Qué risas ayer, menos mal que al menos nos reímos juntos. La comida navideña fue agradable y distendida, pero no se marchan las sensaciones de irrealidad. Y por eso ahora me parece todo un sueño, aunque haga poquísimo que sucedió y la lógica me diga a gritos que no hay razones para tanto desconcierto.

Llevamos varias comidas copiosas a base de dulces, fritos y grasas, alejados de toda prudencia (me dan miedo los kilos que se me sumarán, tanta dieta para esto). Vemos a familiares y amigos, salimos por el centro, nos hacemos regalos… Unas vacaciones tópicas, entonces, como las de mucha gente, si se analizan con desapego. Sin embargo las sensaciones de incomodidad emocional permanecen intactas.
Claro que ya nada me pilla de nuevas. Tengo muchos años y algo he aprendido de mis vicisitudes previas. Me analizo porque me gusta saber lo que me pasa, pero ya descubrí hace eones que la consciencia no está reñida con la fluidez. Toca dejarse llevar. Ya vendrán momentos más fáciles. O diferentes. O lo que sea.
No debo agobiarme si persiste la sensación de vivir entre bambalinas, actriz que sabe que está en una obra de teatro. En el fondo esa es la mayor de las verdades. ¿Y si como plantea la teoría de la caverna de Platón lo que creo sensaciones de extrañeza son percepciones lúcidas de la auténtica realidad?


