de cocina, doncellas y jardinero.

Las tres novelas tienen un fondo romántico soso, tendente a chiklit, de mujeres con cierta tendencia a un empoderamiento discreto. Madre y dos hermanas, como la serie británica, y una cuñada procedente de un orfanato hacen el elenco femenino. Todas sus cuitas son siempre amorosas, con tendencia a escandalizar a una sociedad puritana de provincia, pero poca cosa para la mentalidad actual. Padre e hijo basculan entre los problemas conyugales y los de dirigir una empresa que los absorbe demasiado. Solo durante la guerra las mujeres asumen algunas obligaciones de gestión masculina, que pierden en cuanto los hombres regresan del frente.

Como tantas trilogías últimamente, lo interesante y de cierta originalidad está en la primera novela. Tiene una gran carga narrativa, con un amor imposible, el estallido de la I guerra mundial y sus consecuencias sociales y personales. La segunda novela aprovecha que los personajes, el ambiente podían dan de sí para unos años más de conflictos personales muy parecidos. Pero ya la tercera tiene que tirar de los niños y hasta de una leve trama negra para rellenar la trama.

El final, casi anodino, es al estilo comedia del siglo de oro, ubicando a cada oveja con su pareja y haciéndonos intuir que los años siguientes hubo más de lo mismo, una cotidianidad feliz que ya no se merece ser reseñada.

Llevo 308 días seguidos escribiendo este diario y he decidido que la reseña hoy puede servirme como artículo para mi bitácora literaria. Son ya las ocho. Buenos días.