
Como anoche nos acostamos a la una, hoy, primer día del año, he amanecido más tarde. Son las nueve menos cuarto. El cielo está despejado y se ve un hielo blanquecino sobre los coches. JC duerme mientras yo tecleo en la oscuridad, como todas las mañanas desde hace ciento noventa días.
Este año nuevo tiene el dígito de los veinte por primera vez, es el de mi total jubilación, tiene connotaciones de felicidad por el adjetivo histórico de los happy twenties, y espero, contra toda esperanza, que por favor nos sea propicio.
Tengo tarea por delante: el abrigo de G, mi nueva novela, crear y editar vídeos educativos. Y vivir mi nueva vida, encontrarle el quid, que todavía se me escapa. Disfrutar del tiempo que se me ha regalado, la cabeza lúcida, la ilusión por hacer cosas, mi pequeña pero maravillosa familia.
Anoche cenamos los tres, JC, G y yo. Rodrigo nos sigue haciendo falta, aunque no duela tanto, aunque estas sean las décimo sextas navidades sin él. Y esta ocasión cambié el menú: tomamos langostinos a la plancha, pulpo y cordero asado. Otros años nos hemos decantado por los huevos fritos con patatas, pero este salió así, improvisado con lo que tenía buena pinta en el híper la misma mañana. Y lo regamos con nuestras bebidas de siempre, aunque añadimos una botella de lambrusco.
Después seguimos las uvas en la sexta, viendo cómo Cristina Pardo se partía de risa ante la apreciación de su compañero, Iñaki López, que aseguró que ellos eran la marca blanca de las campanadas, el Hacendado de esa retransmisión. Con nuestras uvas limpias sin pepitas, empaquetadas en un estuche que parecía un reloj.
A mí los días señalaitos me dan mucha pereza. Me gustó mucho más la jornada laboriosa e improvisada del lunes. Pero no desecho nada y agradezco la compañía de mis tres hombres (Rodrigo seguro que estuvo a su manera).
Y ahora a seguir avanzando. Me tomaré un tecito, un capotí, en inglés gibraltareño, e intentaré de nuevo que el abrigo cuadre. Por tutatis.