Tantos días de comer con unos y con otros, por variados motivos, descontrolada ya la prudencia, son un verdadero desastre. Pobre organismo, en breve sometido a las restricciones de una dieta después de semanas de excesos. Pero algo hay que hacer para que los kilos de más no se queden permanentemente.
Hoy cumple Ela ochenta y seis años. La acompañaremos en su día, como siempre, y así pondremos el habitual cierre a estas fiestas. Intento convencerme de que casi todo es igual, pero no. Cada Navidad es distinta, no importa cuántas lleve experimentadas. Constato que esta sigue siendo la de la extrañeza, de principio a fin.
Hoy alcanzo los 195 días seguidos de escritura en este blog. Números redondos de seis meses y medio. No sé cuánto más puedo avanzar, no tengo más planes que dejarme fluir.
Esta Noche de Reyes de hoy no tiene relevancia para mí desde mi niñez. No la he celebrado ni cultivado nunca, ni siquiera cuando nuestros hijos eran pequeños. Saldré, sin embargo, a comprar vituallas para comer mañana con Ela en el día de su cumpleaños.
Ayer tuvimos el día tranquilo que necesitábamos, y lo dediqué a la costura casi en su totalidad. Debía haber salido a pasear al menos, pero me enfangué con la tarea costurera y se me fue el santo al cielo.
Poco más reseñable, excepto que se agradece tener por fin un día de relax. Después de la mañanita de urgencias no pensé que me hubiera estresado tanto, pero me sorprendieron varios estallidos míos, intemperantes, de crispación soterrada.
Hoy tecleo algo más tranquila, tras leer los periódicos. A ver si consigo terminar el abrigo. Perdí la cuenta de la cantidad de veces que he deshecho la tarea. Va a verse un poco rozado. Menos mal que es un buen paño.
Ayer no fue el día tranquilo de actividades que pretendíamos con G. Estuvimos en urgencias con Ela. Ya está muy mayor y es de suponer que estos sustos se irán incrementando. Más sola que nunca desde que murió J, es independiente y no quiere ayuda ni compañía externa. Supongo que lo normal, seguro que yo haría algo parecido en su caso, pero nos deja en total indefensión a los que debemos cuidarla, porque no se deja.
Al parecer anteanoche se resbaló al salir de la ducha y se dio un golpe en un costado, pero no le pareció de importancia. Sin embargo, la mañana siguiente, la de ayer, se despertó muy dolorida, nos llamó y hubo que acercarla al hospital.
Allí, tras muchas horas de servicio de urgencias masificado, los médicos constataron una costilla fisurada. Estuvimos con ella todo ese tiempo, siete u ocho horas, pero luego la dejamos sola en su casa, donde ella quería ir por encima de todas las cosas. Lo normal, creo que yo también lo querría venirme a la mía en sus circunstancias.
Ni contratar una pulsera de teleasistencia pudimos, al ser ya el puente de Reyes. Así que estos días, los más cruciales, no hay manera de ayudarla. Porque traerla a esta casa nuestra de escaleras está totalmente contraindicado para sus dificultades de movimiento y su necesidad de reposo.
En conclusión, una sensación de impotencia desesperante a la que se unían todo tipo de casualidades incómodas, como que teníamos el coche grande en el taller, había niebla y un tráfico más lento de lo normal, todas las trabas más increíbles para el aparcamiento en el barrio, y los servicios telefónicos colapsados e inoperantes por el fin de semana de cuatro días.
De nuevo estoy despierta a las cinco, el móvil no había llegado al 100%, en su afán de proteger la memoria, con lo que tendré que ponerlo a recargar dentro de un rato. He leído los periódicos, reflexiono sobre mis tabletas (ya tengo dos, soy una irresponsable tecnológica) y sobre cómo seguir con el abrigo, ahora que por fin está encarrilado.
El tiempo pasa muy deprisa. Ya casi se acaban las vacaciones, solo que no hago cuenta atrás porque no tengo que volver al trabajo. Mi única obligación es el Taller de Proyectos, y no regreso hasta el día 21, todavía hay tiempo. Quiero ponerme a escribir, a planificar, pero estamos inmersos en una vorágine navideña, que no cesa hasta el día 6. Me sorprende constatar que es en tres días, entonces. No voy a regresar ni a Photoshop ni a costura. Me centraré en las dos novelas, la terminada, a falta de repaso, y la que estoy empezando. Y veremos si soy capaz de acometer mis afanes de youtuber.
Asumo que me voy a equivocar a lo largo del camino porque ya lo he hecho. Por ejemplo, veo que he elegido demasiadas actividades, que en mi afán de tener que salir de casa se me fue la mano. Elegí materias que me obligaban a trabajar también por mi cuenta, lo que multiplicaba el tiempo invertido necesario. Eso significa que si vuelvo a buscar algo fuera, debería no demandar deberes. Pensé que Photoshop podía ser así, pero no. Además de un profe presuntuoso que se tira hora y media explicando, y mal, se me requiere una dedicación que ni ni ganas ni tiempo.
En costura vuelve a suceder, como en una experiencia previa, que es un grupo que se reúne para hacerse trapos. No se enseña de forma organizada. Creo que la profe sabe más que la de la mercería getafense, eso al menos. Pero está lejos, cuarenta y cinco minutos en metro o en coche no me los quita nadie. Y el ambiente me resulta deprimente, entre cotilleos televisivos y simplismos varios. Aparco la intención de ese aprendizaje. No me motiva hacerme prendas, tengo mucha ropa acumulada para las ocasiones en que puedo ponérmela, ahora que ya no trabajo. Intenté que fuera solo hacer cosas allí, pero no cundieron la enseñanza, el apoyo de la profe, la motivación, ni las compañeras.
En un rato quedamos con G para arreglillos varios en su hogar. Estaremos encantados de verle y charlar con él, como ayer con W. Y en dos semanas con el TEAM. Ay, madre, que no cesa la actividad navideña jajajajaja 🙂
Hoy llevaremos el coche a revisión y luego comemos con W. Cada día tiene su afán. Son las cinco, de nuevo me he despertado muy temprano, supongo que porque ayer no hice suficiente ejercicio.
Debo moverme más, estas comidas navideñas son lo peor. Todavía no me atreví a pesarme, pero he comprobado que aumenté en volumen. No tomamos dulces, ni nos damos grandes atracones, pero sí comemos más cantidad, más a menudo, y cosas que en otras circunstancias evitamos. Por eso ayer estuvimos a ensalada y yogures, para compensar. Tengo que pedir hora para el endocrino, a ver qué tal van tensión, glucosa y kilos. Ufffffff. Esta es una lucha continua.
El caso es que me he despertado de un sueño profundo y lúcido, en un castillo junto al mar, con una arena y unas palmeras azotadas por el poniente mediterráneo. Imagino que influido por la peli que vimos ayer, gaditana a tope. Pero aun así, me deja una extraña sensación de incomodidad emocional, un poco de cosquilleo ansioso que no se me pasa.
Debo contar que ayer, por fin, pude ponerme a coser y me cundió la mañana. Rehice el cuello del abrigo. Quedó mejor. Aunque todavía no perfecto, sí mucho más aceptable. Lo que ahora falla, en menor grado, ya lo comprendo y creo que puedo solventarlo. Ese patrón con mangas ranglan que me parecía más sencillo me ha resultado muy problemático. No hay que fiarse de las apariencias, está claro.
Como anoche nos acostamos a la una, hoy, primer día del año, he amanecido más tarde. Son las nueve menos cuarto. El cielo está despejado y se ve un hielo blanquecino sobre los coches. JC duerme mientras yo tecleo en la oscuridad, como todas las mañanas desde hace ciento noventa días.
Este año nuevo tiene el dígito de los veinte por primera vez, es el de mi total jubilación, tiene connotaciones de felicidad por el adjetivo histórico de los happy twenties, y espero, contra toda esperanza, que por favor nos sea propicio.
Tengo tarea por delante: el abrigo de G, mi nueva novela, crear y editar vídeos educativos. Y vivir mi nueva vida, encontrarle el quid, que todavía se me escapa. Disfrutar del tiempo que se me ha regalado, la cabeza lúcida, la ilusión por hacer cosas, mi pequeña pero maravillosa familia.
Anoche cenamos los tres, JC, G y yo. Rodrigo nos sigue haciendo falta, aunque no duela tanto, aunque estas sean las décimo sextas navidades sin él. Y esta ocasión cambié el menú: tomamos langostinos a la plancha, pulpo y cordero asado. Otros años nos hemos decantado por los huevos fritos con patatas, pero este salió así, improvisado con lo que tenía buena pinta en el híper la misma mañana. Y lo regamos con nuestras bebidas de siempre, aunque añadimos una botella de lambrusco.
Después seguimos las uvas en la sexta, viendo cómo Cristina Pardo se partía de risa ante la apreciación de su compañero, Iñaki López, que aseguró que ellos eran la marca blanca de las campanadas, el Hacendado de esa retransmisión. Con nuestras uvas limpias sin pepitas, empaquetadas en un estuche que parecía un reloj.
A mí los días señalaitos me dan mucha pereza. Me gustó mucho más la jornada laboriosa e improvisada del lunes. Pero no desecho nada y agradezco la compañía de mis tres hombres (Rodrigo seguro que estuvo a su manera).
Y ahora a seguir avanzando. Me tomaré un tecito, un capotí, en inglés gibraltareño, e intentaré de nuevo que el abrigo cuadre. Por tutatis.
Ayer fue un día productivo y también entrañable, que pasamos juntos los tres, JC, G y yo. Hoy volveremos a cenar juntos.
Empezó la cosa con un viajecito al hípermercado, casi impracticable con montones de gente comprando. Yo me había quedado en casa para revisar un asunto al que me había comprometido, pero enseguida me uní a la causa y vimos mamparas para los baños en el Fontanero Feliz.
Necesitábamos ir al Estupendo Bricolaje a echar un vistazo, cosa que aprovechamos para comer en nuestro italiano favorito, que está en ese mismo centro comercial. Engordante pero exquisita. Ñam.
Idas y venidas al Fontanero, arreglillos en la casa, sobre todo a manos de JC, y se nos hicieron las nueve.
Risas, compañía y actividad. Un día estupendo en familia. Y hoy, qué bien, más. Lo único malo y preocupante, el exceso de comida. A dieta estricta en breve, sin remedio.
Nada llamativo que contar. He dormido más que otras veces, son las siete, supongo que porque ayer dimos tres paseos y la actividad física viene bien.
Voy perfilando un nuevo proyecto narrativo, sigo atascada con la costura deshaciendo sin parar y sin conseguir solventar los problemas, no me he atrevido a pesarme después de tantas comidas navideñas y apenas empecé a presumir de que este año no me he resfriado, amanezco congestionada y mocosa.
La vida corriente que, por cierto, llevo contando 188 días según el chivato de WordPress.
Qué poquitos días quedan ya de este año, a punto de entrar en los veinte, pienso en mi abuela, que vivió los del siglo pasado. ¿Serán felices los de este XXI? El futuro es siempre un enigma.
Ayer vi una versión moderna de Mujercitas, qué navideño, como tantas otras veces de mi vida. Hacía mucho que no seguía una película en la televisión. Fue un espanto de largas tandas publicitarias que cortaban en seco la trama y las emociones en los momentos menos adecuados. Desde luego me dejó sin ganas de repetir la experiencia. No vuelvo a permitir que me destrocen así una peli.
Leí esa novela de Louise May Alcott por primera vez a la tierna edad de nueve años. No exagero, estaba en cuarto de primaria y era Navidad, lo recuerdo muy bien, cuando la profesora de Lengua nos instó a elegir un libro de la biblioteca del aula. Me tocó ese, o fue cosa del azar, da lo mismo, el caso es que desde el primer momento esa historia me cautivó.
Ayer, en el tiempo intermedio de los odiosos anuncios, activé el mute para que no me aturdieran. Y estuve pensando en lo que esa escritora y su visión del mundo influyeron en mí.
Sé que a mis pocos años me impresionó el trabajo emocional de aquella familia. Padre, madre o hermanas reflexionaba sobre sus caracteres y procuraban vencer sus defectos con un esfuerzo consciente del que hablaban con naturalidad. Había cuatro personalidades: orgullosa, presumida, tímida o colérica para identificarse. Yo lo hice. Y, como ellas, luché para pulir mi carácter.
Eso es lo que me parecía curioso ayer, que aun siendo tan niña asumí tal asunto como una buena idea, sin que nadie me la impusiese. Está claro que tengo una tendencia a la introspección, no se me ocurre otra forma de explicarlo.
Hoy es el día de los Inocentes, comprendo según escribo la fecha. Habrá que estar atentos a las bromas. A ver si son distinguibles en estos tiempos aciagos y de sucesos extremos, ahora que es cada vez más complicado separar la realidad de la ficción.
Por fin podemos disfrutar de una jornada de tranquilidad y descanso, sin nada previsto, ni visita, ni quedada. Tras las gestiones y papeleos varios de ayer, y las costumbres y reuniones propias de estas fiestas, qué gusto tener un día sencillo y sin más pretensiones.
186 publicaciones seguidas, voy aumentando este récord que no pretendía serlo.
No puedo dormir. Son las dos menos cuarto de la madrugada. Cuando salimos a las ocho a cenar con unos amigos no pensé que eso me descolocaría más de lo normal, tampoco era para tanto, ni volvimos a casa tan tarde. Estas fechas terminan siendo un caos de horarios infames y comidas extemporáneas, me temo. Apenas conseguí atrapar un sueño intermitente, sobre las doce, y media hora después me despejé del todo. Un desastre.
Debo confesar que me había echado una siesta y que esa pudo ser otra razón más para este insomnio que no cede. He leído un buen rato, he bajado a la cocina y me he tomado un vaso de leche con galletas, he añadido una pildorilla de valeriana… Todo en vano. Al final he decidido escribir aquí porque mañana no tendré tiempo antes de las cosas cotidianas, como acostumbro, y por ver si eso me tranquiliza. Ya aviso que, de momento, no.
Así que apunto las novedades de la mañana de ayer, que empezamos JC y yo con un viaje en Cercanias hasta Sol y siguió con un paseo agradable de buenísima temperatura hasta el Banco de España. Allí cambiamos unos billetes de las antiguas pesetas que había encontrado por fin, después de quince años de búsqueda infructuosa. (Los había guardado tan bien que hasta la fecha, oiga. No son muchos euros, habría sido una cantidad más interesante en el pasado, pero nunca es tarde si la dicha es buena). La salida terminó con otra caminata estupenda por el Paseo del Prado hasta Atocha, donde cogimos de nuevo el tren hasta nuestro humilde hogar.
Comimos temprano y yo dormí todo lo que ahora no me sale mientras él se enfrascaba en el último libro de El Gran Wyoming, ese fue mi error. Tuve ya toda una tarde de ese mal humor que caracteriza una mala siesta, salí sin ganas y por el compromiso previo y volví con el estómago revuelto aunque había comido con moderación (una pechuga de pollo a la plancha con una ensalada).
Y aquí estoy, las dos y media, empezando a sentir el peso del sueño en los párpados. Dejaré el móvil y volveré a intentar dormirme. Buenas noches.
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