Seguimos confitados, en mitad de la séptima semana. Son las 7:53, así que llevo cincuenta minutos leyendo noticias.
Mi rodilla y mis dolores articulares están mejor debido a la ingesta de antiinflamatorios. Pero llevo dos días sin bici y sin baile. Me preocupa subir de peso. Y más sabiendo que la dieta va rara, basada en los yogures sobre todo, que me arreglan el estómago revuelto y lo protegen un poco de la medicación.
Tengo ya cuatro o cinco presentaciones PowerPoint terminadas. Y planes para las siguientes. Me falta ponerles voz y convertirlas en vídeos. He decidido esperar a tener más visión de conjunto para acometer esa fase. De momento, entonces, sigo elaborando material sin audio.
Tiendo a estresarme y querer que esté todo terminado. Me impongo a mí misma la idea de que el proceso pueda ser divertido y todo lo largo o lento que sea necesario. No hay plazo. No me come la urgencia de antes, cuando tenía que resolver sobre la marcha porque los alumnos debían ser atendidos.
Supongo que en estas circunstancias de confinamiento tendría un público potencial que más tarde puede que no exista, pero no van por ahí mis intenciones. Pretendo algo de más calidad que los vídeos que veo en YouTube, grabaciones de profes escribiendo y explicando ante una pizarra.
Y, sobre todo, quiero algo estructurado y completo. Que parta de lo más sencillo y llegue a la máxima complejidad, que abarque todo el espectro, que permita empezar de cero. Pretendo un método, no unas lecciones sueltas. Mi método. El que fui perfeccionando a lo largo de mi carrera docente y apliqué a mis alumnos con tanto éxito. El que les llevaba a pedirme que lo subiera a las redes porque era fácil y eficaz cuando me decían «Profe, hazte youtuber».
El próximo sábado empezamos desescalada. Para mi cumpleaños. No sé si me convendrá salir con mi lesión, pero acepto el regalo. Son las 8:14, me lanzo al nuevo día.