Publicado en diario del confinamiento, reflexiones

Lunes 8 de junio de 2020

Son las siete. El álbum de fotos del teléfono me muestra fotografías de hace un año, del bautizo y la fiesta de Andrei Daniel, y luego de mi aula y fechas de junio en la pizarra. Parece que sucedió hace mucho más tiempo, no doce meses, sino veinte o treinta. Cuántas vivencias en este periodo, especialmente las de la cuarentena.

Recuerdo a mis últimos alumnos. A los pequeños, los de trece, en clase, en la Feria del Libro, en el salón de actos, por los pasillos. Y a los de segundo de bachillerato y sus denodados esfuerzos por terminar el curso y sacar adelante la prueba de EvAU. Luego me río viendo que el predictor de palabras del móvil no conoce «denodado» y se lo acabo de «enseñar» yo.

Si alguna vez tuve nostalgia y miedo de haber pedido la jubilación, se me pasó con la pandemia. De menuda me he librado. Y por los pelos.

Ya tengo 10 vídeos en el canal, en ese campo me siento cómoda. En el narrativo apenas he empezado, hoy es cuando toca. No sé muy bien cómo arrancar, simplemente haré unas pruebas. Creo que seguiré con la misma técnica y punto de vista, ya que el ambiente y la ubicación son similares. Cambian el tiempo externo y la temática. Ya veremos si puedo mantener esa manera de contar.

Hace fresco, ayer llovió un poco, con granizo incluido, veo moverse las ramas del pruno pero los trinos prevalecen sobre el murmullo del tráfico, así que supongo que ha cambiado la dirección del viento.

Ela tiene consulta médica, JC la lleva, en el hospital donde la atendieron y también a J. Esperemos que todo esté bien. No es un buen lugar al que acudir, pero no hay otro, pues los ambulatorios están o cerrados o a medio gas. El gobierno de la Comunidad de Madrid no quiere poner ni un euro en adecentar la sanidad pública. Lo ha hecho a regañadientes y por cumplir protocolos, pero se le ve de lejos. Tampoco en educación. Así nos va.