Publicado en diario del confinamiento

Sábado 14 de marzo de 2020

Se ha decretado el estado de alarma. Estamos recluidos en casa JC y yo. Ayer vimos a G, que vino para recoger mi portátil con la idea ya de teletrabajar las próximas dos semanas al menos. Se quedó a comer con nosotros, pero ya nos quedaremos en aislamiento. B tiene un trancazo que parece de los de siempre o podría ser el virus dichoso, pero flojo, pues no le ha impedido seguir yendo a la farmacia cada día. Así que G lo tendrá también o parecido en breve. Es de suponer que se lo habrá contagiado antes incluso de tener los síntomas. Menos mal que parecen solo catarrales y cursan sin fiebre. Esperemos que todo vaya bien.

Han pasado dos semanas desde que estuvimos en Asturias y seguimos asintomáticos, con lo que está claro que allí ni infectamos ni nos infectaron. Tampoco parece que pasara en Irlanda del Norte, aunque todavía deberíamos esperar unos días más para tener total seguridad.

Madrid ha cerrado todas las tiendas excepto farmacias y supermercados, y se ha pedido contención en los domicilios. Pero muchos impresentables se han marchado a sus segundas residencias en la playa o el pueblo. Y se han llevado la amenaza con ellos a lugares hasta entonces asintomáticos. Posiblemente, además, con peores servicios sanitarios, nada preparados para acoger más población.

El asunto no es bonito y no quiero ni pensar en cómo puede terminar derivando. De momento no conocemos a nadie afectado, ni hospitalizado, pero si esto avanza, es cuestión de estadística. No quiero agobiarme, ni ponerme apocalíptica. Seguimos avanzando. A ver qué tal.

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Viernes 13 de marzo de 2020

El asunto del coronavirus se ha enconado. Se han suspendido las clases. G teletrabajará a partir del lunes. Y aunque JC todavía no tiene medidas, las tendrá, seguramente, en pocos días. (Es lo que supongo que terminará pasando). B, sin embargo, me temo que seguirá al pie del cañón. Las farmacias no cierran nunca. Eso sí, cada vez con más medidas de seguridad sanitaria, que ya iba siendo hora.

Yo ya estoy bastante aislada desde que me jubilé. No me cuesta mantener esa situación. Antes hacía por salir y ahora lo evito. No tengo necesidad alguna, excepto para hacer la compra. Vino L y no sé si me convence que vuelva ya la próxima semana. La pobre. Le dije que viniera esta ya porque sé que lo necesita, pero va a ser mejor que no regrese. Al menos hasta abril.

Tampoco tenemos Taller de Proyectos Narrativos, se suspendieron estas actividades también. Van a implementar vídeo conferencias, dicen. Y comprendo de pronto que me resulta un asunto muy lejano. Tengo el texto paralizado desde antes de ir a Asturias y han pasado demasiadas cosas para mi reloj interno. He dedicado mis energías a los textos de las presentaciones. Y muy especialmente al texto en inglés que estuve preparando, corrigiendo y memorizando tres semanas.

Para recuperar el hilo tendré que releer todo, aunque no es asunto que me resulte difícil, tampoco llevo mucho escrito, ronda las 10.000 palabras. Además, estos días, sí que me dieron para retocar Nina varias veces, ayer mismo, sin ir más lejos. Incluido un proyecto editorial que, comprendo sorprendida, se me deshace entre las manos porque lo siento el colmo de la frivolidad. No tengo cabeza para esos asuntos en semejantes circunstancias.

Porque esto que vivimos, en medio de mi inconsistencia multiplicada, es una crisis sanitaria mundial sin precedentes. Veía a Pedro Sánchez comentando las medidas tomadas, después de haber pospuesto su comparecencia más de dos horas, y comprendía que no es que pueda llegar a ser muy grave. Es que ya lo es.

Mal día hoy. No tengo carne o pescado frescos. Tal vez me acerque a la compra de nuevo. Aunque mi intuición es que debería quedarme. Ya veremos.

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Jueves 12 de marzo de 2020

Esta fue la noche horrenda, hace dieciséis años, en que apenas pudimos dormir, cuando nuestra consciencia iba comprendiendo que no íbamos a encontrar a Rodrigo, que nos lo habían asesinado.

Hoy también me he despertado muy pronto, antes que JC y su alarma para el trabajo. Pienso en todos estos años sin Rodrigo. En lo que nos perdimos, lo que no hemos podido vivir con él.

Luego intento que la rutina cotidiana me ayude a seguir. Con su lema. Pero no es nada fácil, con las alarmas del coronavirus.

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11 de marzo de 2020

Las 7:38. Tu hora. El día fatídico. Hace dieciséis años.

Pienso en ti hoy, sin ningún acto posible porque todos se han suspendido por la amenaza del coronavirus. Hasta eso nos han robado, porque la alerta en Madrid ha empezado hoy. Casualmente. Un problema menos para los del trifascio, que así no tiene que aguantar que les echemos en cara sus mentiras.

La actualidad informativa es el virus. Ya nadie se acuerda de las víctimas. Ni siquiera en nuestro día, que ha sido astutamente ninguneado.

Nos reuniremos con G y al menos estaremos juntos.

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Martes 10 de marzo de 2020

Ay, el día antes. Con una crisis sanitaria y cierre de colegios mañana. Me iré a la compra. Veré vídeos. Intentaré no pensarlo mucho. Si es que se puede.

Y sí, la florista es la de la mala crítica para el libro de Rodrigo en Amazon. No volveré a encargarle nada. Y ya veremos si no le devuelvo su jugada.

Tristeza.

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Lunes 9 de marzo de 2020

Qué cerca está el once, qué normales y tranquilos parecían estos días previos hace dieciséis años…

Emerjo de entre las sábanas a las nueve menos cuarto, después de haber dormido más de ocho horas, un récord para mí. Y de tres aeropuertos, que son un estrés y un agobio cuando solo se lleva equipaje de mano.

Entre la ingravidez del sueño y mi inconsistencia habitual, disfruto de estar en mi casa, en mi madriguera, con un sol brillante y el día recién comenzado por estrenar.

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Domingo 8 de marzo de 2020

Hoy he dormido mal. Después de una jornada abrumadora de coche y largo paseo por la calzada de los gigantes, volvimos agotaditos al hotel. Cenamos pronto y me metí también muy pronto en la cama.

Ahora son las cinco inglesas, llevo desde las dos dando vueltas en la cama. Supongo que he dormido cuatro horas y media. Or something like this.

Estos tres días aquí de reactivación de la zona donde mi cerebro tiene archivada la lengua inglesa están resultando muy cansados. Me temo que mi estrés está aumentando. Sueño con frases y palabras, mi inconsciente busca fórmulas para expresarme y superar la frustración de reducir mis pensamientos a las estructuras y el vocabulario que soy capaz de usar en inglés. Es curioso esto de soñar con asuntos lingüísticos y no con imágenes.

Porque desde luego los paisajes de ayer en Giants causeway son como para soñarlos. Una maravilla. Aunque, menudo viento, debe de vivir allí, vamos, terrible.

Hoy nos espera una visita a los astilleros del Titanic y una vuelta a casa de dos aviones y tres aeropuertos, que tampoco es moco de pavo. Llegaremos tardecito, y al viajar hacia el Este perdemos una hora; me temo que será agotador.

Así que un finde en Asturias, otro en Irlanda del Norte y el siguiente tampoco podremos descansar, ya que Getafe hace el memorial el sábado 14 por la mañana. Con los actos del propio día 11 entre medias. Ufffffff.

No sé si se me ha ido la mano y será excesivo. En todo caso es lo que hay, así debo seguir. Y si no me viene bien, ya lo sabré para otra ocasión y procuraré suavizar esto de salir de mi zona de confort.

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Sábado 7 de marzo de 2020

Todo salió bien. Es un trago dar un discurso en inglés. Supongo que he tenido incontables fallos, pero creo que me hice entender lo suficiente. JC también dijo unas palabras. Y al final nos aplaudieron puestos en pie, más de 200 personas, me impresionó mucho.

Hoy no había buenos vuelos así que nos vamos mañana. Emplearemos el día en conocer lugares hermosos, si el clima lo permite. Hasta ahora estamos teniendo sol y buenas temperaturas, una gran suerte.

Son las siete en España. Oigo los coches de la calle principal, entra muy poquita luz todavía. Añoro mi casa y mi cama, aunque estas almohadas y colchón son muy cómodos.

Echaré una nueva cabezadita. Hasta pronto.

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Viernes 6 de marzo de 2020

Son las siete y media de España, una hora menos en Belfast. Me dormí sobre las doce. Veo que empieza a clarear y que no todo son nubes. Vuelve a sonar el tráfico de la calle. Estamos en una habitación muy grande, con una cama doble y otra individual, almohadas y edredón de plumas y suelo enmoquetado. Espero que no me dé la alergia, parece todo muy limpio.

El vuelo de Madrid a Liverpool duró dos horas y media, pero el de allí hasta Belfast ni siquiera sesenta minutos. Lo peor, el transbordo con tres horas de espera y pasar dos inspecciones de maletas, bolsas y zapatos. Con cacheo incluido.

Aquí Kenny Donaldson nos vino a buscar al aeropuerto, nos mostró la ciudad, nos acompañó al hotel, a la misma habitación, donde nos regaló libros, folletos, un DVD y hasta una corbata. Por si fuera poco, nos hizo bajar para solo diez minutos, decía, y era la disculpa para invitarnos a cenar. Pizza casera muy rica y una pinta de guinness en el hotel. Bueno, yo bebí agua con gas.

Hoy tenemos la mañana libre, nos recogen a las tres para ir a Stormont. El evento será a las siete. Mañana nos llevan de excursión a la calzada de los gigantes y alguna otra cosa de interés. El domingo tenemos un tour por la ciudad y luego nos llevarán al aeropuerto. Qué gran hospitalidad. Muy majos.

Lucho con las sensaciones de irrealidad. La inconsistencia me envuelve. Pero, mejor, así no pienso en lo cerca que está el día once.

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Jueves 5 de marzo de 2020

Escribo desde un hotel en Belfast, después de tres aeropuertos y dos vuelos. Son las 22:41 de aquí, casi las doce de la noche en Madrid. Me acabo de tomar una pizza, a la porra mi dieta, y tenemos dos días intensos por delante.

Ya contaré mañana.

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Miércoles 4 de marzo de 2020

Hoy casi me olvido de escribir, que es lo que hago siempre antes de levantarme. El estrés de que tenía que teñirme y lavarme el pelo antes de que llegase L me ha podido. Menos mal que luego, ya en mi buhardilla, me he dado cuenta y pongo estas líneas.

Sigo ansiosa. El efecto aniversario y la cantidad de memoriales (y de viajes) en que me he comprometido este año me revuelven un poco más. Lidio como ya sé con la ansiedad, pero no puedo evitar sentir deseos de huir, que es lo más cómodo para combatirla.

Llevo días fuera de mi zona de confort. Me esperan otros similares. Pero fue una decisión responsable y la asumo, aunque me cueste algunos malos ratos.