Me sorprende constatar cada día la rapidez del paso del tiempo. Necesito escribir la fecha y reflexionar sobre ella, no me basta con verla en el calendario o en la pantalla brillante de mi móvil.
Antes, cuando ejercía mi profesión, anotaba la fecha muchas veces: en la pizarra, en informes, en papeleo variado. Siempre me impactaba la primera vez, pero luego me iba haciendo a la idea, asimilando el día con su paso cotidiano. Eso echo de menos. Aún no lo consigo. Voy avanzando, estoy mejor que hace unos meses, pero me gustaría llegar a un ritmo nuevo y medianamente feliz.
Es cuestión de perseverancia, me digo a mí misma. Debo tomarle el pulso a este nuevo capítulo de mi vida. Hace poco, esperando que me llegase el turno para el láser, una señora presumía a voces de haber cumplido 61 y estar en la mitad de su vida. Aspiraba a llegar a los 120 apelando a que su bisabuela murió a los 115. La farmacéutica argumentaba que tanto a ella no le gustaría, la mujer que se quería longeva intentó incluirme en la conversación, pero yo me mantuve impávida. No tenía ganas de más banalidades con aquella señora que se estaba dejando la pasta en tratamientos estéticos. La tarjeta de crédito echaba humo mientras las esteticistas le recomendaban, que ya es alucinante, que mejor espaciara un poco más las citas.
Hoy vienen los chicos a comer. Haré tortilla de patatas. Y luego no sé, un paseo, un juego, una peli. Ojalá estuviera R. Él y su familia. Podría tener ya algunos niños. No sé. Ay, qué tremendo vacío. Y me duele sobre todo la soledad de su hermano.
Pero no debo teñir de pena esta reunión familiar. Disfrutaré de lo que tengo. Eso sí, con R siempre en el corazón. Seguro que nos acompañará a su manera.