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Miércoles, día 232 de Pandemia

«Martes, día 231 de Pandemia. España alcanza el mayor número de fallecidos en la segunda ola. Varias comunidades superan sus peores registros de contagios. Aumentan la presión hospitalaria y el colapso sanitario. El exceso de muertes supera las 9.000 desde principios de septiembre. La pandemia repunta en toda Europa. Se anuncian confinamientos autonómicos y nuevas restricciones. Los expertos avisan de que nos vayamos despidiendo de la navidad, y algunos operadores turísticos dan por perdida la próxima semana santa. Los ensayos para una vacuna van rápidos pero no la esperemos antes del verano. La policía denuncia cientos de fiestas y botellones en la primera noche de toque de queda. Crece el número de parados. Empeoran las previsiones económicas. Decenas de dirigentes políticos se reúnen en una lujosa cena en Madrid. «

Así empieza un artículo de Isaac Rosa que me parece un muy buen resumen de lo que pasa y por eso lo copio. Junto con el cómputo, que me quedo como titular para este post. Jopletas, 232 días hoy.

Pero luego sigue con un optimismo que me anima: que no todos los políticos son iguales, porque «los hay que no dan espectáculo, bronca ni portadas, y que a cambio llevan meses durmiendo poco, sin apenas vacaciones, escuchando a quienes saben del asunto, cambiando prioridades y destinando recursos en el ámbito de sus competencias.

Que «hay además miles de trabajadores públicos que nos están salvando.» Los sanitarios, los trabajadores del sistema educativo, los de las fuerzas de seguridad, que tienen la labor más ingrata pero también hay que reconocerles en un año tan conflictivo. Y muchos otros trabajadores públicos que están sosteniendo unas administraciones sometidas a una tensión sin precedentes.»

Que «están también todos aquellos trabajadores que ahora llamamos «esenciales» y que llevan meses en primera línea de pandemia, normalmente acompañando el riesgo de contagio con unas malas condiciones laborales. (…) «Echen un vistazo alrededor, a toda esa gente responsable que seguro conocen. (…) Frente a esa imagen de país frívolo y temerario, lo que más veo es gente que respeta las normas sin tener un policía encima, que sigue las recomendaciones todo lo que sus circunstancias se lo permiten, que va a acumulando planes aplazados para «cuando pase la pandemia».

«Y los que ya nos cuidaban y nos salvaban antes de la pandemia, y ahora no faltan: todos aquellos colectivos, organizaciones, sindicatos, asociaciones vecinales, redes comunitarias tradicionales y otras nuevas, que estos meses no han parado de ayudarse unos a otros y a los demás, repartiendo alimentos, asegurando cuidados, organizando redes de solidaridad, acompañando soledades, denunciando necesidades, buscando recursos»

(…) «Por debajo de esa imagen de país fallido, arruinado, de gobernantes incapaces y ciudadanos irresponsables, yo me quedo más con todas esas personas que en distintos frentes están consiguiendo que, en medio de una pandemia descomunal que golpea a tantos países y ante la que hay aún tanta incertidumbre, estemos mal pero no peor. Que no es poco. Ahora llámenme ingenuo si quieren.»

«Si no les vale para acostarse hoy un poco menos pesimistas, ahí va un bonus track: los mejores investigadores, laboratorios, universidades y centros de investigación de todo el planeta están trabajando incansablemente por conocer mejor el virus, frenar los contagios, desarrollar remedios y vacunas. Y en muchos casos lo están haciendo de manera colaborativa, intercambiando información y experiencias, un gigantesco cerebro colectivo como no se ha visto otro igual en la historia. Tardarán más o menos, pero lo conseguirán.»

Hoy quiero empaparme de esa energía maravillosa.

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Último lunes de octubre

Pasan las semanas deprisa, JC teletrabaja y yo llevo unos días de lo más cansinos.

Ya cambiaron la hora, por lo que las tardes se han vuelto breves y demasiado oscuras. Por contra, me despierto aún más temprano de lo habitual, que ya es, así que no me parece que haya más luz por la mañana.

El clima pasa del sol a la lluvia en minutos y el viento arranca sin misericordia las hojas de los árboles. Por eso ayer no salimos de casa. Fue la primera vez en meses que no dimos al menos uno de nuestros paseos.

No tenía yo ánimo para ello. Sufro un malestar raro, sin fiebre, de congestión nasal, que ahora se va convirtiendo en tos seca. Como un resfriado leve, excepto en que me da flojera y un cansancio extremo. ¿Es un catarro común, o una gripe suave (estoy vacunada), o una variante poco sintomática del dichoso coronavirus?

Cuando me pregunto dónde  he pillado ese resfrío y miro a la semana previa, solo aparecen dos opciones: el tiempo de tratamiento dental, o la comida con G. Las dos veces estuve sin mascarilla, obviamente. La dentista y su ayudante, sin embargo, estaban bien pertrechadas, así que me inclino más por la segunda opción.

No tengo más contactos. Fui a la peluquería y a la compra este jueves, breve tiempo, con mascarilla. Pero o más probable es que G nos trajera el mismo malestar que sufría B y por el que no quiso ella acercarse hasta nuestra casa el sábado anterior.

Pero todo son puras elucubraciones. Podría ser de antes. Llevo más días con ansiedad y ahogos en los paseos que achacaba a la mascarilla y a la subida de estrés. Pero si rastreo más allá, tampoco encuentro otras posibilidades diferentes. No tenemos ninguna vida social. En todo caso, lo escribo como reflexión sobre la trazabilidad de un virus y sus dificultades, incluso en mi caso, que tengo tan poquísima interacción social.

Este finde ya la cosa se ha vuelto extrema y solo hemos hablado por teléfono con G. Y, menos mal, JC no parece haberse contagiado conmigo. Veremos si en cinco o seis días no tiene los mismos síntomas, tendré que estar pendiente, por si acaso. Concluyo con la idea de que pudiera ser una coriza, porque responde muy bien a los antihistamínicos.

Llevaré FFP2 a mi Taller de Narrativa, por pura responsabilidad. Necesito hablar un poco con ChA. Y entonces terminaré, para bien o para mal, con unas dudas que ya no lo son tanto (me fui haciendo a la idea). Esta situación sanitaria, no obstante, podría dar al traste con todo. No queda más que darle tiempo al tiempo.

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Fin de semana de descanso

Volví a hablar con FG, el editor, y ahora por fin comprendo del todo la propuesta y me he quedado más tranquila. No es coedición, porque no tengo que pagar nada, pero la primera presentación corre toda de mi cuenta, casi como si autoeditara. A cambio, la distribuidora es profesional y las siguientes presentaciones y ventas, si las hubiere, pueden ser ya tradicionales. En conclusión: editan de forma peligrosamente al límite. Pero es lo que hay. Y más en estos tiempos de pandemia.

El lunes por la tarde tengo clase presencial en la FPJH y podré hablar con el profesor, ChA, al que pedí ayuda por email en un rapto de desesperación y que ha resultado un experto en el tema. Madre mía, qué suerte haber elegido ese curso, qué a propósito. Y haber encontrado al profe, porque además es cercano, amable y colaborativo. Estoy casi decidida a seguir adelante con la editorial, aunque me esperaré a ver qué me dice. Creo que también me va a animar, pero por si acaso. SB, el editor del libro de Rodrigo, me pidió que le tuviera al tanto de cuándo publicaba y me deseó suerte. Vamos, que él daba todo por bueno, incluso conociendo las circunstancias. Y eso significa, o bien que se leyó todo en diagonal, o bien (y eso es lo que me temo) que esas circunstancias le resultan más que conocidas y que es lo que puedo esperar yo en mi bisoñez.

Porque hay más de 300 editoriales indie en este país nuestro. Y más clientes entre los que escribimos que entre los que leemos. ¿Será esta la fórmula actual de muchas de ellas? Imagino que hacen impresión a demanda (los libros que yo les pida), recuperan la inversión ipso-facto (en el plazo de un mes), y con eso ya pueden ir tirando respecto a las demás presentaciones o ventas. FG me dio más datos de portadas, maquetaciones, precios y el proceso completo. Resolvió todas mis preguntas de forma abierta y, al menos así lo creo, honesta. Por eso pienso seguir adelante y probar suerte. Veremos que dispone la diosa Fortuna.

No escribo más, hoy ando un poquito destemplada y cansina, de manera que se me agolpan las ideas y llevo un buen rato remozando los párrafos con resultados mediocres. Como toda la noche me estuvo doliendo la garganta, nada más levantarme me tomé un Stopcold. Esa mezcla de cetirizina y seudoefedrina dan un empujón mañanero, pero por la tarde llega el destrozo total. De resultas, no he terminado mi vídeo de la semana. No me alcanzan ni la mente, ni las fuerzas. A ver si mañana estoy más despejadita. Buenas noches.

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Incertidumbre

Me he despertado excesivamente pronto, no son ni las seis. Me siento cansada pero no consigo volverme a dormir. Todo está oscuro, tecleo bajo el edredón. Más allá del silencio aparente, oigo el tictac del reloj de la entrada.

Hoy, a las doce y media, me llama un editor. Desasosiego. ¿De qué querrá hablar? Estoy en campo desconocido, porque la editorial es nueva. Se está estrenando ahora, así que no hay opiniones sobre ella que puedan consultarse.

En estos últimos días ha anunciado una primera tanda de cuatro o cinco títulos. Supongo que mi novela sería para más adelante. Pero esperar no es un problema para mí.

Sé que el proceso lleva su tiempo, esa fue también mi experiencia con el libro de Rodrigo. Firmé el contrato por estas fechas, pero se publicó en febrero. Y por lo que he visto en otros autores, no resultó una espera larga. No es eso lo que me preocupa.

Es obvio que me están valorando junto con otras propuestas, así que también lo es que podría quedar fuera del proyecto. De qué dependerá la decisión no tengo ni idea. Intento no hacerme ilusiones. Y no solo porque puedo no ser seleccionada, sino porque podrían no convencerme las condiciones del contrato.

No es que busque grandes anticipos, ni tratamiento de estrella del rock. Solo que tengo muy claro que no quiero ni auto ni coedición. Ni híbrido similar, ni invento nuevo. Y esa es una sospecha que me ronda, obviamente, porque no hay información previa sobre esta nueva empresa.

En unas horas se resolverán los enigmas. Ya veremos si todos. Seguiré contando.

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El asunto literario sigue su curso

El martes 6 recibí un email en el que un editor decía estar «interesado en mi novela» y me rogaba que rellenase un cuestionario. El jueves 15 me ha vuelto a escribir para concertar una cita telefónica, porque «han considerado mi texto publicable y hay muchas papeletas de que finalmente lo sea.» Hemos quedado para el lunes 19.

Parece que la cosa va. Aunque todavía puede quedar en nada, me emociona mucho saber que lo que escribo llega a interesarle a alguien. Lo suficiente, además, como para publicarlo. Si finalmente no saliera, al menos me quedo con ese espaldarazo emocional, que me ayuda no solo a seguir escribiendo, sino a enviar mis textos como propuestas editoriales. Porque dejarlos pudrirse de aburrimiento en un archivo del PC no puede ser ya nunca más una opción. Si no sale con esta editorial, hay otras. Si no es en 2020 será en 2021. Hay que intentarlo.

Hago constar, además, que no solo voy a luchar por Nina, mi primera novela. Es que sigo cuidando del libro de Rodrigo y que tengo una segunda novela terminada que defender.

Ese segundo texto fue el que acabé en junio y de momento, se halla en hibernación, pues lo envié a un concurso de los que exigen total exclusividad. Yo me temo mucho que es de los amañados, pero me hacía ilusión participar. Y ya que la pandemia les obligaba a recibir los manuscritos on-line, fui yo y me di el lujo. En otras circunstancias el gasto en copias y en correo para que ni se lo mirasen, no me lo habría planteado. De esa manera, podré presumir ante mis nietos (si es que alguna vez los tengo) de mi participación. Una experiencia intensa en medio de esta adocenante crisis de contactos sociales no viene mal, ¿verdad?

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Mis actividades 2020-21

Tuve una primera y brevísima reunión del Club de Lectura de la Biblioteca municipal. Por Zoom. Duró menos de 15 minutos y pude constatar que los participantes se conocían de otros años y que son gente mayor, salvo una jovencita aterrorizada que me da a mí que no sigue. El profe, por cierto, es también el que imparte los cursos de EdE de Getafe. Supongo por el acuerdo que tienen con el Ayuntamiento. Así que, qué buena coincidencia, me interesa conocerlo más, por si finalmente llega a dar un curso de proyectos o algo que me interese.

Se llama Adolfo Gilaberte, por cierto, que no se me olvide. Hace una Novela I este curso, además de Relato Breve, así que supongo que el año próximo hará la II. Lejos me queda, me temo, entonces, un curso de Proyectos. Aunque soñar no cuesta, ¿verdad?

Pero, lo que contaba, nos vimos por vídeo conferencia (por cierto, en el Zoom de EdE), solo para convenir el título que leer y que comentaremos en noviembre. Salió elegida Matar un ruiseñor de una lista rarísima, condicionada por lo que ya han leído los socios antes y por los libros de los que la bilioteca puede proporcionar muchos ejemplares. A mí me toca las narices que sea un texto traducido y siempre espero que mi traducción no sea una birria, porque si es así me enerva cantidad. En fin, me consolé pensando que también tiene una película que ver y con la que comparar guión y novela.

El asunto es que llevo ya un veinte por ciento y es bastante aburrida. La conseguí también en inglés y pensaba hacer una segunda lectura en su idioma original, pero creo que no me apetecerá nada. Confieso, además, que si fueran otras las condiciones, ya habría desechado el texto. Porque los años me han vuelto más selectiva e intemperante respecto a lo que leo. Le doy pocas oportunidades a lo que empieza mal, o es lento, o tiene errores tipográficos, o un ritmo flojo… No estoy diciendo que ese clásico norteamericano tenga todos esos defectos, pero desde luego el planteamiento es lentísimo y bastante pesado. Vale, soy yo la que aguanta poco. Ya he leído mucho y no soporto perder el poco tiempo que me queda en tonterías. Me puede este último desdén.

Así que, bueno, el Club me va a obligar a seguir lo que por mi cuenta dejaría sin contemplaciones. Supongo que una lectura al mes no será cosa de mucho agobio, puede que hasta me venga bien, por eso me he enrolado. La lista no abusa de norteamericanos, pero sí hay bastantes traducciones. Es inevitable, me temo. El asunto de la prosodia es que ni se lo plantean. En todo caso, esa lista es más larga que las reuniones posibles, hay incluso libros de poemas, ya veremos en qué termina.

De cómo se comenten las obras y de los egos y manías de los participantes supongo que hablaré en otras entradas. Un contacto rápido me hace temer algunos plastas en ese sentido. Lo común, por otra parte, en estos mundos. Idem de lienzo sucederá en el taller de narrativa. Iré contando.

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Lunes 12 de octubre de 2020

Dried flowers and book on wooden background

Empieza la última semana de vacaciones para JC y seguimos casi confinados, saliendo solo a lo necesario. Pero cada vez que le comento que me apeno por él y por si echa en falta no aprovecharlas viajando más, como otros años, me contesta que no les dé la importancia que no tienen. Considera que, en estas nuevas circunstancias, no hemos salido más porque realmente no nos sentimos cómodos fuera, ni en Alicante, que es casa propia también.

Tiene toda la razón del mundo cuando me explica que aquí estamos protegidos y no nos falta de nada. Quizá solo las interacciones sociales, (que no es poca deficiencia, aunque de momento resulte llevadera), le digo yo. En ese sentido la vida se ha vuelto extraña. La sobrellevamos, sí, pero a la larga me parece que ese aislamiento terminará siendo muy nocivo y me da miedo que se haga crónico.

Para evitarlo, y más en mi situación de recién jubilada, ya el curso pasado y sin pandemia amenazante, busqué grupos con los que compartir aficiones. El de costura no me funcionó. Tampoco el de Photoshop. Pero el de Proyectos Narrativos de EdE me encantó mientras pude ir presencialmente, y fue una grata compañía durante todo el confinamiento.

Este segundo curso de pensionista, y con tantas restricciones, he conseguido dos actividades en el barrio relacionadas también con el campo literario: un Taller de Narrativa, con tres sesiones mensuales, y un Club de lectura que se reúne el primer martes de cada mes. Pero de eso ya hablaré mañana.

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Alegrías literarias

Hace poco se me rompió una muela mil veces empastada. No resistió más, la pobre, apenas dieciocho meses desde el último intento. Y ya no había más remedio que endodoncia, reconstrucción y corona. Vamos, un montonazo de citas con mi nueva dentista. Desde que se me jubiló el de siempre me siento un poco huérfana, aunque la nueva clínica ya me lleva atendiendo dos años. Y en medio de la pandemia, con problemas de contagios, no estaba entre mis intenciones ira a visitarlos, pero me ha tocado en suerte, qué le voy a hacer.

Andaba yo en la salita de espera, procurando no escuchar mucho el ruido del torno, y poniéndome nerviosa con las noticias de la tele (menos mal que solo con subtítulos), así que saqué el móvil para distraerme un poco. Para mi sorpresa, tenía un mensaje electrónico de una editorial, interesándose por mi novela Nina. ¡Qué ilusión!

No sé adónde llegará el asunto, puede que a nada, pero me alegró el día y soporté una endodoncia larga, de tres conductos, con otro ánimo. Cruzad los dedos por mí, amigos.

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Nueva variante de confinamiento

Desde el viernes a las 22:00 vivimos nuevamente confinados. Es una versión ligera, que nos impide salir del municipio, pero permite la movilidad por todo Madrid para ir al trabajo, al médico o a cualquier cita administrativa o legal importante, a cuidar de un dependiente y alguna otra cosa más que se me olvida.

La pandemia ha aumentado exponencialmente en esta comunidad autónoma tan mal gobernada. Lo esperable tras una inexistente desescalada y el casi nulo rastreo. Son los lodos procedentes de los polvos de mayo. La farsa se pudo mantener varias semanas por el cocinado criminal de los datos, aparentemente buenos hasta que la presión hospitalaria demostró la pura realidad. Finalmente ha sucedido lo que nos temíamos desde el principio. Lo que venimos diciendo todo el verano.

Acabamos la tercera semana de vacaciones en casa. No quisimos escaparnos este último finde sin restricciones, que bien podíamos haberlo hecho. Y no solo por prudencia y responsabilidad elementales. También, debo confesarlo, porque ni teníamos nada perentorio que resolver, ni nada que nos hiciese una especial ilusión cumplir. Somos así de pánfilos. Por eso permanecemos en casita. Y no nos cuesta. Estamos bien.

Con este seudo-confinamiento, las tiendas siguen abiertas, con aforos limitados, y es el ocio nocturno el que sufre. Posiblemente el mayor culpable de los rebrotes, es también el que recibe la mayor estocada. Que esté todo cerrado a las 23:00 vuelve del revés a las la ciudades divertidas y trasnochadoras. Especialmente Madrid, pero también las limítrofes, como este Getafe, que suele disfrutar también de ambiente y buena marcha.

Nosotros, que somos muy tranquis, apenas notamos las restricciones. Salimos poco de casa y del barrio. Damos dos paseos de veinte minutos cada día y vamos a la compra una vez por semana. Sin embargo, ayer, en la caminata vespertina, un par de detalles nuevos nos llamaron la atención. Había muy poca gente en la calle, (solo nos cruzamos con una panda de jóvenes), y se veían muchos coches aparcados, lo que es más habitual ya muy de madrugada, no a las seis de la tarde. Quizá la gente se quedó casa, autoconfinada, no sabiendo muy bien qué hacer. Con tanto ruido mediático, las directrices para los ciudadanos han quedado muy poco claras.

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Ya llegaron los fríos

Llueve, hace un viento huracanado, han bajado las temperaturas: lo esperable tras un corto veranillo de san Miguel.

La pandemia arrecia y los neocon de Madrid solo andan pendientes de confrontarse con el gobierno central y atribuirle todos los males, su único objetivo político. Lo de hacer algún esfuerzo para paliarla no está entre sus planes y, claro, se aburren, y les sobra el tiempo para jugar a la desestabilización. No les da la gana. Ni rastreadores, ni sanitarios. Es una buena oportunidad para seguir deshaciendo lo público y la están aprovechando al máximo. Me sigue sorprendiendo que tengan tantos votantes. Y, sobre todo, que entre ellos haya ciudadanos a los que estas medidas les dañan, pero no cambian su voto. Quizá sea cierta aquella frase que atribuyen a Mark Twain de que es más fácil engañar a la gente que convencerla de que la están engañando. Viva er Betis, manque pierda. Los ultras que nos desgobiernan podrían matar cien gatitos en la Puerta del Sol cada mañana y aún así tendrían seguidores acríticos. Increíble, pero tristísimamente cierto.

Mejor lo dejo, porque me sube la bilirrubina, el azúcar y la mala leche. Mejor cuento otras cosas.

Por ejemplo, que me llegó un email confirmando mi adscripción al club de lectura de la biblioteca municipal de mi barrio. La cosa consiste en hacer una reunión al mes, (en Zoom, según van las cosas), respecto a un título mensual. No sé más, de momento, ni las lecturas, ni quién es el coordinador. Apenas que la primera cita será el martes 6, la próxima semana, y sin hora ni instrucciones sobre cómo actuar todavía.

Con ello y con mi curso de narrativa de la FPJH voy servida este año escolar. No me atrevo a apuntarme a más cosas. Y aun esas porque están a quince minutos andando desde casa, o cinco en coche (y se aparca bien), y en mi zona de influencia, en mi ciudad. Nada de salir de mis entornos, ahora que han llegado más confinamientos, aunque sean muy light.

La tercera novela sigue en proceso. Diez folios de estructura y organización llevo, ubicando todos los elementos policíacos que necesito. O eso creo haber conseguido, ya veremos. A falta de un par de vueltas más, sobre todo de algunos detallines poco significativos del desenlace, continúo la miseria que llevo escrita (unas 4500 palabras). Lo curioso es que la trama negra se ha apoderado de la social. En principio, pretendía yo, pobre de mí, que la historia detectivesca fuera leve y secundaria. Sin embargo, al desarrollarla, para que no se quedaran hilos inconclusos, se dio la vuelta y ahora es la del barrio la que se me ha quedado más floja.

Confieso que el cambio fue tan paulatino, que no me percataba; solo iba resolviendo los flecos. Cuando caí en mi propia contradicción, me entró hasta apuro. Porque mi idea inicial era reivindicativa, como la del proyecto 2, y quizá con estas novedades mis intenciones críticas se disolvían demasiado. Qué horror. ¿Y si volvía a empezar todo desde el principio?

Finalmente, no sé si ha sido a base de trabajar la escaleta, o porque todo lo que se me ocurría para devolver lo social al primer término me resultaba un remedo demasiado repetitivo de la novela previa, me he decidido por esta nueva perspectiva. No solo porque puedo seguir siendo todo lo crítica que me parezca, el género lo admite todo, es que me ilusiona. Me he dado cuenta de que merece la pena la experiencia. He leído mucho de detectives, desde Agatha Christie hasta Lorenzo Silva. Y me gusta, ¿por qué no intentarlo? Por supuesto que no lo domino, es la primera vez. Pero eso lo convierte también en un reto que me motiva. Y divertirse en esta tarea larga de escribir una novela, de meses, es el requisito primero para tener el éxito de terminarla.

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Tercera semana de vacaciones

Los días en casa son tan sencillos que la monotonía los ensombrece y se recuerdan poco y mal. Pasan sin pena ni gloria, anodinos, demasiado sosos como para crear recuerdos especiales.

Por esa razón parece que los transcurridos en Extremadura de la primera semana fueron muchos, y estuvieron plenos de cosas que contar. Aunque solo fuera conducir unos kilómetros, pasear ciudades diferentes, ver sus monumentos, sentir el sol y el aire en la cara.

Los nueve días posteriores, los que llevamos en casa, que solo hemos hecho rutinas, se han pasado en un suspiro. Y esa es la prueba de que salir sirve para mucho más que entretenerse. Es primordial para ralentizar el tiempo, y para cargarlo de contenidos nuevos, pero también para enfrentar al cerebro a estímulos variados, que lo mantengan ágil. Siempre digo que lo cotidiano arropa el espíritu cuando hay exceso de actividad. Pero, por el contrario, las acciones excesivamente monótonas embrutecen el intelecto, el cuerpo y el alma.

Es difícil dar con el término medio. Nos faltan las actividades culturales de otros tiempos: el teatro, los museos, las exposiciones… Y las quedadas sociales. Claro que todo eso se nota. Salir a pasear mañana y tarde, disfrutando del buen clima, es lo único reseñable y diferente de estas últimas jornadas. Poca, poquísima, cosa.

Pero no me estoy quejando. Estamos cómodos y contentos en nuestro mundo particular. La situación epidemiológica empeora mucho, por lo que no es que no nos atrevamos, es que nos resulta muy inadecuado plantearnos nuevas escapadas. Y tampoco tenemos ninguna idea vacacional frustrada sin cumplir.

JC aprovecha las horas de asueto para un juego que antes no se atrevió a empezar y ahora está disfrutando mucho. Compartimos, además, lecturas y series. Y es agradable disfrutar de la mutua compañía y de no tener obligaciones. Para nuestras humildes pretensiones, más que suficiente.

Y en cuanto a mis nuevos retos para este curso 20-21, ¡me han concedido el curso de narrativa de la Fundación de Poesía José Hierro! Empezará a mediados, en dos semanas, así que estoy muy contenta. Son tres sesiones mensuales, tres lunes por la tarde, alternando presencialidad y distancia. Cerca de casa y con un profe novelista experimentado, docente en la UAM y en Hotel Kafka.

Entiendo, entonces, que por su parte no va a haber ningún problema. Me refiero a que tiene experiencia docente y escribidora. Lo fui a ver a la Fundación hace unos meses, cuando dio una conferencia durante la semana negra de Getafe y me pareció interesante.

Otro asunto es el de los compañeros. Como siempre sucede, me temo que el conjunto del alumnado será lo que puede chirriar. Sobre todo si hay exceso de egos, o piques, o niveles muy dispares. Pero eso se lo encuentra una en cada curso que empieza. Ya lo he sufrido en bastantes ocasiones.

Sigo subiendo vídeos al canal, pero tengo orillada aún la escritura de la novela. No me agobio, la estructura me convence ya por fin. Y solo me falta lanzarme. Sin embargo, sigo disfrutando de cierta relajación de vacaciones. Solo un poquito más. Prometido.