Qué poquitos días quedan ya de este año, a punto de entrar en los veinte, pienso en mi abuela, que vivió los del siglo pasado. ¿Serán felices los de este XXI? El futuro es siempre un enigma.
Ayer vi una versión moderna de Mujercitas, qué navideño, como tantas otras veces de mi vida. Hacía mucho que no seguía una película en la televisión. Fue un espanto de largas tandas publicitarias que cortaban en seco la trama y las emociones en los momentos menos adecuados. Desde luego me dejó sin ganas de repetir la experiencia. No vuelvo a permitir que me destrocen así una peli.
Leí esa novela de Louise May Alcott por primera vez a la tierna edad de nueve años. No exagero, estaba en cuarto de primaria y era Navidad, lo recuerdo muy bien, cuando la profesora de Lengua nos instó a elegir un libro de la biblioteca del aula. Me tocó ese, o fue cosa del azar, da lo mismo, el caso es que desde el primer momento esa historia me cautivó.
Ayer, en el tiempo intermedio de los odiosos anuncios, activé el mute para que no me aturdieran. Y estuve pensando en lo que esa escritora y su visión del mundo influyeron en mí.
Sé que a mis pocos años me impresionó el trabajo emocional de aquella familia. Padre, madre o hermanas reflexionaba sobre sus caracteres y procuraban vencer sus defectos con un esfuerzo consciente del que hablaban con naturalidad. Había cuatro personalidades: orgullosa, presumida, tímida o colérica para identificarse. Yo lo hice. Y, como ellas, luché para pulir mi carácter.
Eso es lo que me parecía curioso ayer, que aun siendo tan niña asumí tal asunto como una buena idea, sin que nadie me la impusiese. Está claro que tengo una tendencia a la introspección, no se me ocurre otra forma de explicarlo.