Ayer no fue el día tranquilo de actividades que pretendíamos con G. Estuvimos en urgencias con Ela. Ya está muy mayor y es de suponer que estos sustos se irán incrementando. Más sola que nunca desde que murió J, es independiente y no quiere ayuda ni compañía externa. Supongo que lo normal, seguro que yo haría algo parecido en su caso, pero nos deja en total indefensión a los que debemos cuidarla, porque no se deja.
Al parecer anteanoche se resbaló al salir de la ducha y se dio un golpe en un costado, pero no le pareció de importancia. Sin embargo, la mañana siguiente, la de ayer, se despertó muy dolorida, nos llamó y hubo que acercarla al hospital.
Allí, tras muchas horas de servicio de urgencias masificado, los médicos constataron una costilla fisurada. Estuvimos con ella todo ese tiempo, siete u ocho horas, pero luego la dejamos sola en su casa, donde ella quería ir por encima de todas las cosas. Lo normal, creo que yo también lo querría venirme a la mía en sus circunstancias.
Ni contratar una pulsera de teleasistencia pudimos, al ser ya el puente de Reyes. Así que estos días, los más cruciales, no hay manera de ayudarla. Porque traerla a esta casa nuestra de escaleras está totalmente contraindicado para sus dificultades de movimiento y su necesidad de reposo.
En conclusión, una sensación de impotencia desesperante a la que se unían todo tipo de casualidades incómodas, como que teníamos el coche grande en el taller, había niebla y un tráfico más lento de lo normal, todas las trabas más increíbles para el aparcamiento en el barrio, y los servicios telefónicos colapsados e inoperantes por el fin de semana de cuatro días.