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Domingo 15 de diciembre de 2019

Apenas quedan dos semanas de este año. Creí que el tiempo se ralentizaría al jubilarme, pero no, justo al revés, vuela enloquecido. Y la proximidad de unos días de vacaciones tampoco me motiva como el año pasado, por ejemplo, cuando me caía de cansancio y las necesitaba para sobrevivir al estrés laboral. Ahora todo toma unas dimensiones y perspectivas diferentes. Tengo que seguir reflexionando sobre eso.

Son las siete. Releo textos de ayer y compruebo que medio dormida no estoy lo suficientemente lúcida. Hago arreglos de estilo. Luego me planteo lo que toca para hoy. Unos colores en el pelo, un buen baño, un poco de lectura, y llegará G. Pasaremos la mañana con él. Puede incluso que comamos juntos. Y por la tarde, una peli, un tanto de escritura para mi clase extra de mañana y no habrá tiempo para más.

173 entradas seguidas contando a diario. Sigo porque todavía tengo cosas que decir. No sé hasta cuándo. ¿Acaso importa?

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Sábado 14 de diciembre

Ayer tardé siglos en ir y venir, había huelgas de transporte, además de que cundió poco la clase porque mis compañeras no llevaban textos suficientes. Fue raro.

Y ya muchísimo más cuando a la vuelta, en metro, descubrí un mensaje de mi editora que me impresionó doblemente. Primero, porque corroboraba un anuncio previo de Rodrigo. Jolines, se hacía real. Y no tenía yo por qué haberlo imaginado. Era demasiado pronto. No esperaba nada antes de enero. Qué fuerte.

Esto me decía P, mi editora: Te adjunto el informe de lectura de tu novela. Me informan de que como es favorable, se lo han enviado a nuestros editores de ficción para que lo analicen. Mucha suerte. Besos.

Yo solo quería ese informe de lectura como instrumento para ver qué cosas necesitan arreglo en la novela. No pretendía que pasaran a leerla en la editorial, así, sin corregir lo que el informe propone. Qué vergüenza, madre mía, que lo verán sin mejorar. No creo que les interese.

Pero, En fin, lo arreglaré, sea como sea, lo quieran o no. Mi idea era presentarme al premio de novela negra de Getafe. Ahora, sin embargo, esperaré a lo que me digan. Eso sí, con una dosis alta de autoestima. No creo que lo editen, pero el mero hecho de haber pasado ese filtro es un espaldarazo para mi labor de escritura, para confirmar que fue una buena decisión jubilarme y dedicar tiempo a escribir.

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Viernes 13 de diciembre de 2019

De pronto me doy cuenta de que ya casi no queda año y escribo sus dígitos de dos mil diecinueve. Tecleo en la buhardilla, con el aire acondicionado porque hace frío, mientras pienso en prepararme para ir a mi ya única clase, la de Proyectos Narrativos de EdE. Estas dos semanas han sido tranquilas, sin salir a costura o a PhotoShop, aunque la próxima y última no no será tanto porque recuperamos el viernes perdido por el puente y me acercaré el 16 y el 20.

Mantengo todavía dolores de espalda e ingesta de ibuprofeno, pero se van calmando, y en cuanto a mi estado general, me asusta el posible deterioro de mis capacidades orales, porque ya no tengo que hablar durante horas cada día. ¿Me estaré volviendo menos ágil en la dicción y en encontrar la palabra apropiada para cada contexto? Me consuelo pensando que al menos escribo, y que eso también es un esfuerzo lingüístico importante.

Apunto, por último, una reflexión sobre la enfermedad repentina y rápida de J y su muerte inesperada. Es que nos ha puesto delante de las nuestras con una crudeza terrible. Luego el estrés postraumático hace el resto. Y vuelve el miedo a perder a JC y a G y a quedarme sola en el mundo. Además, se suma una aprensión subterránea por mi propio final que puede estar tan a la vuelta de la esquina como el suyo. ¿Quién podía haber imaginado en las últimas navidades que no llegaría a estas? Así nos está pasando ya demasiadas veces para no estar prevenidos.

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Jueves 12 de diciembre

Ayer estuve cosiendo unas horas y se acentuó mi dolor de espalda. Esta mañana debería comprobarlo dedicándome en exclusiva a escribir. Pero no sé, estoy tardando mucho con el abrigo, y tengo el segundo bolsillo a medias. Al menos sería prudente terminarlo.

Revisaré los cuentos para mañana, redactaré mi artículo de los viernes y poco más. Ayer salí a Correos y a caminar, hoy, ya veremos. Mi peso fluctúa dos kilos arriba y abajo, no sé a qué atenerme. Supongo que los antiinflamatorios retienen líquidos. No estoy a dieta estricta, pero sigo cuidando mucho lo que como y es bastante deprimente mi tendencia a ir acumulando. Si sigo así terminaré volviendo a la cifra de salida, qué tostón.

He vuelto a jugar a Civilization II, me entretiene y desestresa cada noche, gracias al portátil de mi padre, con su antiguo XP y su ventilador siempre sonando. Quince años tiene el pobre aparatejo, pero me sirve todavía, y tiene un perfil con su nombre, sus cosas y una foto de mamá y él como pantalla.

Ya pronto Navidad y demasiadas sillas vacías.

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Miércoles 11 de diciembre

Hoy toca costura y sigue sin apetecerme ir a la clase. Cuarenta y cinco minutos me cuesta llegar, una paliza de MetroSur, porque si voy en coche no puedo aparcar cerca. Y solo de pensar en ir cargada con el peso del abrigo y mi espalda contracturada me agobio. Estuve viendo vídeos de cómo hacer los bolsillos y a eso me voy a aferrar. Y a ver si consigo que no se enconen las contracturas, que coser me carga mucho.

Al final, entonces, si dejo costura y Photoshop, solo tengo los viernes en EdE. Me pregunto si será suficiente. Tampoco pasa nada, si más adelante necesito más actividades, puedo apuntarme a otras. Creo que se me fue la mano al programar tres. Con dos habría sido bastante. Pero ya que salían quise probar. No es un drama constatar que no me gustan y cambiarlas por otra cosa.

Creo que prefiero dedicar mi tiempo a YouTube y a la escritura. De momento, más que suficiente.

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Martes 10 de diciembre

Después de cuatro días juntos a todas horas, me cuesta separarme de JC esta mañana. Son las siete. Me propongo coser, pero todavía está desapacible y me quedo en la cama, arropadita, un poco más. Ahora que puedo, que no tengo obligación de irme al trabajo.

Ayer estuvimos con R toda la mañana, paseando el centro, y hasta buscamos el libro de Rodrigo en la librería donde hice la presentación. Todavía les quedaba un ejemplar. Me resultaba raro y cuando R comentó que era curioso ir a comprar un libro con la autora al lado, yo me moría de vergüenza. Conté una anécdota parecida y tonta para evitar que siguiera la conversación por esos derroteros.

Qué poquito queda para la Navidad. Dos semanas escasas. Esta de cuatro días en la que estamos y la siguiente. Vuelve a ser extraña y muy ajena. A ver cómo se siente Ela y cómo solventamos la Nochebuena con una ausencia más. Mira que J iba a su aire, que se aislaba y a menudo ni se le veía, pero la casa ahora se ha vuelto enorme y solitaria para ella.

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Lunes 9 de diciembre

Son las seis y media, he dormido profundamente pero poco. Llevo varios días con antiinflamatorios y sin caminar, intentando que se calmase una lumbalgia persistente e incómoda. Sé que la poca actividad física acrecienta mis despertares tempranos, no es la primera vez que sucede. Sin obligaciones laborales, no tendrá mayor importancia que sentirme más somnolienta por la tarde. Eso sí, debería evitar una siesta o entraré en el círculo vicioso de intercambio de horas vespertinas por nocturnas.

Hoy es lunes festivo por traslado del día de ayer. JC y yo hemos quedado en Madrid con R que, como todos los años, ha venido desde Cádiz a pasar con su madre el día de su santo. Nos daremos con él una vuelta navideña por el centro. Espero que no esté totalmente tomado por los turistas y compradores compulsivos que suelen poblar la ciudad en estas fechas. Ya veremos. Algunas calles se ponen realmente intransitables.

Mañana me propongo descoser los errores del abrigo para llevarlo a clase el miércoles. Necesito que me ayuden con los bolsillos, el cuello y la sapiencia general que me pueda ser aplicable. No estoy muy por la labor de seguir con las clases en enero. Mi afán de aprendizaje no se cumple, no hay más método que el que yo imponga y me falta motivación para coser trapitos, que es lo que realmente se hace.

Para el jueves tengo prevista tarea de escritura, alternando con grabaciones con la webcam. No manejo la edición de vídeo, pero JC sí y se ha ofrecido a ayudarme, así que ya no me siento paralizada por la inmensidad de mi inoperancia y puedo lanzarme. A ver qué sale. Miedo me da.

El Photoshop, sin embargo, me temo que no voy a continuarlo. Me aburre el voluntario, que cree lucirse mal-explicando durante toda la clase. Me falta práctica, con él no se hace, y a mí no me alcanzan ni el tiempo ni el interés para hacerlo por mi cuenta.

Vamos, que me había apuntado a tres actividades y voy a dejar dos. Un desastre. Esta semana de libertad que me di me han hecho sentirme liberada. Y, jolines, no tengo por qué imponerme tanta presión. Lo que realmente me gusta es escribir. Y ya solo el intento de YouTube y la escritura son suficiente tarea.

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Domingo 8 de diciembre

Dos días de puente nos quedan todavía. No hemos salido fuera, pero están cundiendo. El viernes hicimos una gran limpieza, ayer comimos con G y B. Cosas sencillas pero no muy comunes que rompen la rutina y cargan el tiempo de valores nuevos. Qué curioso.

Tengo ya organizada la casa, a falta de enormes limpiezas de armarios, cocina y sótano, que son asuntos mayores que acometer en otros ataques de eficacia. Sin prisas. Irá saliendo poco a poco.

Hoy pretendo coser (y descoser bolsillo y tirillas del cuello), pues el abrigo se ha quedado en un rincón por toda esta fiebre organizadora. Confieso, además, que he dedicado tiempo a leer y al portátil viejito de mi papá, que todavía funciona y me ha permitido jugar a mi querido Civilization II.

Estuve bastante enganchada a la serie Peaky Blinders, pero la última temporada me ha dejado fría. No he conseguido entrar en la historia, la trama me pareció inverosímil y me ha podido la decepción. Creo que de momento tengo suficiente con un episodio diario de Siete vidas, justo antes de dormir. Anoto mi intención de escribir sobre la cantidad de tiempo que dedicamos a ver series solo para recordarme a mí misma un artículo al respecto. Aquí o en mi página de autora.

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Sábado 7 de diciembre

Me sorprende constatar cada día la rapidez del paso del tiempo. Necesito escribir la fecha y reflexionar sobre ella, no me basta con verla en el calendario o en la pantalla brillante de mi móvil.

Antes, cuando ejercía mi profesión, anotaba la fecha muchas veces: en la pizarra, en informes, en papeleo variado. Siempre me impactaba la primera vez, pero luego me iba haciendo a la idea, asimilando el día con su paso cotidiano. Eso echo de menos. Aún no lo consigo. Voy avanzando, estoy mejor que hace unos meses, pero me gustaría llegar a un ritmo nuevo y medianamente feliz.

Es cuestión de perseverancia, me digo a mí misma. Debo tomarle el pulso a este nuevo capítulo de mi vida. Hace poco, esperando que me llegase el turno para el láser, una señora presumía a voces de haber cumplido 61 y estar en la mitad de su vida. Aspiraba a llegar a los 120 apelando a que su bisabuela murió a los 115. La farmacéutica argumentaba que tanto a ella no le gustaría, la mujer que se quería longeva intentó incluirme en la conversación, pero yo me mantuve impávida. No tenía ganas de más banalidades con aquella señora que se estaba dejando la pasta en tratamientos estéticos. La tarjeta de crédito echaba humo mientras las esteticistas le recomendaban, que ya es alucinante, que mejor espaciara un poco más las citas.

Hoy vienen los chicos a comer. Haré tortilla de patatas. Y luego no sé, un paseo, un juego, una peli. Ojalá estuviera R. Él y su familia. Podría tener ya algunos niños. No sé. Ay, qué tremendo vacío. Y me duele sobre todo la soledad de su hermano.

Pero no debo teñir de pena esta reunión familiar. Disfrutaré de lo que tengo. Eso sí, con R siempre en el corazón. Seguro que nos acompañará a su manera.

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Viernes 6 de diciembre

Son las siete menos cuarto de una oscura y lluviosa mañana. Comienza un largo fin de semana de cuatro días que me apetece mucho compartir con JC. Tecleo medio dormida, después de un despertar demasiado tempranero, hace ya más de dos horas. Es muy típico en mí esto de no poder dormirme aun teniendo todavía un poco de sueño. Tendré que dar una cabezadita después de comer para recuperarlo.

Ayer resultó una mañana bien cumplida, no solo por el láser, que sigue funcionando en mi delicadísima piel. Me lie la manta a la cabeza y recoloqué la buhardilla. Llevo toda la semana faltando a costura y Photoshop, pero consiguiendo mis metas. Me temo que esto prueba que me he enrolado en demasiadas actividades fuera de la casa.

Pero, bueno, aunque sea despacio, ya he revisado y reestructurado mi vestidor, el sótano, el cuarto de costura, y finalmente mi estudio. Necesito un entorno amable para poder seguir avanzando. Y para ello he tirado mucha metralla, tanto de ropas y telas como de papeles, en los tres lugares. Me falta todavía un empujoncito en la habitación de G, pero será pronto.

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Jueves 5 de diciembre

Sigo escribiendo aquí, en un intento de poner fechas, de reflexionar sobre lo que hago cada día y de vivirlo con consciencia. Así, pasito a pasito, llevo 163 días seguidos. Nuevo récord, dice WordPress. Jajajajaja.

La ansiedad fluctúa, no termino de domeñarla. Me cercan también contracturas de cuello, hombro y lumbares, latentes, a medio gas, que se acentúan cuando camino demasiado, o en la postura forzada de coser, o cuando uso el mouse mucho rato seguido. Eso es vejez, me temo.

Vaya por Dios, acabo de poner negro el teclado y no sé cómo revertir la cosa. Termino la entrada y luego me peleo. Solo cuento que tengo hoy mi segunda sesión de láser y que me está viniendo genial para eliminar el vello del labio. La cera, incluso la fría, me alteraba mucho la piel y, lo que es peor, apenas se curaba ya tenía el dichoso bigotillo asomando de nuevo. Al menos la primera vez del láser no me hizo casi reacción. Veremos hoy qué tal seguimos.

No puedo dejar de escribir que envié a P mi manuscrito y que me harán ellos, la editorial, el informe de lectura. No era lo que pretendía yo. Pensaba retocar lo que mis lectores cero y un informe serio dieran por mejorable. Y luego, tal vez, ofrecerle la novela a mi editor. Pero como no conocía a ningún profesional y lo que veía en Internet me llenaba de contradicciones, le pedí a P una recomendación para conseguir un profesional de solvencia.

Tal vez fue forzar la cosa, no sé si habrá sido un error. Pero ya está hecho. Ha sucedido así inopinadamente, pues que así sea. Por supuesto se lo he agradecido muchísimo y no me voy a pelear con el destino a ese respecto.

Aunque, para ser sincera, me avergüenza que el texto no tenga suficiente calidad. JC dice que no debería agobiarme, pero a mí siempre me acecha el síndrome del impostor. Soy demasiado perfeccionista y consciente de cada fallo. Sé que en lo ortotipográfico está bien, pero dudo en lo técnico: la trama, la tensión, el tono, los puntos de giro, los registros de cada narrador, la construcción de los personajes… Solo es mi primera novela.

No voy a imaginarme demasiadas tonterías, como que me vayan a publicar. La editorial me trata como a una autora suya, es una deferencia que les agradezco. Pero también es cierto que teniendo abierta siempre la recepción de manuscritos para autores desconocidos, supongo que tampoco les será muy complicado para alguien que ya tienen en su catálogo. Y con esto no rebajo el nivel de su delicada atención conmigo, solo intento sentirme menos avergonzada.

Otra opción que estuve barajando mientras escribía era presentarlo al premio de novela de mi ciudad. No es una idea descabellada, pues en parte sucede en ella y ronda, aunque sea en tono de parodia, el género negro. Esa es una posibilidad que todavía no está agotada.

No adelantemos acontecimientos, sin embargo, que parezco la lechera de la fábula. A ver qué me cuentan los amigos y ese lector/a que me ha llegado como caído del cielo y que agradezco porque sé que será un profesional de fiar. Luego llegarán los últimos arreglos y finalmente ya veremos.