Publicado en diario del confinamiento, reflexiones

Martes 28 de abril de 2020

Llevo más de un mes sin salir a la calle. Todo abril. Qué extraño. Hoy me propongo ir a la compra, que nos queda poca comida, aunque solo si me siento lo suficientemente bien.

Porque ayer comí un preparado de verduras congeladas que me supo riquísimo pero que tenía guisantes. Los suficientes, supongo, para que se activase mi maldita intolerancia a las leguminosas. Me sentó fatal. Amanezco, de resultas, con los ojos inflamados, después de más de doce horas de hinchazones varias.

Son las 7:17 y ya no tengo lectura pendiente. Me leí una trilogía en esta última semana. Un bestseller mediocre, creo que ya lo apunté algún día de estos, pero que ha conseguido distraerme y tenerme bastante entretenida: La villa de las telas. Es una cierta imitación de Downton Abbey, ambientada en la Alemania de la IGM, entre 1914 y 1925.

Muestra una familia más industrial y burguesa que noble, con menos líos y más previsibles que la serie imitada, y que resulta bastante blanca, mullida y convencional. Por supuesto narra en paralelo la vida de los señores y de la servidumbre, con cocinera de carácter, ama de llaves, lacayo, ayudante de cocina, doncellas y jardinero.

Las tres novelas tienen un fondo romántico soso, tendente a chiklit, de mujeres con cierta tendencia a un empoderamiento discreto. Madre y dos hermanas, como la serie británica, y una cuñada procedente de un orfanato hacen el elenco femenino. Todas sus cuitas son siempre amorosas, con tendencia a escandalizar a una sociedad puritana de provincia, pero poca cosa para la mentalidad actual. Padre e hijo basculan entre los problemas conyugales y los de dirigir una empresa que los absorbe demasiado. Solo durante la guerra las mujeres asumen algunas obligaciones de gestión masculina, que pierden en cuanto los hombres regresan del frente.

Como tantas trilogías últimamente, lo interesante y de cierta originalidad está en la primera novela. Tiene una gran carga narrativa, con un amor imposible, el estallido de la I guerra mundial y sus consecuencias sociales y personales. La segunda novela aprovecha que los personajes, el ambiente podían dan de sí para unos años más de conflictos personales muy parecidos. Pero ya la tercera tiene que tirar de los niños y hasta de una leve trama negra para rellenar la trama.

El final, casi anodino, es al estilo comedia del siglo de oro, ubicando a cada oveja con su pareja y haciéndonos intuir que los años siguientes hubo más de lo mismo, una cotidianidad feliz que ya no se merece ser reseñada.

Llevo 308 días seguidos escribiendo este diario y he decidido que la reseña hoy puede servirme como artículo para mi bitácora literaria. Son ya las ocho. Buenos días.