Publicado en diario del confinamiento, reflexiones

Miércoles 15 de abril

Llevamos un mes confinados. Y lo que nos espera todavía. Se hace largo emocionalmente, pero no me quejo. Estamos bien, estamos juntos, no tenemos apuros materiales, vivimos en una casa con espacio, aire, luz y un jardincito donde tomar el sol. Sería una frivolidad imperdonable ponernos quejicas.

Ayer parece que fue el día de las entregas. Por fin la de la farmacia, desde el 31 ya tocaba, menos mal. Pero es que llegaron también las verduras y frutas, a las 9 y pico, pobres, súper tarde. Hice el pedido apenas 24 horas antes. Vienen de una finca modesta, en Arganda, con un reparto casero. Parecen cosas ricas. Dejamos todas las viandas pasando una cuarentena en el garaje. No se nos ocurrió otra manera de higienizarlas, al menos de momento. Pero les hincaremos el diente enseguida.

También fue ayer cuando conseguimos completar un pedido para Ela, que le entregarán el lunes. Y otro de productos de dieta, que no sé cuánto tardará. De momento tengo cosucas para ir tirando una semana, pero no quería quedarme corta porque me he puesto a ello seriamente.

Antes me daba miedo hacer dieta y bajar mis defensas, pero he comprendido que subir de peso tampoco es bueno, porque aumentan mi tensión arterial, el estrés y los niveles de azúcar. Llevo solo dos días, no se nota nada aún, sin embargo estoy activa, animada y resuelta, que es lo importante.

La escritura va lenta, como siempre. No agónica, he recuperado cierta serenidad, pero sigo poco productiva. Tengo vídeo conferencia el viernes otra vez. Y unas cuatro caras de texto. Necesito seguir avanzando. Ojalá que también lo suficiente para alcanzar algo de reserva.

Son las 7:38, llueve, todavía está oscuro. Empieza un nuevo día.