Sigo apuntando mis días , intentando vivirlos con consciencia, aunque todos se parecen y confunden mucho desde que me jubilé. Cuánto esperé el momento, cuánto lo disfruté y qué raro y ajeno me parece todo ahora. Han pasado demasiadas cosas este último año, muchas y que me desconciertan.
La publicación del libro de Rodrigo, las presentaciones, la Feria del Libro de Madrid, la última Selectividad, el fin de curso, mis últimas clases y la despedida de la vida docente, las vacaciones en León y en Asturias, la Semana Negra, la enfermedad de Javier, mis clases de costura, photoshop y narrativa, el viaje a Portugal, el fallido a Venecia, la muerte de Javier, la extraña Navidad posterior, el viaje a Sevilla, las tres presentaciones en Asturias, la emotiva visita a Belfast y luego, de pronto, el aniversario del 11M más raro e impensable, esta pandemia y el confinamiento.
Me disgusta haber perdido mi plaza en el instituto, tan cerca de casa, mi aula, mis rutinas y la sensación de ser productiva. Pero a la vez me alegro de no estar teletrabajando. Una contradicción, una marea de sensaciones extrañas, que solo muestran que a este cambio hay que adaptarse despacio. Y que este parón repentino descoloca mucho.
Ayer no bailamos, fue lo único diferente de estos días tan iguales. Me dolía la espalda. Escribí poquísimo. Cociné mucho, JC fue a la compra y arregló una gotera del tejado, vi tres o cuatro episodios de The good wife y algunos vídeos de YouTube. Corregí todo el texto, eso sí. Pero solo llevo escritas dos páginas. Las vacaciones me sirvieron para descansar, no adelanté nada. Una vergüenza.Así que hoy me toca. Sin excusas.
La dieta va despacio también. Ni medio kilo, aunque estoy tomando ibuprofeno y hasta que no lo deje no lo veré en la báscula, al menos he dejado de sentir cómo me crece el trasero. Jajajajaja.
Son las 8:39. Hace quince días que no escribo en la bitácora de autora, parece que no llueve, y llevo 296 días seguidos escribiendo aquí.
