Publicado en reflexiones

Viernes 13 de diciembre de 2019

De pronto me doy cuenta de que ya casi no queda año y escribo sus dígitos de dos mil diecinueve. Tecleo en la buhardilla, con el aire acondicionado porque hace frío, mientras pienso en prepararme para ir a mi ya única clase, la de Proyectos Narrativos de EdE. Estas dos semanas han sido tranquilas, sin salir a costura o a PhotoShop, aunque la próxima y última no no será tanto porque recuperamos el viernes perdido por el puente y me acercaré el 16 y el 20.

Mantengo todavía dolores de espalda e ingesta de ibuprofeno, pero se van calmando, y en cuanto a mi estado general, me asusta el posible deterioro de mis capacidades orales, porque ya no tengo que hablar durante horas cada día. ¿Me estaré volviendo menos ágil en la dicción y en encontrar la palabra apropiada para cada contexto? Me consuelo pensando que al menos escribo, y que eso también es un esfuerzo lingüístico importante.

Apunto, por último, una reflexión sobre la enfermedad repentina y rápida de J y su muerte inesperada. Es que nos ha puesto delante de las nuestras con una crudeza terrible. Luego el estrés postraumático hace el resto. Y vuelve el miedo a perder a JC y a G y a quedarme sola en el mundo. Además, se suma una aprensión subterránea por mi propio final que puede estar tan a la vuelta de la esquina como el suyo. ¿Quién podía haber imaginado en las últimas navidades que no llegaría a estas? Así nos está pasando ya demasiadas veces para no estar prevenidos.