
Se desplomó un calor sofocante de verano y 35 grados después de las lluvias. Estuvimos tres días de Memoria Histórica y Jerte. Y, entre tanto, el flemón que ya anuncié, (una vieja endodoncia medio destruida), tuvo que ser combatido a lo grande. Con una operación compleja, plasma para recuperar hueso y dos puntos de sutura. Lo más curioso y emocionante: que la dentista que me operó es una antigua alumna y que coincidí con ella de pura casualidad, porque justo cambiaba de trabajo en ese entonces. Una serendipia luminosa en medio de la locura vital de los últimos meses que agradezco, aunque no sepa a quién atribuírsela.
Eso sí, tendré la encía dolorosa y sensible durante semanas, y el hueco del premolar desaparecido seguirá a la vista más tiempo de lo que me gustaría. Qué horror. Porque es que no me acostumbro. Ni al tacto incómodo del paladar, ni al aspecto desaliñado que produce. Si sonrío se ve mucho, así que tendré que estar seria y circunspecta, sin remedio.
Y en esa crisis estética en que me hallo, tampoco ayuda mi pelo. Porque está en plena transición a canas, con unos centímetros blancuzcos que maquillo cada día, y los medios y puntas de color rojizo. Me esperan tres o cuatro reuniones y actividades de esta guisa. Menos mal que, finalmente, tengo cita para un grey blending en diez días y le veo solución a una parte de este espantoso berenjenal.
Y que conste, finalmente, que ojalá los problemas fuesen siempre de esa índole, incómodos, pero banales. Que no me estoy quejando. Que solo reflexionaba en voz alta.