No puedo dormir. Son las dos menos cuarto de la madrugada. Cuando salimos a las ocho a cenar con unos amigos no pensé que eso me descolocaría más de lo normal, tampoco era para tanto, ni volvimos a casa tan tarde. Estas fechas terminan siendo un caos de horarios infames y comidas extemporáneas, me temo. Apenas conseguí atrapar un sueño intermitente, sobre las doce, y media hora después me despejé del todo. Un desastre.
Debo confesar que me había echado una siesta y que esa pudo ser otra razón más para este insomnio que no cede. He leído un buen rato, he bajado a la cocina y me he tomado un vaso de leche con galletas, he añadido una pildorilla de valeriana… Todo en vano. Al final he decidido escribir aquí porque mañana no tendré tiempo antes de las cosas cotidianas, como acostumbro, y por ver si eso me tranquiliza. Ya aviso que, de momento, no.
Así que apunto las novedades de la mañana de ayer, que empezamos JC y yo con un viaje en Cercanias hasta Sol y siguió con un paseo agradable de buenísima temperatura hasta el Banco de España. Allí cambiamos unos billetes de las antiguas pesetas que había encontrado por fin, después de quince años de búsqueda infructuosa. (Los había guardado tan bien que hasta la fecha, oiga. No son muchos euros, habría sido una cantidad más interesante en el pasado, pero nunca es tarde si la dicha es buena). La salida terminó con otra caminata estupenda por el Paseo del Prado hasta Atocha, donde cogimos de nuevo el tren hasta nuestro humilde hogar.
Comimos temprano y yo dormí todo lo que ahora no me sale mientras él se enfrascaba en el último libro de El Gran Wyoming, ese fue mi error. Tuve ya toda una tarde de ese mal humor que caracteriza una mala siesta, salí sin ganas y por el compromiso previo y volví con el estómago revuelto aunque había comido con moderación (una pechuga de pollo a la plancha con una ensalada).
Y aquí estoy, las dos y media, empezando a sentir el peso del sueño en los párpados. Dejaré el móvil y volveré a intentar dormirme. Buenas noches.