Me había prometido dejar el manuscrito en reposo, pero no pude resistirlo y volví a revisarlo. Luego JC lo sacó a papel y ahí se ven mejor las cacofonías, vamos, un vuelta a empezar. Sin embargo, no me quejo de esta nueva andanada de trabajo, porque la última pulida me deja mejores sensaciones, más confianza en mi novela.
Es que no creer del todo en un texto propio es un mal trago. De ahí la incesante manía correctora. Quiero pasárselo a P lo más limpio posible. Y a no tardar mucho. Pero, sobre todo, necesito amarlo, defenderlo, considerarlo una buena obra. Y mi tendencia autocrítica es letal para eso.
Mi otra tarea creativa se quedó en suspenso. El abrigo de G está parado, esperando la clase de costura del miércoles. No sé hacer bien el cuello, ni idea de los bolsillos, y las vistas delanteras me traen frita. A ver si C me resuelve algo.
También me afecta la tercera actividad, el Photoshop. Me agobio pensando en los repasos que necesito. Para el jueves hay programada una práctica y con el mengano solo tenemos contemplación de su sapiencia. No es nada didáctico su sistema de estar explicando siempre. Llegará un momento en que me aburra y me marche.
Reflexiono y comprendo que se trata de una diferente actitud vital entre los alumnos. Yo quiero aprender para ir por mi cuenta, cuando los otros son más de llenar el tiempo con algo entretenido. No coincidimos.
Sigo pensando y me digo a mí misma que por qué esa prisa, que no tengo que mantener los ritmos frenéticos de la vida laboral. Ayer, cuando me acerqué al instituto, JL Herrera me comentó que le había costado entender que ya no tenía que ir a toda prisa. Creo que me pasa lo mismo.