Primer domingo de mayo significa en España que es el día de la madre. Una festividad comercial que nunca celebré con mis hijos. En mi infancia, sin embargo, era fecha importante, pues hasta en los colegios le daban mucho bombo. Siempre hacíamos alguna manualidad. Y daba igual, maestra que monja, solía ser una postal con virgencita, aprovechando las devociones marianas del mes de mayo tan de la época.
Este 2020 tan rarito todo va extraño. No creo que haya tantos regalos, aunque G se las apañó para hacerme llegar unos cosméticos, que majo, al principio de la semana. Eso sí, por mi cumpleaños, no por el día de la madre.
Ayer, por fin, rompimos el confinamiento, con las mascarillas puestas, y caminamos hasta su casa, 650 metros según dice Google maps. Hablamos unos minutos desde lejos. Salió el vecino cotilla de siempre y nos hizo el comentario también acostumbrado y nos volvimos a nuestro refugio doméstico de los últimos 50 días. La verdad es que nos cruzamos un montón de gente por el parque que nos separa. Y por las calles. Mucha más de la acostumbrada en otros paseos previos a la pandemia. Supongo que por la novedad.
Nos hizo ilusión vernos, y hasta risa, con las greñas de G o la melena abundante de JC. A las mujeres, a B y a mí, se nos nota menos, jajajajaja.
Los trabajos no telemáticos se reanudarán el día 11, al parecer. Las clases presenciales, no. Mi Taller se va quedando cada vez más escuálido, ya solo somos tres y el profe, solo yo de fuera, pero me ayuda y anima. Vuelvo a escribir el lunes, ayer no hice nada excepto documentarme acerca de mi experimento youtuber, que no es poco.
No tuve tarta pero me salté la dieta. Hoy vuelvo a empezar. «No cansarse nunca de estar empezando siempre» aprendí en mi infancia de un cura majete de mi parroquia. Es mi lema. Son las 6:45, leeré las noticias y revisaré con el Kindle mis últimas adquisiciones literarias. Buenos días.