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Hoy es mi cumpleaños

Hago 62, ya una cifra contundente. Y veinte meses de jubilauta, cómo se pasa el tiempo, qué barbaridad. En fechas como la de hoy me acuerdo de la frase de la bisabuela Estefanía sobre hacerse mayor: «Ay, cariño, hasta aquí llegarás, o la vida te ha de costar».

A la bisa no llegué a conocerla, la anécdota es solo de oídas, pero ha formado parte de mi experiencia vital desde siempre. Es curiosa esa capacidad de transcender más allá de los coetáneos. Y muy breve, supongo.

En los días de cumpleaños, los señaladitos, es cuando más se notan las ausencias. G y B pasarán la tarde con nosotros, en el jardín, al aire libre, por este cumple. Y disfrutaremos de su compañía. Pero siempre nos va a faltar Rodrigo.

Menos mal que él también me hace regalos desde su dimensión. A ver si no es coincidencia curiosa que mi novela salga en preventa justo mañana.

Y con esa lucecita de esperanza continúo el camino. A por otro año y otro libro. Con todas las ganas.

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Cotidianidades

Mañana, tercera sesión del curso y nada que ver con el de la FCPJH. No he llegado a la mitad y ya me da penita que se acabe, que sea tan corto. Porque me gusta y anima mucho. Pero, me digo, no debo hacer esas cuentas atrás. Todavía quedan cuatro sesiones. Solo tengo que dejarme llevar y disfrutarlas.

Como también debo aprovechar el presente. Carpe diem. El domingo será mi cumpleaños, y tengo la suerte de que el lunes, menudo regalazo, empezará la preventa de NINA.

Todo es tan bonito que me asusta. Es como que estoy temiendo que pase algo malo, eso que siempre termina por suceder. Es mi ansiedad postraumática, que se activa con nuevos miedos. ¿Y si nadie quiere mi novela? ¿Y si no se vende? ¿Y si soy una carga pesada para la familia y los amigos, los pobres?

Me impongo no dejarme llevar por ese mal rollo. Uff. A ver si lo consigo.

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Lunes 26 de abril de 2021

Ya tengo puesta la primera dosis de la vacuna AstraZeneca. El sábado, como indicaba el SMS recibido, me fui al Estadio Wanda Metropolitano. Día 24, puerta 24. A treinta y dos kilómetros de mi casa.

Identificada con el código QR enviado en dicho mensaje de móvil, pasé un primer control, caminé rodeando el estadio por sus pasillos internos e hice cola con otras decenas de ciudadanos frente a la gran sala vacunódromo.

No hubo que esperar mucho. Nos ubicaron rápidamente. Me tocó en el puesto 11, al final del todo. Así que recorrí aquel largo espacio con el recuerdo de las vacunaciones franquistas de mi infancia. Sentí la misma soledad, rodeada de pacientes desconocidos como yo y de organizadores del tráfico humano que nos movían en masa como entonces. Y un parecido desconcierto. Porque las vacunas son indispensables para acabar con la pandemia, pero ¿no se podían poner en los centros de salud, como las de la gripe, en espacios menos grandilocuentes y más humanos?

Tras nueva identificación QR, esta vez para poder emitir el certificado de vacunación por impresora, me senté en la silla que me indicaron, algo confusa. Porque una sanitaria me pedía el móvil, mientras otra sugería que me descubriera el brazo izquierdo. Y yo no era capaz de hacer ambas cosas a la vez. Además, quería proteger ese hombro y destapar el derecho, a cambio. Pero no me atreví ni a proponerlo entre tantas prisas. Total, para qué. Ya me las apañaría. Y volvieron a inundarme sensaciones parecidas, de cierta indefensión injusta sufrida en la niñez y que todavía escuece al recordarla.

Apenas noté un pinchazo levísimo, me dieron el certificado y me dirigieron a la zona de reposo: unas sillas de sala de espera desperdigadas, llenas de muchos como yo. Éramos los de 60-65, supongo. Aunque algunos me parecieron bastante mayores. No sé. A saber qué pinta tengo yo y cómo me ven los que me rodean.

La última vacuna de la gripe me pareció más dolorosa. Desde luego, la dosis inyectada debía de ser de mayor volumen, porque recuerdo un pinchazo largo y que el último empujón dolía. La AstraZeneca fue un suspiro tan breve y delicado, que llegué a dudar de que realmente me hubieran puesto la cantidad necesaria. Sentada frente a los ventanales y los paneles informativos, mi duda dejó paso, en seguida, a un escozor en la zona que diluyó tan estúpidos recelos. Menos mal, me dije.

Entonces una enfermera nos dio una charla sobre síntomas esperables, medicación apta y no apta y recomendaciones variopintas que me trasladó sin pretenderlo a los años ochenta. Recordé los consejos en grupo de las matronas del hospital, también masificado, donde nacieron mis hijos. Fue igual ayer que hace treinta y muchos años: me transmitieron lo indispensable. Pero esas charlas, repetidas cada pocos minutos en ambos casos, me parecieron igualmente improvisadas y simplonas, con un regusto paternalista incómodo. Y que serían más certeras y adecuadas si nos las hiciesen los médicos y enfermeras que nos conocen y no necesitan decirnos generalidades.

Pero, ¿para qué dotar a la atención primaria de más sanitarios y medios? El neoliberalismo salvaje que nos gobierna en Madrid prefiere vacunarnos a todos en estadios o almacenes. Darles ese dinero a los amigos, crea obligaciones clientelares. Y puertas giratorias estupendas para cuando toque el relevo o vengan mal dadas. Lo que no me explico es que el ganado, perdón, la gente, que como yo somos vacunados así, en masa, crea que esto es buena gestión.

Dijeron que en diez o doce semanas volverían a citarnos. O no. Porque todo cambiaba cada día. Que estuviéramos atentos. ¿A qué?, pensé yo ¿a un nuevo SMS o a charlas como esa? Pero terminaba la segunda ronda informativa (apenas parecida a la primera, qué curioso, aunque no puedo asegurar que fuese la misma persona quien la dio) y me tocaba irme del recinto. Me vine a casa. A treinta y dos kilómetros. El brazo duele, pero, por ahora, no hay ningún síntoma maligno de esos que nos avisaron.

Que todo siga así y contaré la próxima.

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Vacunas

Me han citado para este sábado, a 31km de mi casa, en el Wanda. Un estadio de fútbol al que se deriva dinero público para hacer clientelismo de amiguetes. Nada de invertirlo en personal y dar las citas en el ambulatorio del barrio, o el gran hospital público de Getafe. Así se hacen las cosas en esta comunidad autónoma de morondanga.

Día 24, puerta 24. Guiños rodrigosos. Ya solo espero que llamen pronto a JC, por favor.

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Otro finde más

Pues claro que estamos ya hasta las narices de la pandemia. Todos. Pero parece que somos pocos los sensatos. O que los alocados hacen mucho ruido.

Al final, la estupidez humana me produce más hartazgo que la propia situación. Ese infantilismo de buscar culpables fáciles más allá del virus, muñecos de pimpampúm en los que desahogarse. Esa inmadurez que exige la libertad absolutamente necesaria de irse de juerga. O esa egolatría, porque también tiene una enorme parte de autocomplacencia y de mirarse el ombligo.

Miles de ancianos murieron en las residencias por la gestión criminal de la Comunidad de Madrid, que impidió su acceso a los hospitales. Otros miles de contagios, con sus víctimas y sus efectos secundarios, se podían haber evitado con más rastreadores. Pero nunca han sido los necesarios. La consigna de IDA y sus golfos apandadores es aprovechar la coyuntura para desmontar aún más todo lo público.

Por eso millones de euros son derivados a manos privadas (hospitales de campaña, vacunódromos improvisados, entre otros, más todos los servicios que necesitan) mientras la sanidad pública soportaba, soporta y soportará, el grueso de la lucha contra la COVID-19. Como puede. Con economía de guerra. Dejando de lado otras patologías. Propiciando la contratación de seguros médicos privados para lo más elemental y que sigue siendo necesario.

¿Y esa gestión lamentable resulta que la gente la valora como buena porque están los bares abiertos? ¿O es desinformación? ¿Tantos ciudadanos viven ajenos a la realidad, inmersos solamente en su burbuja? Cualquiera de ambas explicaciones me deprime. Mucho.

Me refugio en lo que puedo. En actividades que ocupen mi mente, como curso de Creación de personajes, entre otras cosas. Ya tuve la primera sesión y me gustó mucho. Pero esa es otra película, que ya contaré en una próxima entrada.

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14 de abril de 2021

90 años. Pobre II República, denostada y hundida. Y así sigue nueve décadas después.

Poco tengo que contar. Todo sigue muy parecido. Entregué las segundas correcciones. Estoy a la espera de la maqueta 03. Tanto ando viviendo lo de siempre, que me ronda una melancolía tristona, pandémica, de aislamiento y soledad. Espero que el curso de este viernes me dé un empujón que ayude a mejorar este ánimo caedizo.

Porque no es por falta de esfuerzo. Acabo de darle una vuelta completa a mi segunda novela, que espero enviar a un concurso, y tengo el siguiente vídeo a medias. La tercera está aparentemente pospuesta, pero no, ya que las siguientes escenas andan bullendo en mi mente y volveré enseguida a trabajarla.

Mientras tanto, quiero anotar un par de cosas sobre el curso de creación de personajes.

La primera es que no creo necesitarlo técnicamente, que me he enrolado porque mis experiencias previas fueron muy buenas y quería repetir. En fin, que espero que sea muy agradable en lo emocional. Y que me viene muy bien ese contacto con otros escribidores, los siempre buenos materiales que caracterizan a EdE y volver a coincidir con un profe que ya sé de antemano que es estupendo.

La segunda, que me da penita que solo sean seis semanas. Sé que será un poco breve, pero tampoco había mucho para elegir en estas fechas y menos aún por vídeo conferencia. Menos mal que son tres horas cada sesión.

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Más galeradas y más correcciones

Esta vez he imprimido la maqueta del manuscrito. No solo es que se ve precioso y me ilusiona, es que en papel se lee mejor. Ha sido buena idea.

Lo sorprendente es que hace dos meses lo creía limpio y correcto, pero no. He vuelto a encontrar repeticiones y cacofonías. Incluso he dejado otras por imposibles. Me siento frustrada, inmersa en una tarea irrealizable.

En febrero llegué a sentir impotencia y que no era capaz de darle otra vuelta al manuscrito. Creo que porque en pantalla resulta más agobiante. Ahora mismo sí veo posible hacerle nuevas rondas. Me abruma menos. Me parece más manejable en su conjunto. Habrá que darle tiempo, sin embargo, para que no me sature. Según me dijo el editor, tengo todo abril. Debo ir con prudencia, porque esta es ya la definitiva.

Luego me asalta la duda de hasta dónde llegaré con esta editorial, que hace preventas como primera medida empresarial. No se me escapa que es una forma de arriesgar poco en los títulos. Apenas los anticipos a la imprenta, porque enseguida les llegarán los ingresos de los compradores para pagar el gasto restante.

Solo están un pasito más allá de la coedición: no piden dinero a los autores, pero se lo sacan a los amigos y familiares. Andan muy cerca de los que hacen un crowfunding. Estos solo llegan a imprimir si se alcanza una cantidad mínima. En teoría, porque pueden tardar meses, que es lo que sucede con el libro de PM. Si es que finalmente lo imprimen y no dan la campanada y se piran sin haberlo sacado. Pero esa es otra historia.

Mi editorial tiene gente ya con experiencia. Y supone que venderá su primera y brevísima edición entre los contactos de cada autor. Solo ahí arriesga un pelín, podrían no vender todas las tiradas. Y por eso necesita muchos títulos. Porque, con el mismo esfuerzo económico, hay más posibilidades de que unos sujeten a otros. Porque es menos riesgo varios poquitos, que grandes tiradas de pocos títulos.

Una de las novelas se ha agotado en preventa. Señal de que no han encargado muchas. Ahí está la prueba.

No me quejo, solamente reflexiono. Las cubiertas y la edición parecen majas. Aunque el pobre F se lo tiene que currar él solito: portadas, maquetación de texto y correcciones (únicamente las que le indicamos los autores, no tienen ese servicio, y tampoco él es un experto en esa materia). También lleva las presentaciones on-line y no sé si las preventas.

¿Es el único empleado? Dice que están pendientes de ampliar y que será el coordinador cuando lo hagan, pero, ¿cuándo? Quizá esperan a los primeros beneficios. Por lo que cuenta, me parece que va a gestionar, también, las firmas y los envíos, porque la segunda tanda, que pensé que sería ya, de inmediato, me comentó ayer que la calcula para primeros de mayo. Vamos, que necesita ese tiempo intermedio para sacarlo todo adelante. Y a la vez, va organizando y presentando una tercera tanda, que, a este ritmo, será la del otoño, entiendo.

No da margen para otra cosa. Ediciones cortas, no creo que de más de 75 o 100 ejemplares, para la preventa. Y, luego, a demanda, seguramente. Por lo que distribución, poca, poquísima. No muy allá, me temo. Eso es caro.

La primera tanda está a punto de terminar esas preventas, estaré pendiente de ello, a ver qué tal se ven los autores y sus títulos. Ahora mismo, en las redes, nada. La proyección que hayan conseguido por su cuenta. Pero eso no es verdadera distribución, como la que yo he experimentado con el libro de Rodrigo, viendo el título en miles de librerías y distribuidoras.

En fin. Es lo que hay. Mi compañero G también saca libro, sesudo y de investigación, y solo lo distribuyen dos librerías, una en Salamanca y otra en Valladolid. Estamos en las mismas. No están los hornos editoriales para bollos muy exóticos. Por lo que parece.

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Sin sentido del tiempo

El sábado previo a este de hoy fue el cambio al horario de verano. Justo entonces la pila de mi reloj dejó de funcionar y mi percepción temporal se enmarañó. Llevo hecha un lío desde entonces. Siete días intentando recobrar el equilibrio, sin escribir aquí, medio atolondrada.

Estamos en unos días festivos que no diferencio de otros laborables porque no tengo nada que hacer. No obstante, los próximos días volverán las obligaciones. El martes será mi reunión del Club de Lectura. Y el viernes la primera sesión del cursito breve de la EdE que me he agenciado para no echar tanto de menos al de la FCPJH.

Me dio pena dejarlo, sobre todo porque hay gente maja, algunos del barrio, a los que me daba pena perder la pista. Menos mal que hemos hecho un grupo de WhatsApp. En eso estoy contenta. También abrí un blog para compartir textos con ellos. Ahí no entraron todos, al menos de momento, aunque habrá que darles un margen. A ver si alguno más quiere, sabe y puede.

La próxima semana, volveré a los vídeos. Tengo pocos suscriptores, 248, en un aumento insignificante para lo que puede ser un canal, pero que se mantiene continuo. Y eso es todo. No sé cuándo tendré alguna cosa nueva que escribir. Iré decidiendo sobre la marcha.

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Miércoles, monotonía y cuarta ola

De nuevo florecieron las camelias, avanza esta nueva primavera de confinamiento.

Dejé el curso de la Fundación, pero, menos mal, justo en el último instante creamos un grupo de compañeros, que espero pueda servir para hacer piña escribidora. Al menos no perderles el contacto. Ya contaré.

En lo que se refiere a la pandemia, sigo autoconfinada, y JC conmigo, casi siempre. Excepto uno o dos días por semana, que se acerca al lugar físico, teletrabaja todo el tiempo. Vivimos aislados del mundo. A veces es embrutecedor.

Ni escribo, ni juego, ni hago nada con la energía de antes. Incluso le he perdido el ritmo a leer. Sin embargo, me he impuesto una lectura especial. Se trata de la novela de un antiguo alumno. Es una trama policíaca tópica, autoeditada, con los errores esperables en construcción y estilo. Pero, también, un logro para G, que es muy joven y seguro que continuará avanzando por ese camino.

Apunto aquí, como se ve, un listado de decisiones vitales anodinas mientras repuntan los casos del maldito bicho, el hastío de la gente, y el crecimiento absurdo de la derechona que fulmina el estado del bienestar en esta comunidad autónoma de idiotas. En el sentido más, tristemente, griego de la palabra.

Son las 7:47. Empieza un nuevo día. Intentaré aprovecharlo al máximo.

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De nuevo rutina y confinamiento voluntario

Poco tengo que contar. Continúo con los vídeos de lengua. Ya he terminado mi plan de trabajo y tengo toda la Sintaxis subida. 50 vídeos, que no es poco. Ahora me dedico a elaborar unos cuantos de prácticas, y de resúmenes esquemáticos. En pocas semanas hará un año de mis primeros intentos. Tengo que mirar la fecha concreta, no recuerdo si fue en abril, en mayo o en junio. Tengo 227 suscriptores y mas de 30.000 visualizaciones. No es que mi canal sea un éxito clamoroso, pero tampoco se ha quedado en nada, como me temía en el principio. Así que, sigo con mi plan docente a distancia.

En cuanto a la faceta escritora, dejo la FCPJHierro. No solo porque me ha surgido otra actividad durante abril y mayo y en junio ya, cuando acabe, no creo que merezca la pena volver. La verdad es que pensaba que el curso de la Fundación me ayudaría a escribir mi tercer proyecto, pero ha sido demasiado teórico y he avanzado poquísimo.

Debo confesar que estoy, también, poco motivada, teniendo aún el segundo manuscrito en barbecho, y el primero a medio cocer. Para Barrio 1972 todavía hay un mes de espera. Quizá podría presentarlo a algún premio. No sé. Lo iré valorando sobre la marcha.

En cuanto a Nina, todavía espero por la nueva tanda de revisiones. Ayer me comentó el editor que la retomará el próximo lunes. Pocos días y esfuerzo podrán ser, no obstante, porque la siguiente es la Semana Santa y cerrarán. Pero hay que darle tiempo al tiempo. Espero salir antes del verano, lo demás tampoco me agobia, verdaderamente.

Los cinco primeros libros ya están disponibles en preventa. Yo misma los he encargado como lote, a ver qué tal, en plan coleccionista. No deja de ser el comienzo de una editorial que empieza, y que ojalá le vaya bien y cuente conmigo para más cosas. De momento, así veo dónde me he metido y cómo son mis compañeros. Las primeras cinco novelas estarán disponibles y en preventa durante treinta días. Supongo que luego, no sé con qué tiempo de impás, iremos los siguientes.

Mi Nina y yo saldremos en esa segunda tanda. Aunque solo seremos cuatro, pues uno de los autores se ha echado atrás. Parece ser que no le gustaba el trato dispensado por el editor. Me sorprende, porque es muy amable. En fin, tampoco conozco al colega crítico y rescisioniata de contratos. Ni sé si tiene mucha o poca experiencia editorial previa. Creo que no. Le supongo autopublicaciones, como casi todos. Investigaré.

Me hace reflexionar. Una editorial nueva es una apuesta, nadie sabe hasta qué punto arriesgada. Pero al menos es algo. Me lancé con pocas esperanzas de éxito y, finalmente, no me ha ido tan mal. Me da ánimos saber que dos editoriales pequeñas se han interesado por el manuscrito. Ya que las grandes ni nos ven a los escritores noveles, al menos tengo ese consuelo.

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El día después

Da igual que hayan pasado diecisiete años, las fechas son difíciles, qué maldito filo tienen los aniversarios.

Como estaba previsto, G, JC y yo estuvimos juntos todo el día 11. Desde temprano, en los actos de la estación de Atocha. Luego, durante una visita rápida para poner flores en su tumba. Finalmente, para la comida y la sobremesa, nos quedamos en casa. En estas circunstancias de COVID-19 no nos parecía conveniente salir a comer fuera.

Y así estuvimos, con las precauciones de esta maldita pandemia (distancia, ventanas abiertas, mascarillas…). Pasamos el resto del día juntos los tres, ahogando el agobio con charlas insustanciales, sintiendo qué pocos somos desde que Rodrigo no está. Pero todo era ajeno, raro. Nuestras ansias de normalidad no resultaban, aunque estaba clarísimo que no era por falta de esfuerzo.

Menos mal que contamos siempre con la cercanía de los amigos, que en las redes sociales, durante toda la jornada, son un bálsamo curativo. Diecisiete años son una enormidad, son mucho tiempo, pero ellos siguen ahí, acompañándonos. Incluso aunque para muchos ese cómputo sea la mitad de su vida. Procuro agradecérselo siempre, a todos, uno a uno. Ojalá fuera capaz de transmitirles lo que significa para nosotros su compañía y su recuerdo.

He dormido poco. Amanezco cansada este viernes 12, con recuerdos traumáticos que regresan insistentes, aunque los procure evitar. Revivo, sin poder remediarlo, los momentos en que corroboramos que Rodrigo era una víctima. Y fuimos a buscarle a la morgue improvisada en el IFEMA. Una mañana como hoy. A estas horas, diecisiete años atrás. Las fechas coinciden. Hace todo este largo tiempo de ausencia también era viernes, 12, como hoy. Me cuesta un gigantesco esfuerzo emocional alejarme de tan horribles sensaciones.

Por eso me refugio en la lectura. Otras veces (muchas, en diecisiete años) me ha servido para evadirme; pero esta vez no, en esta ocasión no funciona. No hay trama novelesca que me atrape, los periódicos me alteran aún más. Luego me digo a mí misma, como entonces, que poco a poco, que solo respiraciones lentas, unos pasos cortos, sin agobiarme por lo que pueda suceder mañana. Como entonces. Como las primeras horas, los primeros días, meses, años…

Son las siete. Ya he leído las noticias, enloquecedoras en lo político, con elecciones por sorpresa, en esta crisis sanitaria. Lo esperable del fascismo oportunista, que quiere intentar un nuevo asalto en la comunidad de Madrid y no le importa el reguero de daños colaterales que pueda provocar. ¿Le ha importado alguna vez? ¿Acaso no es una actitud continuamente repetida?

Ya toca reemprender lo cotidiano. A ver si me sale medianamente. Buenos días.