
Me invade una cierta nostalgia, un año ya de mis últimas clases. Recuerdo cómo me sentía sabiendo que lo eran, y que las dí con un nudo en la garganta. Explicando el último tema de literatura se me quebraba la voz, con las últimas correcciones de lengua se me inundaba los ojos, y una ternura triste me invadió cuando miré a los alumnos por vez postrera. Eso era algo que ellos no sabían, por lo que esperaban que fuera su profe también el curso siguiente y así, con su energía juvenil, me lo hacían llegar. «Anda, por favor, sí, cógenos el año que viene.»
Han pasado 360 días desde entonces. Me fui encantada de poder descansar por fin, tras 38 cursos. Hoy que habito otro universo laboral y psicológico, me invade una pequeña nostalgia de esa otra vida, aunque soy consciente de que solo es de lo bueno y divertido de ella. Porque no olvido lo malo, lo duro, lo agotador, que además la pandemia y esta gobernación fascistoide y neoliberal han acentuado. Añoro a las personas buenas, compañeros y alumnos. De los impresentables no hago ni mención, siguen ahí, siendo una molestia, pero ya no para mí. Después de lo sucedido con la pandemia, solo puedo felicitarme: ¡de la que me libré, ufffffff!
Empiezo un día nuevo, martes de ir a la compra, de escritura y coser mascarillas de tela suave para los calores que nos esperan. Son las siete. Rula un viento fresco del oeste, con runrún de tráfico y pajarillos.

