Mañana es Nochebuena y pasado, Navidad. Días de comilonas y celebraciones enajenantes, porque la familia se reduce y los años y las ausencias nos van pesando. Qué desbarajuste emocional y físico, y qué raro se me hace ahora que no tengo vacaciones.
Recuerdo a madres sin hijos contemporáneas a la muerte de Rodrigo que querían borrar estas fechas de un plumazo y me congracio con mi suerte de haber estado trabajando en esos ásperos años de duelo. La mente ocupada en periodos lectivos y la necesidad de descansar en vacaciones navideñas les dieron sentido a mis calendarios. Ahora, jubilada, siento muy vacías estas jornadas de comidas interminables y malestar gástrico en las que no puedo disfrutar de mis aficiones, esas de las que no necesitaba reposo alguno.
Pero no nos pongamos estupendos, yo no soy la medida de todas las cosas. Me está costando centrarme. Apenas comienzo a hacer rutina, surgen nuevas eventualidades que me desconciertan. Tal vez deba darle la vuelta al razonamiento, quizá es que ahora tengo que funcionar de otra manera que nunca antes pensé y no tenía prevista.
Así que de momento dejaré fluir las horas y los días evitando esta conciencia luterana mía que me obliga a aprovechar cada minuto en algo productivo, que me exige eficacia y ritmos innecesarios. A ver si me sale.