Son las ocho de la mañana de Pascua más extraña que nunca pude imaginar. Acabo de saber por WhatsApp que ha fallecido el padre de una compañera. No lo conocía ni a él ni a su madre, pero sí la recuerdo hablando de ellos y siento como si realmente lo hubiera hecho. Nos cuenta la repentina soledad de su madre, la impotencia de no poder acompañarla, así que supongo que ni siquiera están en Madrid. Y la comprendo demasiado bien. Y siento miedo, empatía, tristeza.
Me acuerdo de mis padres, que se fueron demasiado pronto. Hace quince años ya de su marcha. Y tengo el consuelo absurdo de que al menos se evitaron esta pandemia horrorosa. Como si eso sirviera para algo. Como si nos hubieran dado a elegir.
V ha vuelto a casa, le espera una convalecencia lenta pero está bien. Ela sigue aislada y sana. Aparentemente todos lo estamos. Pero el confinamiento y las próximas oleadas nos van a dejar agotados anímicamente.
No quiero, sin embargo, dejar este escrito en ese tono pesimista. Sigo escribiendo, continuamos bailando, aplaudimos cada tarde, mantenemos limpios la casa y el espíritu. Voy a leer el periódico, a darme un baño y a vestirme un poco mejor hoy, para celebrar el día de fiesta. Hasta mañana.