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Martes 10 de diciembre

Después de cuatro días juntos a todas horas, me cuesta separarme de JC esta mañana. Son las siete. Me propongo coser, pero todavía está desapacible y me quedo en la cama, arropadita, un poco más. Ahora que puedo, que no tengo obligación de irme al trabajo.

Ayer estuvimos con R toda la mañana, paseando el centro, y hasta buscamos el libro de Rodrigo en la librería donde hice la presentación. Todavía les quedaba un ejemplar. Me resultaba raro y cuando R comentó que era curioso ir a comprar un libro con la autora al lado, yo me moría de vergüenza. Conté una anécdota parecida y tonta para evitar que siguiera la conversación por esos derroteros.

Qué poquito queda para la Navidad. Dos semanas escasas. Esta de cuatro días en la que estamos y la siguiente. Vuelve a ser extraña y muy ajena. A ver cómo se siente Ela y cómo solventamos la Nochebuena con una ausencia más. Mira que J iba a su aire, que se aislaba y a menudo ni se le veía, pero la casa ahora se ha vuelto enorme y solitaria para ella.

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Lunes 9 de diciembre

Son las seis y media, he dormido profundamente pero poco. Llevo varios días con antiinflamatorios y sin caminar, intentando que se calmase una lumbalgia persistente e incómoda. Sé que la poca actividad física acrecienta mis despertares tempranos, no es la primera vez que sucede. Sin obligaciones laborales, no tendrá mayor importancia que sentirme más somnolienta por la tarde. Eso sí, debería evitar una siesta o entraré en el círculo vicioso de intercambio de horas vespertinas por nocturnas.

Hoy es lunes festivo por traslado del día de ayer. JC y yo hemos quedado en Madrid con R que, como todos los años, ha venido desde Cádiz a pasar con su madre el día de su santo. Nos daremos con él una vuelta navideña por el centro. Espero que no esté totalmente tomado por los turistas y compradores compulsivos que suelen poblar la ciudad en estas fechas. Ya veremos. Algunas calles se ponen realmente intransitables.

Mañana me propongo descoser los errores del abrigo para llevarlo a clase el miércoles. Necesito que me ayuden con los bolsillos, el cuello y la sapiencia general que me pueda ser aplicable. No estoy muy por la labor de seguir con las clases en enero. Mi afán de aprendizaje no se cumple, no hay más método que el que yo imponga y me falta motivación para coser trapitos, que es lo que realmente se hace.

Para el jueves tengo prevista tarea de escritura, alternando con grabaciones con la webcam. No manejo la edición de vídeo, pero JC sí y se ha ofrecido a ayudarme, así que ya no me siento paralizada por la inmensidad de mi inoperancia y puedo lanzarme. A ver qué sale. Miedo me da.

El Photoshop, sin embargo, me temo que no voy a continuarlo. Me aburre el voluntario, que cree lucirse mal-explicando durante toda la clase. Me falta práctica, con él no se hace, y a mí no me alcanzan ni el tiempo ni el interés para hacerlo por mi cuenta.

Vamos, que me había apuntado a tres actividades y voy a dejar dos. Un desastre. Esta semana de libertad que me di me han hecho sentirme liberada. Y, jolines, no tengo por qué imponerme tanta presión. Lo que realmente me gusta es escribir. Y ya solo el intento de YouTube y la escritura son suficiente tarea.

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Domingo 8 de diciembre

Dos días de puente nos quedan todavía. No hemos salido fuera, pero están cundiendo. El viernes hicimos una gran limpieza, ayer comimos con G y B. Cosas sencillas pero no muy comunes que rompen la rutina y cargan el tiempo de valores nuevos. Qué curioso.

Tengo ya organizada la casa, a falta de enormes limpiezas de armarios, cocina y sótano, que son asuntos mayores que acometer en otros ataques de eficacia. Sin prisas. Irá saliendo poco a poco.

Hoy pretendo coser (y descoser bolsillo y tirillas del cuello), pues el abrigo se ha quedado en un rincón por toda esta fiebre organizadora. Confieso, además, que he dedicado tiempo a leer y al portátil viejito de mi papá, que todavía funciona y me ha permitido jugar a mi querido Civilization II.

Estuve bastante enganchada a la serie Peaky Blinders, pero la última temporada me ha dejado fría. No he conseguido entrar en la historia, la trama me pareció inverosímil y me ha podido la decepción. Creo que de momento tengo suficiente con un episodio diario de Siete vidas, justo antes de dormir. Anoto mi intención de escribir sobre la cantidad de tiempo que dedicamos a ver series solo para recordarme a mí misma un artículo al respecto. Aquí o en mi página de autora.

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Sábado 7 de diciembre

Me sorprende constatar cada día la rapidez del paso del tiempo. Necesito escribir la fecha y reflexionar sobre ella, no me basta con verla en el calendario o en la pantalla brillante de mi móvil.

Antes, cuando ejercía mi profesión, anotaba la fecha muchas veces: en la pizarra, en informes, en papeleo variado. Siempre me impactaba la primera vez, pero luego me iba haciendo a la idea, asimilando el día con su paso cotidiano. Eso echo de menos. Aún no lo consigo. Voy avanzando, estoy mejor que hace unos meses, pero me gustaría llegar a un ritmo nuevo y medianamente feliz.

Es cuestión de perseverancia, me digo a mí misma. Debo tomarle el pulso a este nuevo capítulo de mi vida. Hace poco, esperando que me llegase el turno para el láser, una señora presumía a voces de haber cumplido 61 y estar en la mitad de su vida. Aspiraba a llegar a los 120 apelando a que su bisabuela murió a los 115. La farmacéutica argumentaba que tanto a ella no le gustaría, la mujer que se quería longeva intentó incluirme en la conversación, pero yo me mantuve impávida. No tenía ganas de más banalidades con aquella señora que se estaba dejando la pasta en tratamientos estéticos. La tarjeta de crédito echaba humo mientras las esteticistas le recomendaban, que ya es alucinante, que mejor espaciara un poco más las citas.

Hoy vienen los chicos a comer. Haré tortilla de patatas. Y luego no sé, un paseo, un juego, una peli. Ojalá estuviera R. Él y su familia. Podría tener ya algunos niños. No sé. Ay, qué tremendo vacío. Y me duele sobre todo la soledad de su hermano.

Pero no debo teñir de pena esta reunión familiar. Disfrutaré de lo que tengo. Eso sí, con R siempre en el corazón. Seguro que nos acompañará a su manera.

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Viernes 6 de diciembre

Son las siete menos cuarto de una oscura y lluviosa mañana. Comienza un largo fin de semana de cuatro días que me apetece mucho compartir con JC. Tecleo medio dormida, después de un despertar demasiado tempranero, hace ya más de dos horas. Es muy típico en mí esto de no poder dormirme aun teniendo todavía un poco de sueño. Tendré que dar una cabezadita después de comer para recuperarlo.

Ayer resultó una mañana bien cumplida, no solo por el láser, que sigue funcionando en mi delicadísima piel. Me lie la manta a la cabeza y recoloqué la buhardilla. Llevo toda la semana faltando a costura y Photoshop, pero consiguiendo mis metas. Me temo que esto prueba que me he enrolado en demasiadas actividades fuera de la casa.

Pero, bueno, aunque sea despacio, ya he revisado y reestructurado mi vestidor, el sótano, el cuarto de costura, y finalmente mi estudio. Necesito un entorno amable para poder seguir avanzando. Y para ello he tirado mucha metralla, tanto de ropas y telas como de papeles, en los tres lugares. Me falta todavía un empujoncito en la habitación de G, pero será pronto.

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Jueves 5 de diciembre

Sigo escribiendo aquí, en un intento de poner fechas, de reflexionar sobre lo que hago cada día y de vivirlo con consciencia. Así, pasito a pasito, llevo 163 días seguidos. Nuevo récord, dice WordPress. Jajajajaja.

La ansiedad fluctúa, no termino de domeñarla. Me cercan también contracturas de cuello, hombro y lumbares, latentes, a medio gas, que se acentúan cuando camino demasiado, o en la postura forzada de coser, o cuando uso el mouse mucho rato seguido. Eso es vejez, me temo.

Vaya por Dios, acabo de poner negro el teclado y no sé cómo revertir la cosa. Termino la entrada y luego me peleo. Solo cuento que tengo hoy mi segunda sesión de láser y que me está viniendo genial para eliminar el vello del labio. La cera, incluso la fría, me alteraba mucho la piel y, lo que es peor, apenas se curaba ya tenía el dichoso bigotillo asomando de nuevo. Al menos la primera vez del láser no me hizo casi reacción. Veremos hoy qué tal seguimos.

No puedo dejar de escribir que envié a P mi manuscrito y que me harán ellos, la editorial, el informe de lectura. No era lo que pretendía yo. Pensaba retocar lo que mis lectores cero y un informe serio dieran por mejorable. Y luego, tal vez, ofrecerle la novela a mi editor. Pero como no conocía a ningún profesional y lo que veía en Internet me llenaba de contradicciones, le pedí a P una recomendación para conseguir un profesional de solvencia.

Tal vez fue forzar la cosa, no sé si habrá sido un error. Pero ya está hecho. Ha sucedido así inopinadamente, pues que así sea. Por supuesto se lo he agradecido muchísimo y no me voy a pelear con el destino a ese respecto.

Aunque, para ser sincera, me avergüenza que el texto no tenga suficiente calidad. JC dice que no debería agobiarme, pero a mí siempre me acecha el síndrome del impostor. Soy demasiado perfeccionista y consciente de cada fallo. Sé que en lo ortotipográfico está bien, pero dudo en lo técnico: la trama, la tensión, el tono, los puntos de giro, los registros de cada narrador, la construcción de los personajes… Solo es mi primera novela.

No voy a imaginarme demasiadas tonterías, como que me vayan a publicar. La editorial me trata como a una autora suya, es una deferencia que les agradezco. Pero también es cierto que teniendo abierta siempre la recepción de manuscritos para autores desconocidos, supongo que tampoco les será muy complicado para alguien que ya tienen en su catálogo. Y con esto no rebajo el nivel de su delicada atención conmigo, solo intento sentirme menos avergonzada.

Otra opción que estuve barajando mientras escribía era presentarlo al premio de novela de mi ciudad. No es una idea descabellada, pues en parte sucede en ella y ronda, aunque sea en tono de parodia, el género negro. Esa es una posibilidad que todavía no está agotada.

No adelantemos acontecimientos, sin embargo, que parezco la lechera de la fábula. A ver qué me cuentan los amigos y ese lector/a que me ha llegado como caído del cielo y que agradezco porque sé que será un profesional de fiar. Luego llegarán los últimos arreglos y finalmente ya veremos.

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Miércoles 4 de diciembre

El tiempo pasa deprisa. Me aturulla. Estoy cansada, supongo que me pesa el trimestre. No de trabajo, claro, pero sí de mucho ajetreo. Y de angustia emocional. Todavía estamos tocados por el duelo. Llevará su tiempo, no se le puede meter prisa a un proceso así. Y menos cuando sucede con nuestros tristes antecedentes.

Llueve. Me da pereza ir a costura. A la vez me encantaría poder terminar el abrigo. Y eso es incompatible. Tampoco tengo nada previsto para hoy, podría ser eso. Bueno, excepto mis tareas de narrativa. Ah, oye, y una webcam recientita con la que me apetece hacer pruebas.

Rectifico. Por supuesto que se me ocurren alternativas. Pero no me gusta dejar nada a medias. Debería seguir con el abrigo. Me doy una ducha y me lo llevo. Venga.

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Martes 3 de diciembre

Me había prometido dejar el manuscrito en reposo, pero no pude resistirlo y volví a revisarlo. Luego JC lo sacó a papel y ahí se ven mejor las cacofonías, vamos, un vuelta a empezar. Sin embargo, no me quejo de esta nueva andanada de trabajo, porque la última pulida me deja mejores sensaciones, más confianza en mi novela.

Es que no creer del todo en un texto propio es un mal trago. De ahí la incesante manía correctora. Quiero pasárselo a P lo más limpio posible. Y a no tardar mucho. Pero, sobre todo, necesito amarlo, defenderlo, considerarlo una buena obra. Y mi tendencia autocrítica es letal para eso.

Mi otra tarea creativa se quedó en suspenso. El abrigo de G está parado, esperando la clase de costura del miércoles. No sé hacer bien el cuello, ni idea de los bolsillos, y las vistas delanteras me traen frita. A ver si C me resuelve algo.

También me afecta la tercera actividad, el Photoshop. Me agobio pensando en los repasos que necesito. Para el jueves hay programada una práctica y con el mengano solo tenemos contemplación de su sapiencia. No es nada didáctico su sistema de estar explicando siempre. Llegará un momento en que me aburra y me marche.

Reflexiono y comprendo que se trata de una diferente actitud vital entre los alumnos. Yo quiero aprender para ir por mi cuenta, cuando los otros son más de llenar el tiempo con algo entretenido. No coincidimos.

Sigo pensando y me digo a mí misma que por qué esa prisa, que no tengo que mantener los ritmos frenéticos de la vida laboral. Ayer, cuando me acerqué al instituto, JL Herrera me comentó que le había costado entender que ya no tenía que ir a toda prisa. Creo que me pasa lo mismo.

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Lunes 2 de diciembre

Otra semana más, cómo pasa el tiempo. Tengo tarea de escritura y el abrigo de G a medias, pero hacia las once me acercaré por el instituto, porque hoy se compra la lotería. No es más que una disculpa, una oportunidad de saludar a los compañeros que puedan estar por allí. Yo siento que ya me tocó el gordo navideño con la jubilación, no me importa el dinero.

Aunque es un hecho que ir todavía me resulta bastante raro, ajeno y sorprendente. He perdido la rutina arropadora de las semanas anteriores y me cuesta volver a encarrilarme. También debo confesar que la visita me produce una cierta desazón, algo de reparo, una curiosa incomodidad, tal vez nostalgia lejana por lo perdido.

Suena el despertador, JC estaba tan profundamente dormido que me da penita este madrugón. Tecleo en la oscuridad. Me levantaré en breve. La aprensión me asalta por un momento. El miedo, el estrés postraumático todavía me anda rondando. Pero hay que seguir. Y sigo.

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Domingo 1 de diciembre

Tecleo en la oscuridad, con una contractura en el cuello, a dieta estricta, pensando en bajar al sótano a coser. Tengo encarrilado el abrigo de G después de algunos momentos de pánico en los que no sabía cómo seguir. Vendrá luego a probarse y eso me hace ilusión. Ojalá le guste. Hago todo lo que puedo, pero solo soy una costurera aficionadita.

En cuanto a lo anímico, la sensación de irrealidad todavía nos embarga. Y las próximas fiestas no serán de ayuda para hacer esa rutina que tanto nos cura. Dos semanas de cuatro días, comidas cenas y demases alteran siempre, no se puede llamar uno a engaño. En fin, sentimos el presente algo más sosegados que hace una semana. A eso vamos a aferrarnos. Ya contaré si funciona.

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Último día de noviembre

Son las siete y media, llevo ya noventa minutos despierta, escribiendo o echando un vistazo a las noticias.

Tenemos una compañera nueva en Narrativa, una mujer encantadora, ME. A cambio, la pequeño-burguesa desagradable no ha vuelto. Al parecer ni el viernes que falté yo, por J, ni ayer. Tampoco me importaría que fuera permanente, menuda impresentable.

El profe se quedó un tanto choqueado con mis relatos breves. Esperaba más novela, pero ya no me alcanzan las fuerzas para seguir revisándola a trozos. Quizás lo necesite, pero lo haré con alguien que la lea completa. El troceado no me renta. A ver lo que me dicen mis lectores cero, especialmente de los desenlaces.

La otra compañera también estaba flaqueando. Es que ya llevamos demasiados meses en lo mismo. Yo me propongo este mes de relatos, para organizar un libro con ellos. Y empezar una nueva propuesta en enero. Ahí es na.

Pero hoy lo que prima es coser, que G sigue yendo por ahí con el abrigo horroroso. A ver si termino yo uno más razonable.