
Como todos los febreros, salimos fuera. De nuevo visita cultural con la gente de Asturias.
Y como siempre, da igual el tiempo que pase, nos ronda el efecto aniversario.

Como todos los febreros, salimos fuera. De nuevo visita cultural con la gente de Asturias.
Y como siempre, da igual el tiempo que pase, nos ronda el efecto aniversario.

Le escribo a Rodrigo muy de madrugada, como siempre, y le doy vueltas a mi próximo texto para el taller del lunes. Duermo poco, pero es que también salgo poco y no tengo cansancio que quemar.
La lumbalgia ha cedido, pero, por contra, tengo tocados los tendones del brazo derecho, desde la muñeca hasta el hombro y el maldito supraespinoso de las narices. Es cuestión de tiempo y paciencia. Mejora a ojos vista, pero la dolencia tiene su proceso.

El taller de los lunes me está gustando. Me divierte. Me anima a escribir. Me ilusiona compartir afición, aunque los egos, ay, qué plaga…
Pero, en fin, merece la pena.

La muñeca derecha, el codo, el hombro doloridos… Nada de PC usando el ratón. Espero que sea leve.

Ida y vuelta en una nave pequeña, de turbohélice, dos días escasos, paseos rápidos por la ciudad y una charla emotiva. Fue experiencia impactante, de las que dejan resaca emocional.
Uffff.

Llevamos poco aquí y no está resultando como queríamos, porque me tortura una lumbalgia recalcitrante y las caminatas que nos pegamos no son lo mejor para que ceda.
A cambio, menos mal, tenemos buen tiempo y ayer mismo disfrutamos de una visita interesante al museo de los refugios antiaéreos de la ciudad.
Aunque tomo medicación, la dichosa lumbalgia no cede. Así que es posible que nos volvamos a casa antes de lo pensado, para descansar mi espalda dolorida.

Este año JC disponía de bastantes días de vacaciones, así que las estamos disfrutando juntos. Verdaderamente no haciendo nada especial más que eso, estar juntos, que no es poco. Y así hemos celebrado Nochebuena, Navidad y Fin de Año con G y B. También con mi hermana y sus chicos, menos mal que ya por fin, después de dos diciembres de pandemia y aislamiento.
Llevo, entonces, un par de semanas de dolce far niente. Supongo que le vendrá bien a mi mente cansada. No tanto al cuerpo, porque estamos comiendo de más, el gran pecado de las fiestas navideñas. Habrá que empezar la dieta en cuanto esto acabe. Jajajaja. Absolutamente necesario.
La próxima semana volveré a las rutinas domésticas y creativas, incluyendo el curso de la FCPJH y el Club de Lectura. Mientras tanto, me dejo llevar por la holganza.

Últimamente se me va el tiempo en tontadas, no me cunde como antes. Será porque necesito descansar la vista y ya no puedo pasarme una mañana entera ni leyendo, ni escibiendo, como antes. Menos mal que estoy jubilada, porque la pesadilla de corregir sería ahora muchísimo peor. O será que me estoy acostumbrando a una vida más muelle, todo es posible. Y ahí me digo a mí misma, ¿y por qué no? Ya soy una jubilauta, pues a vivir con júbilo, no necesito mantener la tensión emocional de antes, porque gracias a eso ya no me ataca el estrés como antes.
Vamos, que todo estupendo ahora, en este presente suave, sin melancólicas añoranzas del ajetreo del ayer 😉
Apunto, también, una buena noticia: el lunes firmé el nuevo contrato con Valhalla Ediciones para mi novela Barrio 1972.
No sé cuándo saldrá, tampoco me importa si es antes (jajajaja) o después del verano. Lo que sea será bien recibido, porque menuda suerte poder seguir publicando, hacerlo cada dos años. Para Barrio 81, casi concluida, ya veremos si me acompaña la diosa Fortuna como hasta ahora. Supongo que todo dependerá de que tal se comporte la previa, así que pondré en ella, como he hecho y sigo haciendo con Nina, todo mi interés y esfuerzo

Este diciembre las fiestas del 6 y el 8 hacen una semana rara de día sí y día no, porque caen en martes y jueves. Madrid está desbordada de turistas y la lluvia amenaza con anegarlo todo.
G tiene sobredosis de trabajo por cerrar el año, JC no hace puente y yo voy pergeñando qué vamos a hacer estas próximas fiestas, por fin sin restricciones.
Y ya está. Poca cosa glamurosa que reseñar. La vida sigue. Y las fiestas navideñas son demasiado propicias a una melancolía que no quiero que me invada, así que aquí lo dejo.

Con el lío de preparar el viaje, el viaje mismo y el desconcierto que sucede, siempre, a la ruptura de la rutina, resulta que llevo casi un mes sin poner ni una línea por aquí. Además, lo que podría haber escrito (incluida la misma foto) lo incorporé ayer mismo a mi blog de autora, que también andaba necesitado de actualizaciones. Y ahí va, por cierto, el enlace del susodicho post, para enriquecer esta pobre bitácora personal.
Todo fluye de forma sencilla. Sigo leyendo y escribiendo (la novela, con tanto lío, poco), vuelvo a intentar curso de idiomas en la UC3M (de italiano o de inglés, en su defecto), y he resuelto problemas de variada índole, no pierdo el tiempo.
Esta semana nos bombardean con las rebajas del Black Friday, que muchas veces no son tales descuentos. Sin embargo, he conseguido un 33% en las uñas, mire ud qué bien, sin pretenderlo, simplemente acudí cuando me tocaba. Y he pedido algunas colonias y productos cosméticos que conozco bien y sé, entonces, que han bajado verdaderamente de precio.
Todo bien. Y que siga así, porfa. La Navidad ahí, a la vuelta de la esquina, me apetece poquísimo. Entre medias, dos nuevos compañeros que se jubilan hacen que el insti sea cada vez más un mundo antes conocido y ahora ajeno. ¡Qué nostalgia!
Seguiremos informando.

Empiezo a tener rutinas de nuevo: leo (Annie Ernaux ha sido un increíble descubrimiento), escribo y reviso B81 (a unas páginas ya solo del punto final), y acabo de ponerme la vacuna de la gripe, para ir con esa inmunidad dentro de diez días. Lo que nunca cambia y me aburre mucho son las domesticidades, pero hay que hacerlas y las hago.
En ese sentido parece que empezamos a funcionar en el grupo de narrativa. Hay gente que se conoce desde años y comparten bromas y complicidades, pero hay buen rollo y algunos de los textos que leemos resultan interesantes. Por contra, y enturbiando el ritmo y el ambiente, algunos egos son esteatosféricos, cómo no en el mundillo. La paradoja está en que los más soberbios son los más mediocres. Suele suceder. De resultas, la profesora, que es un encanto, tiene que lidiar con ellos a brazo partido. Jajaja. Pobre.