Publicado en reflexiones

Viernes 6 de marzo de 2020

Son las siete y media de España, una hora menos en Belfast. Me dormí sobre las doce. Veo que empieza a clarear y que no todo son nubes. Vuelve a sonar el tráfico de la calle. Estamos en una habitación muy grande, con una cama doble y otra individual, almohadas y edredón de plumas y suelo enmoquetado. Espero que no me dé la alergia, parece todo muy limpio.

El vuelo de Madrid a Liverpool duró dos horas y media, pero el de allí hasta Belfast ni siquiera sesenta minutos. Lo peor, el transbordo con tres horas de espera y pasar dos inspecciones de maletas, bolsas y zapatos. Con cacheo incluido.

Aquí Kenny Donaldson nos vino a buscar al aeropuerto, nos mostró la ciudad, nos acompañó al hotel, a la misma habitación, donde nos regaló libros, folletos, un DVD y hasta una corbata. Por si fuera poco, nos hizo bajar para solo diez minutos, decía, y era la disculpa para invitarnos a cenar. Pizza casera muy rica y una pinta de guinness en el hotel. Bueno, yo bebí agua con gas.

Hoy tenemos la mañana libre, nos recogen a las tres para ir a Stormont. El evento será a las siete. Mañana nos llevan de excursión a la calzada de los gigantes y alguna otra cosa de interés. El domingo tenemos un tour por la ciudad y luego nos llevarán al aeropuerto. Qué gran hospitalidad. Muy majos.

Lucho con las sensaciones de irrealidad. La inconsistencia me envuelve. Pero, mejor, así no pienso en lo cerca que está el día once.